Subrepticio

Subrepticio

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No sé tu nombre, pero ya te he desvestido con la mirada más veces de las que puedes desear un abrazo. ¿Comprendes? Vivir a la deriva de un anonimato tan incólume tiende a darte cierta ventaja. Conozco tus horas de salida, tus regresos, tu estancia en lugares lejanos, tus horas bajas y todo sin haberte dirigido nunca la palabra. Aunque seas imprevisible, sé cómo te gusta el clima para quedarte en casa y cómo para salir. Viajas poco, lees mucho; escuchas música casi todo el día y no te separas del móvil si no es para comer o cuando estás con alguien. Pasas el tiempo sola, despejándote; tu introversión y esa mirada que parece estar llena de recuerdos me enamora. Me atrapa. Me hace caer en sus garras. No eres cruel por haberme enamorado, soy yo el ingenuo que hizo de ti una trampa y cayó en ella. Mi sufrimiento es voluntario.

Cuando me enamoro, la única precaución que me encargo de tomar es que la persona en cuestión nunca sepa de mis sentimientos. Me los guardo, y si me la cruzo por la calle la ignoro; hago como si su existencia fuera lo más banal del mundo mientras por dentro mi corazón comienza a palpitar más rápido. No te equivoques. Si estás leyendo esto no es ninguna casualidad. Yo te quiero y es esta maldita superficialidad la que me impide decirlo abiertamente porque no quiero parecer alguien que depende emocionalmente de otra persona. Nadie debería saber que tu sonrisa me saca de órbita, que me hace mirar estrellas a plena luz del día. Que me muero por ti. Que si quiero saber que va a ser un buen día, lo esencial es verte y saber que estás bien. Que te veo en cada poema, en cada cita. Que te necesito.

No se lo digas a nadie. No le digas a nadie que eres importante para alguien. Que existe quien te admira y te desea; que existe quien ha pasado más tiempo estudiando tus gestos que leyendo libros sin encontrar en ambas acciones ninguna diferencia. Que me encantan tus ojos cuando miran y encuentran belleza en las cosas que nadie más advertiría. Que tú eres eso que se hace y que no se explica, que existe y nadie cuestiona, que mata e inspira a vivir. No sé cómo lo haces ni quiero que dejes de hacerlo. No quiero que acabes con ese círculo vicioso con el que sales de la pequeña rutina de hacerlo todo a tu manera. Nunca. Eres tan libre como las hojas que caen del árbol cuando saben que ya no tienen nada que hacer ahí. Vas y vienes y siempre lo haces todo bien, incluso el estar triste. Porque tu tristeza también es hermosa. Quebranta, apaga la luz del cielo, hace del resto de gente figuras sin rostro y cuando te miro, tan comprometida con tus lágrimas, no puedo evitar sentir que mis razones para ser feliz se convierten en un mito. Todo esto hasta que te limpias la cara, te vuelves fuerte, te levantas y sales y luchas contra la vida. Me encantas así y de todas las formas. Porque hasta tus enojos inspiran poemas. Tus caprichos de niña y esa ternura que viene a formar parte del decorado de tu personalidad también son puentes hacia el amor.

Sé también que no soy el único que desearía que le dirijas la palabra. Y si lo soy, sería lo más absurdo. Vamos, ¿a quién no se le ocurriría fijarse en ti y en lo que haces? Debe haber más dispuestos a cruzarse en tu camino y tú pasas de todos porque además eres inteligente y sabes que no mereces a cualquiera. Que el paraíso que escondes en tus brazos no los merece quien no sea capaz de hacerte llorar de risa, ni quien no consiga hacer que le cuentes secretos por voluntad propia. Sé que no soy el único al que no le molestaría vivir contigo por toda una vida, pero por lo pronto quiero pensar que soy el primero en escribirte todo esto. Que me dejas pensando demasiadas horas si te veo sólo por minutos. Que lo sepas. Y que no lo olvides: cuando te miro me convierto en alguien que recupera la fe en el mundo.

Dashten Geriott

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