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Llamarte por tu nombre,
y que todos lo canten tal himno de batalla.
Hacer rebelión en tus labios,
besarles, como si fuesen suministros
de magia, de aliento, de vida.
Cuando les abres todo se detiene
todos esperan escucharte,
sólo de ti salen maravillas.
Comienza la guerra en tu clavícula,
atrapa a los bandidos mientras
tus manos sacan gustosos sus corazones.
Bajan a tus senos
y se encuentran ante gustoso fervor,
hipnotizas tal polen abeja de miel,
una trampa traicionera.
Muchos han perdido el rumbo
han chocado ante tus senos
y han naufragado en tus intentos.
Se aproximan al remolino
de tu consciente,
tu ombligo tan rebelde
oponiéndose a la etiqueta,
a lo que sí y abrazando a lo que no.
Que tiene marca y que lleva el recuerdo
en su centro.
Tus pistolas vistosas marcan
un comienzo y un final,
que eres fuerte
y que te has enfrentado
a toda clase de bandidos.
Has luchado
en desiertos y mares
en marzo y agosto
en invierno y verano.
Que nadie nunca te detiene,
y que eres como el fuego
abrazas todo a tu paso.
Que llevas en tu precioso cuerpo
cicatrices y que cada una de ellas
lleva su historia.
Has hecho arte con ellas
y magia adorna tu cuerpo.
Caminar por las calles,
y que todos nos miren,
con las manos muy en alto,
con nuestros corazones dispuestos,
y nuestras bocas preparadas
para lanzar el grito de batalla.
Que sí, que eres revolucionaria
con el alma dispuesta y el corazón abierto
con los brazos en alto y el pecho desnudo.
F. S. Muñoz




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