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| Imagen extraída de la publicación original |
Cuando era muy chica solía tomarlos y soplarlos, por el sólo gusto de ver cómo luego esas bailarinas blancas danzaban al ritmo del viento.
Me hace acordar a una vez en la que estaba con la que en aquel tiempo era mi mejor amiga, una niña con un espíritu imparable, jugando en el jardín de su abuela. Y como en todos, era muy común encontrar dientes de león por doquier. Arrancamos unos del suelo y los soplamos.
—¿Pediste tu deseo? —me preguntó ella.
—No. ¿Cómo es eso? —le contesté sorprendida.
Había escuchado sobre peticiones a las estrellas, pero nunca a una flor.
—Antes de soplar, pensás en lo que querés. Y cuando ya lo tenés en mente, ¡soplás! Y las pelusitas blancas se llevan tu deseo para cumplirlo.
A mí nunca nadie me había contado hasta entonces de las propiedades mágicas de aquella hierba que era más una plaga molesta que cualquier otra cosa. Estaba encantada con la idea.
—¡Busquemos otros!
Han pasado muchos años ya de esto. Y hemos cambiado bastante. Más altas, más maduras, más viejas, más realistas, más alejadas. Más conscientes de que lo que funciona es el trabajo duro y no el esperar que las soluciones caigan del cielo.
Y aún así, luego de un día duro, siempre que vuelvo a casa y me encuentro en el camino con un diente de león, lo tomo, me olvido de mis creencias, pido el deseo, y dejo que el viento haga el resto.
Capaz que la amistad se base en eso. No en verse todos los días, sino en dejar algo en el otro que lo acompañará por el resto de su vida.
Juego de Palabras




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