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Quizás te cuente cómo me costó cada invierno el ya no calentarme en tus brazos, quizás te cuente cómo tuve que sacarte de raíz en mi vida para poder respirar.
O quizás no lo haga.
Los precipicios se convirtieron en pequeños escalones.
Dolió más un recuerdo tuyo que una bala en la pierna.
La primavera marchitó mis flores y la cama se hizo mi aliada por las tardes, obligando a la noche a torturarme.
Te fuiste y me fui detrás de ti, cubriste el paso, seguro, pues tardé en regresar, pero regresé.
Mírame, estoy sentado frente a la luna y sólo me sonríe, dejé de necesitar su compasión en aquellas caminatas nocturnas donde insistía estar frente a mí, recordándome que un tiempo atrás yo te llevaba de la mano.
Dejé de gritarle a la lluvia que parara, que su voz era igual a la tuya y que en algunas mañanas creía que eras tú.
Todo se convirtió en blanco y negro y me acostumbré a eso, me acostumbré a no tenerte cerca, porque ahí estabas tú, al otro lado del mundo sin importarte el invierto, mojándote en la lluvia y quizás riéndole a la luna; ahí estabas tú dejándome atrás, mientras el despertar me dolía; mi alma se rompía en pedazos y podía sentirlo, la vida allá afuera era igual a la de ahora, pero mi vida parecía tan miserable que dudaba que la felicidad existiera después de ti.
El invierno terminó y fue entonces cuando tuve que arrancarte de raíz para que ya no florecieras dentro de mí, tuve que borrarte de mi existencia, y como lo ves, me quedé con algún recuerdo tuyo, me quedé con el recuerdo del dolor después de ti; cómo eras antes, lo olvidé; de esa manera no querré regresar nunca. Llenas mi cuerpo hasta los pulmones, y créeme, decidí que me gusta respirar.
Edna Gómez




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