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Anclas tus manos a mi cuerpo
cada que un minuto punza de más,
y me arrebata la esperanza
cada que el aire toma los papeles y se va
por los glaciales de mi pecho,
huyendo, aunque esté penando,
aunque vea en mí que me haces falta.
Vienes siempre con belleza,
vestida del brillo de las estrellas,
de frutos secos,
de vino y pan
con divinidad,
con pasión y vida,
sin escusas, sin temerme.
Te veo los ríos,
las llanuras,
los cielos,
revueltos todos
en tu garganta de mujer.
Por eso apuesto por tu voz
porque me da un alivio que no para,
que vive, anida en mis oídos
relampagueando a los mortíferos,
a todo aquel capaz de adolecer.
Por eso te pronuncio
con mis últimas fuerzas,
con unas palabras de anhelo y apego.
Y firme a que me tomes
me libero de toda aguja.
Mi nombre no tarda en sonar en tu voz,
te queda bien pronunciar cada una de mis letras
y esos gestos en tu ceño, me da un toque de placer.
Haces que tu acento se columpie
en las persianas de mis ojos,
que entre en mi lengua
y me deje tu sabor de atardecer.
Hablas y no te das cuenta
que tienes esa melodía que siempre triunfa
entre lo avieso que parece el silencio
y entre la multitud de los que desisten.
Hablas y consigues dar un camino
al perdido,
dar cordura al que sufre de amor,
tranquilidad al que teme
y paz a quien te escucha.
Y a mí me dejas esa mejor parte de ti,
tu boca,
cual último aliento de vida yo te beso,
me desvivo en tus vocablos,
dejo en tus cuerdas
cada hora que pasé sin ti
y anduve en la ofuscación
cada mañana sin café
y sin tus silbidos.
Cualquier abeja que te escuche
tendrá miel si hablas,
cualquier pastor que ande en busca
tendrá a sus ovejas si éstas te escuchan
y habrá celos en mí,
porque desearé ser el único
que acate a tu melodía.
Jesús Gómez




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