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Desde pequeños, siempre está esa idea de compartir. Un helado, la última galleta del paquete, una cucharada de comida exquisita, el saco del que se enamoran los hermanos, como también el amor hacia otros.
En ese proceso de compartir y amar suceden trifulcas, momentos de gloria, aforismos, axiomas, incluso sentimientos de ataraxia que afirman esa paz que produce mirar al otro como esa mitad que falta. Pero nadie mira que algunos —bueno, en verdad todos— nacemos completos, sin rasguños ante la vida: sólo que la reciprocidad hay que justificarla, porque al ser humano le encanta joderse con cuestiones.
En esta parte vienen los libros, películas, conversaciones con amigos que confirman la idea. Comienzan a surgir los pasos hacia lo imaginado: se conocen en una fiesta, reunión familiar, el amigo con un círculo social grande, una obra de teatro o incluso un odio mutuo, hablan días y noches seguidas porque para los enamorados e idiotas el amor no posee reloj; varias salidas, besos suaves, atrincherados, lentos, que posiblemente terminan en una postura indecente y sábanas mojadas —o, al menos, excitadas—; peleas por saber quién quiere más y luego que por qué miras a la tipa de al lado que tiene la falda muy alta... El resto ya lo saben. Luego llega la realidad a decir que todo fin contiene un principio; y vuelve esa jodida manera de buscar, de elegir otra mitad. Pero resulta una plasta más grande que la anterior.
¿Qué tal si todos dan lo que quieren recibir? Si quieres saber si sus labios se entienden con los tuyos, bésalos; si quieres escapar de la rutina, sal de viaje; pero si quieres que todo valga la pena: sé un error que no duela —o que sea mínimamente agridulce—. Y aquí quiero ser muy clara: todos somos un camino, otro paso más, tal vez sea el definitivo, pero el deseo constante de cambiar nunca asegura esto.
Qué importa si mañana queremos o no. A fin de cuentas, la vida se forma con serendipias, saudades, rutas equívocas, personas indecisas; al menos déjate querer; pero no de esa forma destructiva de pensar que todo acaba. ¡Claro que todos acabamos! La eternidad sólo es una construcción mental. Sólo aprende a vivir, a perdonar de una manera que acepte la vida como un ir y venir, no destruyendo; sino amando lo que sucede hoy.
Regala flores, ríete por ese pájaro que siempre te ensucia el parabrisas, no prometas nada, limpia su cara cuando tenga pedacitos de comida, dile que está bonita, pero no te vayas sin intentarlo por pensar que eres otro error, al menos que esta vez: el error valga la pena. Es más bonito recordar porque se intentó, no porque se renunció al primer no.
Daniela Arboleda




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