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En el momento exacto,
en que nos desnudamos a plena
piel de la lluvia,
me diste un beso apresurado
entre la hoja y el viento.
y quisiste huir antes que la sequía
se enturbiara más que la noche.
Pero te corría por debajo de los ojos
el vaivén negro del mar,
el delicado guion en blanco de la tarde,
el grito inexpugnable de los párpados.
Que te detuviste un momento
y quisiste sacudir la tierra.
Esa noche quería contarte un secreto
pero respirabas tan vacía
y con la mirada llena de crespúsculos crucificados
que servía de poco
que yo disparara pronósticos.
Me iban las metáforas, por ahí y por allá,
por las paredes y las venas;
que dolía esa apresurada carrera
por llegar a la sístole muerta de mis persianas,
y los segundos desnudos se diluían
en la tristeza cotidiana de mi sien,
que dolía,
los segundos en verdad dolían.
Consciente de que las sombras iban expirando
al compás de la parábola desnuda,
disparé mi ofuscada melancolía
al pecho tímido del silencio.
Mis pies viejos, se dejaron llevar
por los sentidos gusanos,
y esperé a que llegara un viento
que me llevara a la dirección
que menos doliera.
Y quisiste huir
que querías apagar el mundo.
Las gotas y los besos que cayeron y se agotaron,
se escondieron entre los bolsillos de mis árboles ciegos.
Mi quimera disparaba relámpagos y truenos,
y soñar se volvió una valentía
que me cuesta el verano roto de mi esperanza.
Jesús Gómez




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