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Ella era bonita, cualquiera que la conociera, un poco solamente, caía en ella; en sus ojos y en la manera tan absurda en que contaba chistes.
La mayor parte del tiempo llevaba el cabello suelto y le caía en el rostro y sobre sus anteojos. Era despistada hasta el cansancio y explotaba después de largo rato de estar apaciguada.
Tenía la fila llena de enamorados que, le regalaban su vida si ella la aceptaba. Querían casarse con ella y tomar su mano frente a todos para presumir que la tenían, aunque el gusto fuera por poco tiempo y ella dijera que sí.
Decía que no mentía, que le gustaba imaginar y fantasear una historia bonita (pero no notó cuando la tuvo).
Mentira...
El problema está en que
—y no digo que lo fuera siempre— ella era bonita y sabía que lo era; sabía que se merecía aquella canción que le dedicaron cuatro o cinco veces seguidas, los girasoles que le encantaban y las rosas que no (que terminaron gustándole). Recibía propuestas de todo tipo y se dedicaba a romper corazones voluntaria e involuntariamente.
Vaya que se aburría de lo mismo, aunque se inventaran nuevas formas de amarla. Nunca se supo estar en ningunos brazos.
Aún no sabe que algún día dejará de ser la piel que hipnotiza pero le sobrarán recuerdos para amenizar la pérdida.
Chantal Armenta




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