Suerte de principiante

Suerte de principiante

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Amar a una mujer siempre va a requerir de más misterios que certezas. Es esencial y una condición casi obligatoria amarrarla a una posibilidad que ponerla de pie directamente en concreto. Yo nunca he amado a una mujer hasta adentrarla completamente en mi vida. La he dejado siempre en la puerta, porque desde ahí uno puede ver lo que hay dentro, pero eso no siempre significa que está invitado a pasar. Siempre construyes muros con cada caída, probablemente para demostrarte a ti mismo que eres capaz de ser más fuerte desde las cenizas. Eso fue lo que hice yo y no creo haber actuado mal. No es odio ajeno, es amor propio, o aún mejor, defensa personal.

Sucedió una noche. No recuerdo el año ni el día porque iba algo ebrio de estrés. Julio me llevó a uno de sus escondites en el que se refugiaba cada vez que su mujer lo condenaba a treinta días sin sexo por asuntos que nunca me quedaban claros.

—Ya van quince días y no me he muerto. Ya no la extraño tanto. Antes moría por ella, pero cuando una mujer te condiciona en cosas de las que sabe que tienes necesidad, entonces no vale la pena seguir dándole el gusto. Ella cree que sufro, pero te confieso que a veces disfruto estar lejos de sus disparates. Yo no voy a dejarla, sólo me doy unas escapadas, vuelvo de madrugada y hago como si no me importara. Si dejas que una mujer te enrede en su juego, estás jodido. Hazte como que te tiene y como que no. Casi como amarla.

Se trataba de un casino. A mí nunca se me habían dado bien los juegos de azar, porque la suerte, quizá envuelta en sus propios asuntos, olvidaba venir cada vez que yo la citaba. Fue por Julio que aprendí a amar de esa forma. Aquella filosofía propia de quien ha recibido de una mano más bofetadas que caricias, me mantenía al margen del sentimentalismo desmedido. Mirando su vida me daba cuenta de que, mientras más distancia creara entre una mujer y yo, mejor me resultaría convivir conmigo mismo.

Una de las azafatas llegó a atendernos. Nos guió hasta un par de máquinas que calificó como las preferidas de los clientes, aunque Julio me advirtió que eso decían de todas. Pasé no sé cuántos minutos mirándolo extrañarse ante la ausencia de premio tras sus jugadas antes de poner una sola moneda en mi máquina. Después me animé. La primera mano me devolvió no menos que cincuenta monedas y todas de cinco soles. Julio, que al principio me había ofrecido una mirada de lástima y conmiseración, puso los ojos en blanco. Yo era incapaz de pronunciar palabra alguna.

—Suerte de principiante —sentenció—. Porque eres principiante, ¿verdad?

Asentí, todavía sorprendido, y recogí las monedas. Julio me señaló a alguien a su izquierda.

—Mira disimuladamente —dijo—. Al lado de la puerta de al fondo. Viene mirándote desde que entramos.

Miré en la dirección que me indicaba y entonces la vi. Cabello oscuro, un traje pulcramente adaptado a sus caderas y unos tacos de punta. Me miró de reojo y en sus labios afloró una leve sonrisa, como una felicitación en silencio, y después siguió con su trabajo. No tenía el mismo traje de las azafatas.

—Jefa de sala —explicó Julio—. Tal vez por eso ganaste hoy.
—Y yo que empezaba a emocionarme.

Llevaba un par de horas jugando bajo la obligación de mi amigo y hasta ese momento, de las quince partidas, sólo había perdido tres. A Julio la suerte le llegaba también, pero al revés. Luego de ya haber perdido las ganas de seguir ahí, me dirigí a la salida, dispuesto a esperar a Julio aunque fuera a demorarse más tiempo. Hasta ahora no sé si arrepentirme o estar agradecido de lo que hice.

La hora pasaba de las dos de la mañana. El cielo mostraba un concierto de estrellas. Dispersas en aquella manta oscura, se me ocurrió pensar en lo terrible que debe ser sentirse solo y nunca mirar arriba. Encendí un cigarro, no hacía mucho que había empezado con la extraña manía de la que nunca pensé ser partícipe y apenas me estaba acostumbrando. Procuré no toser demasiado.

—No está permitido fumar —dijo la voz a mi espalda.
Del susto, solté mi cigarrillo. Ni siquiera la había oído acercarse. Imaginé que se había deslizado entre las sombras. Su acento argentino fue la razón por la que decidí contestarle. Nunca se lo he dicho a nadie, pero si hay algo que me saca de mis casillas es precisamente el acento argentino.
—Bueno, estamos afuera, ¿no?
—Es cierto —dijo, sonriendo. Fue entonces cuando extrajo una colilla y me ofreció. Decliné. Encendió su propio cigarrillo a la luz de la luna. La primera bocanada dejó un rastro de aquel labial rojo en el papel y en la expulsión, el humo enmascaró su rostro. Sus labios formaron una “O” y mi mente echó a volar.
—No te he visto antes por aquí —dijo.
Me fijé en su gafete. “Lorena”, leí para mis adentros.
—No frecuento estos lugares.
—Comprensible. No está mal para ser tu primera vez.
—Suerte de principiante —repetí, sabiendo que, de haberme oído, Julio hubiese estado al cien por ciento de acuerdo conmigo.
Lorena asintió lentamente. La luna bailaba feliz en sus ojos. Sonrió.
—¿En qué piensas? —preguntó.
Ambos sabíamos la respuesta.

Recuerdo que matamos las horas hablando. Su voz me llevaba a todas partes. Su boca, exhalando aquel humo venenoso, no hacía más que incitarme. Sus ojos, en los que la palabra “peligro” estaba escrita en letras gigantes, no dejaban de otear en mi interior sin mi permiso. Quisiera poder recordar más. Quisiera encontrarle respuestas a muchas cosas. De cómo fue que me armé del valor suficiente para acercarme a ella después de tanto tiempo de charla que me pareció suficiente y excesivo. Nos miramos a los ojos no sé cuántos minutos. Ni siquiera sé quién besó primero al otro, ni por qué no podía despegarme de aquella boca que me sabía a pecado y por la cual hubiese decidido vivir eternamente en el infierno. Quisiera recordar en qué momento me dejé llevar. O cómo fue que llegamos a aquella habitación con las ventanas cerradas por las que se filtraba una luz pálida y silenciosa. Pero puedo recordar su piel. El olor que desprendía cada vez que su cuerpo sufría espasmos de placer. Recuerdo sus gemidos, sus ojos gritándome más, sus manos que me recibían y me quitaban la poca cordura que aún mantenía conmigo. Olvidé la forma, tan rauda y sutil, que tuvo de hacer tambalear la convicción que tenía arraigada en mi mente. Me di cuenta de que Lorena no era como otras mujeres y puede que por eso me haya sorprendido el que, tras haberla dejado en la puerta, haya decidido entrar sin decoro, como si mi vida le perteneciera. “Distancia”, me repetía. Distancia. El sexo no es lo mismo que el amor. Aquella sentencia fue mi consuelo.

Lo último que puedo recordar son las llamadas perdidas que encontré en mi móvil, todas de Julio. Las calles bostezaban con las primeras luces del día cuando llegué a mi casa con los bolsillos llenos y el corazón vacío. No me lo pregunten, no puedo describirlo de otra forma. Me dejé caer en la cama y sólo cuando cerré los ojos y la vi de nuevo en mis sueños, supe que había comenzado a echarla de menos.

Pero hasta ahora no estoy seguro.

Dashten Geriott

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