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Han pasado ya muchos días sin ti.
Han pasado ya muchos sueños
que ahora se esconden debajo de mi cama.
Han pasado ya muchas lluvias
y ya no hay forma de que limpien mi alma.
Estoy atado al pasado, buscándote.
Cuestionando mis acciones, y viviendo
de nuevo la veracidad de mis besos.
Sigo leyendo los poemas que te escribí,
y no encuentro en qué verso te pedí que
renunciaras o en qué punto te hice creer un final.
Estoy reflejado en las ventanas
que permiten ver mis grietas, las grietas que me
mantienen vivo, que le dan aire a mis gritos,
y le dan entrada a la realidad de este mundo.
Y en aquel espejo, que alguna vez vio
cómo hacíamos el amor, ahora sólo ve
cómo la tristeza encarrila su camino sobre
mis pies, y ésta ataca justo cuando llega al
corazón, envenenando mi sangre, quitándome
un poco del aire que dejaste en mis pulmones.
Y sólo salvo mis latidos leyendo por décima vez
la última carta que me entregaste,
y fijo mi mirada en el último «te amo» que me
escribiste, volviéndome un poco de vida,
parando la fuga de mis razones.
Le prohíbo al corazón hablar, quiero que esté
mudo por un tiempo, quiero que ahora aprenda
el verdadero valor de las palabras, que sepa
que no toda letra tiene sangre, que no toda coma
marca una pausa, pero que sí, un punto puede significar
no sólo el final del verso, también puede tomarse
como despedida.
Salgo a la calle, y en aquel árbol del viejo
parque donde vivo, siguen las dos iniciales
que escribimos cuando los besos nos sobraban.
Paso mi mano por la corteza, y mis miedos
vuelven, la debilidad de mis ojos se quiebra
por completo y se escurren mis lágrimas, aquellas
que alguna vez rozaron tus labios.
Voy por las calles rompiendo ventanas
de edificios vacíos, liberando un poco de mi ira,
quejándome de todo, de cómo puedes andar queriendo
a alguien más cuando antes a mí me prometías eternidad.
Jesús Gómez




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