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Aunque ya conozco esos ojos que me miran a la cara éxtasis en cada unión de nuestros cuerpos. Conozco esos ojos color marrón paciencia, color soledad, color de dolor que ya he sentido.
Reconozco esos ojos en cualquier cara, al igual que quien los tenga podrá reconocer los míos.
Pero hoy no me escribo a mí, sino a ti que te encuentras conmigo; a ti que duermes en la misma cama que me hace doler la espalda de monotonía, cama en la que duermo con lágrimas de tristeza y de rabia, cama donde suelo asesinar la lujuria, cama donde cumplo deseos, cama que comparto con mis seis perros.
Pero estás ahí; dulce, vulnerable, hermosa debajo de la oscuridad de la cual soy insaciable, en la oscuridad donde tanto me ha provocado vivir. Y me conmueve tanto verte tan tierna como una escultura de un ángel en porcelana que me da ansiedad de darte un beso, me conmueve tanto verte que escribo esto pensando en aquellos versos que pensé y no escribí mientras pensaba en ti, y en el olvido murieron, pero juro que valían la pena.
¿En qué momento escalaste tan alto, hermosa exploradora de lugares horribles?
Ahora soy yo el que me amolda a ti, así como tú amoldas el cuerpo para que yo quepa mejor cuando nos lanzamos en la cama y nos damos un abrazo que ambos deseamos eterno.
Pero, creo, y no te despertaré para preguntarte que si sabes que lo “eterno” sólo se le rinde al tiempo, y aunque luego leas esto, cabe acotar que es bien conocido que el amor es necesario, pero tanto como es necesario, también es cruel y traicionero. Fecundo y mortuorio, calor verano y frío invierno, un café o una cerveza, un sinfín de contrastes con sus antónimos. Pero, amor, siempre hace falta el amor. Y no era hasta hoy que acaricio tus piernas mientras no te das cuenta, que descubro que es tuya la poca luz que se cuela por entre las nubes que cubren el sol de mis días.
Has abierto los ojos, hasta aquí llega este poema; pero muchos fines no son más que el prólogo de un comienzo, por eso, escala hasta mi boca para besarte como no besé a otra.
Frey Hurtado



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