Eres la herida

Eres la herida

Fuente de imagen

Han pasado ya unos meses, y sigo con pequeños rastros de tu paso sobre mí. Como cuando un tornado pasa sobre un pequeño pueblo, y este queda totalmente perdido, acabado y sin gatos y sin vida. Por suerte, creo que por suerte, te apiadaste de mí, y dejaste algo de pétalos en mis pulmones, una historia triste y corta recitándose con cariño en mi pecho. Y eso no es todo, dejaste tanto de ti, sobre cada forma poliédrica de mi cuerpo, que se resbala el néctar de tus senos sobre el rocío de mis dientes, que ahora los colibríes me confunden contigo y con cada uno de tus puentes.

Hoy siento tu aroma brotar, como si se tratase de un jardín de rosas que ha nacido en el surco que se forma entre mi nariz y mis labios.

Hoy siento tu boca proferir días escuetos sobre mi espalda de prolegómenos, tus pies ensuciarse sobre el acabose de mis rodillas, tus manos golpeando el grito inexorable de mi pecho hosco.

Hoy siento una herida, honda y reticente, debajo de mi piel prava.

Con todo el color de tus huesos, suelo funcionar como un rotoscopio cuando el colibrí viene, y pregunta algo sobre ti. Delineo sobre mis cuatro paredes tu silueta rosa, pinto a mi manera tus piernas, tu vientre y tus cejas, imaginando tu imagen llorando sobre mí, orando y pidiendo por mí.

De qué me sirve el llegar al cenit de las letras, si tú no estás ahí, ni el pequeño cactus de tu silencio, o al menos tu afilada caricia.

Si tú fuiste una tormenta pasajera, y yo un pájaro que se enamoró de tu peligro, de tus puntos negros y tus cabellos finos.

Lo que dejó tu paso, fueron decenas de cervezas vacías y milagros sobre la cama. Fueron volcanes de poesía en mi boca y rutinas infinitas.

Fueron mordiscos en mi palabra y besos en tus caderas.

El olvido no está conmigo, pero el dolor en mayúsculas sí, es mi mano derecha, mi brecha con tu regazo y tus ojos, con tus mañanas de sábanas mojadas, con tus flechas perdidas y mal afiladas.

Jesús Gómez

Publicar un comentario

0 Comentarios