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Que me han dado unas hartas ganas de embriagarme,
Dejarme llevar por el sabor del licor.
Sentir, cómo quema mientras baja por mi garganta
y seguramente me dejaría envolver entre las marañas que son sus consecuencias.
Que me importaría un bledo, ¿sabes?
Embriagarme y olvidarte,
embriagarme y recordarte.
Llamarte, y arrepentirme por haberlo hecho minutos después.
Llorarte, y descargarme con lo único que me queda de ti,
que es tu jodida ausencia.
Gritarte,
odiarte,
extrañarte,
amarte.
Así, una y otra vez.
Sin poder escapar de un círculo que se ha hecho vicioso.
Que me engaño a mí misma hablando con tu figura
y que puedo jurar que te veo sentado en aquel sillón,
burlándote de mí, con esa maldita sonrisa en los labios, que un día tanto amé.
Y disfrutas tanto de esto, ¿verdad?
Haciéndome recordar que fue allí mismo
donde tantas veces me acogiste y jugamos a ser adultos.
No sé qué es lo que más me aterra,
que no estés aquí y no poder embriagarme contigo,
cuando seguramente nos dejaríamos arrastrar
por los efectos del alcohol,
despertaríamos uno en brazos del otro,
atolondrados por lo que seguramente pasó y atemorizados,
por lo que tendríamos que hacer frente después.
O si mis ganas de embriagarme, pero embriagarme sola,
convivir con tu recuerdo y luchar con mis ganas de tenerte,
embriagarme y pensar en que lo estoy jodiendo.
Mierda, que no es tan sencillo y que no se borrará con la borrachera de una noche.
Pero que al día siguiente seguramente despertaría con una maldita resaca,
Con una de esas que nunca pasan,
incluso si tratas de hacer invernar a tu ya jodido corazón.
Y se vuelve a repetir el ciclo.
Embriagarme y olvidarte,
embriagarme y recordarte.
Gritarte,
odiarte,
extrañarte,
amarte.
Y así, una y otra vez
Como una maldita resaca del corazón.
F. S. Muñoz




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