El espectáculo de caer

El espectáculo de caer

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Siempre he amado los sueños de mamá. Son tan frágiles y efímeros, que al fin se vuelven vacíos. En sí, esos son nuestros sueños: pequeños o grandes vacíos que se acomodan en la vida para darle sentido a las manecillas del reloj, a las preguntas incesantes después de una decisión trascendental, nuestros eternos fracasos que enseñan a no quemarse con fuego.
Muchos se han aprovechado de esa inocencia, pero ella los sigue conservando para detener a la rutina, no romper en llanto cuando su cuerpo no puede levantarse en las madrugadas.
Un día me observó viendo un espectáculo de la naturaleza que tal vez esconde una negra realidad y es cómo nos quebramos, cómo saltamos al vacío sin que nada ni nadie pueda salvarnos.Pero a ella le encantó, se veía con varias chaquetas puestas observando el Glaciar Perito Moreno, muriéndose de frío; pero con el corazón ardiendo de alegría. De seguro se le pasó la vida por lo ojos porque de ellos cayeron lágrimas de asombro, como también ganas de ir al fin del fin, sentarse a ver cómo el caos es su felicidad.
Lo pensó tanto, hasta que un día llegó con los boletos de avión, pasaporte, maletas hechas y muchas ganas de cruzar los dedos para hacer sus sueños realidad. Aún recuerdos esa cara resplandeciente, siento que los huesos se fragmentan de solo ver esa sonrisa quebrada por una vez en la vida siendo feliz. No dudé en acompañarla, así que ahí empezó la travesía: coincidir, al fin saber lo que es tener una cómplice,entender que hay amores que no hablan, pero te susurran, no te miran, pero algunas veces han entrado en tu alma. Éramos mamá y yo, las desconocidas que alguna vez habitaron en el mismo cuerpo.
Tres días de viajes, dos migrañas, una maleta perdida, miles de llamadas sin contestar, pero ahí estábamos; listas para observar esa pérdida estrepitosa de hielo. Ella, como toda una niña, se sentó en una banca sin tocar el piso y yo... sólo pude observarla, entendí entonces que es necesario caer, chocar con otros errores, camas vacías, botellas de vino sin fondo, amigos que se cuentan con los dedos, dinero que se va entre placeres y banalidades. Entrar en otro mundo, tocarlo, vivirlo, aceptar que tiene errores y de una vez por todas, sólo caer al abismo y fluir como el agua.
De seguro nunca volveremos a viajar, porque ella ya está en otro viaje eterno que no tiene retorno, pero yo me quedo una vez más viendo cómo todos caemos, cómo nadie puede salvarnos de tropezar, de no poder detener al tiempo... de cómo tenemos que aprender a fluir para nunca más volver.

Daniela Arboleda.

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