Un intento de despedida

Un intento de despedida


Me encantaría encontrarte en un parque creyendo en eso de las casualidades, esa jodida palabra que muchos amamos sin saber antes de conocerla y que al final, sólo al final, sabemos que ni ella sabe quedarse. Quisiera hablarte unas cuantas horas sobre lo lindo que me ha pasado. Siempre llego tarde a clases,  aprendí a levantarme con el pie derecho desde la última vez donde todo salió mal, mi cabello se resignó a mis impulsos y ha decidido retardar su crecimiento: pero resalta mis cachetes para no perder la magia. Sí, amaría contarte todo de un zarpazo, una bocanada de aire y suspiros me acompañarían para mirarte, como también amaría saber de ti… Ya sabes, tus ojos negros a la luz del sol, hablando del orden que pones a todo, a tu habitación sin mis cabellos o a ese sueño de un perro pug para llenarlo de maldades. Cuéntame de ti, de la cara seria, mas no terca, que pones al comer; lo feliz que eres viendo películas infantiles con tu hermana, ese futuro que odias; que la academia te carcome, no sabes qué te gusta, pero al final terminas haciendo algo. 
Bien dicen que soñar es fácil, pero esta vez no estoy soñando: estoy pasando por nuestros escombros, al lugar donde me quedé con lo nuestro, con lo que nunca fue en nuestro mundo y que tal vez en otro universo aún me quieres y besas mi espalda. Lamento pensar que esta es la última vez de tantas que te escribo, pero cuando alguien te escucha, vale la pena sacarse el baúl de los recuerdos. 
Siempre pensé que amarte era el principio; ya ves, fue el fin. Me refiero al fin de esa creencia de no volver a entregar el corazón sin miedo a perder, a ser la boca por la que pierdes el control; se te van los tangos, el alma, pero ahí vas, entrelazada a un nosotros, a esas partículas que sólo coinciden cada miles de millones de años para estar, no sé cómo ni cuándo, pero coinciden. 
Tú y yo, otro trampolín sin fondo para llegar a otros lugares o personas; noches perdidas entre tu pecho y mi espalda. Supongo que soñamos tanto y se nos olvidó conocernos, porque yo fui contigo esa loca que te lleva de la mano a ver atardeceres por encima de sus hombros, mas nunca me mostraste tu cara amable cada que tu madre te ve, mucho menos lo que es agarrar las maletas y perderse. No, tal vez vi espejos, pero nunca supe quién eras tú en ese grito de vivir. Sí, soy otra que no es la indicada, no me graduaré joven y buscaremos la aventura en eso de vivir juntos, nunca viajaremos a otros lugares para quedarnos y hacer nuestro mundo. Pero tengo que decírtelo: Gracias.
Gracias por mostrarme esa parte tan tuya, ese agujero negro con tantas historias y besos atrincherados, tantos cafés que nos faltaron y tantos pasos que no te atreviste a dar. Fui feliz, aún soy feliz recordando, pero supongo que debo irme, no por ti, sino por mí, porque no puedo pretender esperar lo que nunca será. 
Así que te dejo mis palabras, las de medianoche que siempre se arraigan a la puerta, aruñan el alma y me sacan de quicio. Esas que tantas veces te despertaban y que hoy…, hoy se esconden de nosotros. Te quiero, te quiero muchísimo, y ya sé que soy el cadáver del olvido. No le mientas a tus memorias y tal vez abrázalas. No ocultes la verdad, no todo lo vas a conocer en un café, a veces todo pasa con solo pensar. 
Ahora, sólo me queda lo que siempre tendré, mis años. Ellos me tienen a mí y soy la prueba de tantas tormentas que han pasado, de tantos que se van y los pocos que se quedan.


Daniela Arboleda.

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