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| Imagen proporcionada por el autor |
¿Te he dicho alguna vez que todo de ti me encanta?, pues sí. Me encanta tu cabello hasta la punta de cada palabra que me lanzas. Cada vez que nos sentamos en aquel sofá (al cual me he acostumbrado mucho) siento que puedo ser yo, sin complejos, sin necesidad del frío de la calles. Puedo decir que me encantas con sólo cerrar los ojos, y es que hasta ahora no puedo entender cómo es que mis ojos pueden brillar más que la luna con sólo mencionar tu nombre. Los fuegos artificiales hacían su trabajo, el presente se ausentaba y quedábamos absolutamente en silencio, tu cuerpo se acercaba al mío, estábamos tan cerca que entramos en un trance de alineamiento, donde dejamos de ser humanos y nos convertíamos en seres existentes por una sola causa, «El amor». Tu respirar se hacía uno con el mío, el calor aumentaba mientras le daba la bienvenida a tu delicado cuerpo. Cada movimiento era importante. El ocaso no cae sin antes verificar que está todo listo para su recibimiento. Entonces llegamos al clímax y después de unos movimientos desenfrenados me lanzas en voz baja aquella palabra que desata locuras en mi mente: «Te quiero». Era el momento donde toda duda había desaparecido, sentía que alguien en su inmenso corazón había escrito mi nombre, y no tenía precio aquel momento, entonces te quise, más que el tiempo, más que la misma existencia y con todo defectos.




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