Su voz

Su voz

Imagen proporcionada por el autor
Hoy estuve en vertical frente a la multitud —siempre se forman en fila para no perder el viaje que les lleva directo a su cálido hogar—; estaba cansado, agotado por haberme quitado el estrés de mis hombros. El deporte es bueno para salud, me dicen. Creo que lo que hago va más allá de un simple deporte, en fin. Estaba esperando a que llegara esa caja mágica, con cristales a los costados, esos que te permiten ver la realidad del mundo mientras el viento las cubre de nubes tristes. Estaba tan distraído pensando que la realidad es sólo vivir y ya, y la realidad era que las personas me gritaban para que yo suba a la caja. Qué tonto, pensé. Subí y me acomodé frente al cristal. Estaba preparado, pensado que tal vez la realidad no es tan triste como la percibo; puede que sea mi tristeza o algo parecido al vacío que me hace percibir las cosas de ese modo. De pronto, sentí un calor, era un calor inexplicable, salía de una voz tierna, suave, con principios de perfección y con finales de quedarme para siempre en ese tierna voz. Volteé “disimuladamente” para ver quién era. Fui torpe en ese aspecto: agarrarse el cabello o voltear para ver el cristal paralelo al tuyo no es común, aun sabiendo que ese cristal percibe la misma tristeza. Hice la tontería de tocarme el cabello, mientras mis ojos adoptaban la posición de un espía que espera la oportunidad para acechar a su presa. Mi mirada se hacía lenta, mi respiración era tímida, no quería advertir que yo tenía la curiosidad de verla. Cuando estaba a punto de apreciar a esa perfección contenida en una mujer, escuché una voz que decía: "Señorita, ¿Aquí es, verdad?", la voz tierna que había escuchado tuvo que decirle a la persona con la que estaba conversando por el móvil que esperara. Entonces, colgando el móvil respondió breve al conductor: "Sí, gracias". Por fin la tenía frente a mí, aunque ella estaba de perfil y sólo la vi por unos segundos. Ella bajaba de la caja y yo me despedía con la mirada, sentía que tal vez si hubiera sido más atento y no me hubiera importado los cristales, ni la triste vida, yo la hubiera saludado. ¡Plast! Cerró la puerta y la caja siguió su rumbo.

Kaizen

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