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Pasan los años y el cuerpo comienza a habitar en la memoria. Los días se posan entre la duda de crecer y dejar a un lado esos pequeños sueños de papel que hacíamos en las clases de artes o los garabatos del preescolar.
Me pregunto si aún existe ese pequeño ser de cejas pobladas y una cara fruncida que odiaba la remolacha infinitamente y sus pucheros robaban corazones. Tal vez la escucho en el fondo de mi memoria cuando me pregunta sobre los días de sol y las piscinas de pelotas: Esos días inverosímiles que no tenían cuestionamiento alguno, pero que empezó a romperse la conciencia cuando tenía que decidir entre mamá y papá.
Lamento ser el fruto de las malas decisiones, tener tan pocas respuestas cuando me reclamas por los deseos perdidos de ser la mejor médica del mundo y salvar a todos aquellos que me necesitasen. La verdad es que ahora cuento con sólo minutos para vivir todas esas cosas que querías; pero reconozco que no me arrepiento de los errores cometidos. Sí, no cumplí la mitad de tus expectativas, no soy lo que querías ver en el espejo, pero tengo tantas historias para contarte, que una vida a tu lado no me alcanzará para enseñarte lo que llevo.
Hay cosas que nunca podré responderte, porque simplemente no podré vivirlas y no sabré la tristeza o alegría que albergan sentimientos tan simples y frágiles como entregarte a lo que amas sin salir destruido porque das un poco más. Sólo puedo decirte que esas promesas que haces cuando explotas de felicidad pueden acabarse en una mala palabra o una mirada inconsciente. Las promesas son tan efímeras que no valen mil rosas o chocolates para que creas en su veracidad; vivo todo lo que puedo, porque nadie podía prometerme un mañana. Veo pasar a muchas personas por la calle, muchos llevan sus teléfonos idiotas para olvidar los amaneceres y pretender que son felices cuando sus vidas son miserables y se refugian en lugares recónditos de sus casa a pedir al cielo que sean lo que nunca verán en el espejo. Tengo cicatrices, algunas heridas abiertas y aún me caigo por las aceras como en otros tiempos, pero reconozco que he cuidado la curva de mi sonrisa para que sientas que no te olvidé por completo; porque amabas sonreír cuando veías tu serie favorita con un par de galletas y leche.
Te confieso que nunca es demasiado tarde para reivindicarse, soñar un poquito más y levantarse de la cama para comer todo el helado que quieras y decirle sí a todo lo que amas. Aunque las manecillas del reloj nunca darán vuelta hacia atrás, puedes ver cómo van corriendo sin prisa y tú a darle todo el sentido que quieras.
Puedo saber el número ganador de la lotería, el número de errores que cometerás para ser feliz, las personas que deben pasar por tu vida para destruirte un poco y dejar que sus enseñanzas moldeen tu ser; pero sería absurdo privarte de lo maravilloso que es equivocarse y sonreír después. Sólo ven conmigo, no quiero que seas mi yo de ayer, pero sí deseo que puedas verme a contraluz cuando sientas que vivir es algo más que jugar con muñecas y bailar sobre la lluvia.
Daniela Arboleda




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