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Acabo de volver de ver el atardecer más bonito que visto nunca y me he acordado de tus ojos.
Al ponerme a escribir me ha salido una melodía y me dado cuenta de lo mucho que me cuesta aprenderme bien la letra de las canciones.
Porque tendré esa estúpida manía de salir corriendo cuando la vida me pide a gritos que me quede.
Pocas veces he dicho claramente lo que sentía, pocas veces he sabido lo que quiero, y a quién.
Me han enseñado a querer por encima de todas las cosas, a ser fiel a ello, de todas las maneras. A que en una relación ambas personas han de quererse a ellas para querer al otro. A que hay que dar sin miedo a no recibir luego.
Que cuando amas a alguien no hay un puto imposible que pueda meterse en medio.
Quizá por eso cuando siento algo, excesivamente mágico, salgo corriendo sin mirar atrás.
Con una soga de besos, al cuello.
Quizá por eso aparto y me apartan de sus vidas.
Quizá.
Quizá cuando escuches esto se te dibujen atardeceres en las pestañas,
y me imagines bailando sola en la orilla,
llena de arena y riéndome tan alto que necesitas pestañear.
Y sonrías.
Ojalá sonrías pensando en mis besos, ojalá sepas que estoy.
No diré cómo, ni dónde ni por qué. Pero estoy.
Mientras sepas eso yo seguiré sonriendo cada vez que observe algo, algo bonito, y se me aparezcan tus ojos.
La felicidad lleva mi nombre. Sólo mi nombre, pero ver cómo aparece el tuyo en la letra pequeña, la hace más real, más playa,
más “el atardecer más bonito que he visto nunca”.
Julia Blow




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