Léeme

Léeme

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Léeme.
Tómame entre tus brazos,
Acaríciame con tus suaves manos y desnúdame.

Mírame, apréciame, como a un libro nuevo,
como a uno tan valioso, de esos que mantienen tras cristal.

Como tomas las obras de Shakespeare,
tómame y léeme,
con tanta pasión.

Tómame y léeme
con una inmensa decisión,
pasa tus dedos sobre las líneas de mis hojas,
pero también como si fuera un diente de león.

Quiero que me tomes así, y me leas.

Descifrando y saboreando cada palabra,
Léeme, pero hazlo lento,
cada punto, cada coma,
cada acento.

Quiero que me leas, como leerías «Rayuela» o «El mercader de Venecia».

Que me leas despacito.
Que me leas rápido.

Que me leas con la misma euforia como a un libro nuevo.

Léeme salvaje,
léeme dulce.

Léeme
en el sillón,
en la barra de la cocina,
en la mesa,
en la cama,
en el asiento de tu carro,
en la escuela,
en tu trabajo,
en el supermercado,
en un café.

Léeme en todas partes y en ninguna.

Léeme como si leyeras un cómic.
O como sueles leer tan deprisa, analizando determinado el kamasutra.

Léeme como si quisieras que fuera para siempre,
de esos libros que nunca quieres que terminen,
pero que a la vez lo lees tan vorazmente porque quieres llegar al clímax.

Léeme feliz.
Léeme triste.
Léeme furioso.
Léeme dichoso.
Léeme eufórico.
Léeme impaciente.
Léeme apasionado.

Léeme de todas las maneras posibles.

Pero léeme,
No quiero ser de esos libros que dejas arrinconados,
de esos que sólo tomas por un rato.

No, yo quiero que me leas,
Y que me leas completita.

F. S. Muñoz

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