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Dejé mis letras enterradas entre la arena de una isla que no puedo recordar, busqué cómo decir esto de mil maneras, pero ninguna manera es más correcta que decir lo que ocurrió.
Simplemente dejé de escribir.
Mi vida tembló, mi corazón intentó dejar de latir y todo mi alrededor se vio afectado.
Aquellos cuadernos llenos de escritura que había llevado años recolectando sobre una repisa, se cayeron.
Y no los levanté.
Absolutamente toda mi vida había escuchado sobre la infidelidad, por supuesto, como todo el mundo, incluso aquellas cosas que escribía hablaban de ello, quizás no como tal, pero sí describían el después.
Toda mi vida había juzgado a aquellas mujeres que se volvían un poco locas a raíz de un engaño, porque me había pasado, por supuesto, pero jamás de la manera en la que esta vez llegó a mi vida; llegó quebrando las ventanas de mi casa y arrastrándome a una habitación fría y oscura. Salí de ahí, claro, pero no rescaté lo que pude rescatar. Pude haber escrito sobre esa caída como en muchas otras ocasiones, pero hay situaciones que te rompen de verdad, que frente a ti te arrancan el corazón y lo lanzan por un precipicio, hay veces que de verdad mueres.
Cuando deja de latir un corazón, el ser deja de respirar. Eso pasó, morí y dejé de escribir. me ha costado volver a pensar en hacerlo, mis ideas y mis creencias también cayeron a lado mío y todo me pareció una mentira.
Reviví, y estoy aprendiendo de nuevo, aunque llevo cicatrices que cuentan mil historias, sabré escribirlas y volveré a reintentar mi vida, mis letras, mi esperanza y recuperaré a aquella mujer que amaba los atardeceres.
Edna Gómez




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