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| Imagen: 36.media.tumblr |
He estado contemplando mi vida a lo largo de mucho tiempo desde una perspectiva dolorosa y sufrible. Cuánto me ha costado, pero vengo a despedirme, y quiero pensar que esta va a ser en realidad la última vez que lo haré. Sabemos que hemos saboreado esta despedida y sus simulacros una y otra vez. Quiero darle fin, aunque no me creas, aunque yo parezca postergar adrede este amargo destierro. Lo siento tanto.
Debes estar preguntándote a qué juego exactamente, y, verás, yo no quisiera pensar que estoy en un juego, porque no soportaría ser una ficha en la vida de alguien más, que se mueve a su antojo cuantas veces sea necesario, pero nunca, jamás en la vida, tiene un objetivo principal o protagonismo. No quiero eso para ti, porque nadie lo merece.
Trato de realizar la carta que, me parece, es la más difícil de todas, porque… ¿a quién le gusta despedirse de las personas? Nadie, nunca, inclusive los masoquistas jamás lo harían, siendo conscientes del dolor que les suscita.
¿Seré acaso masoquista?, ¿tú también lo serás por permitirme tantas despedidas inconsistentes y poco aceptables?
No lo sé, desearía tener cuenta de ello, pero la he perdido. Lo siento nuevamente.
Observé tiempo atrás las innumerables notas y cartas que has dejado caer en el frente de mi puerta, casi siempre a las 2 o 3 de la madrugada. Hemos estado deambulando por la penumbra y la oscuridad, afianzando con el silencio palabras que necesitan escapar de nosotros. La mayor parte del tiempo estás dejando que tu música suene tan fuerte con el propósito de que a mí llegue, sin importar que uno que otro vecino empiece a rechistar por el exagerado estruendo. Escucho atentamente, inmersa en un sopor que a veces no creo que pueda durar tantos años como ha durado, pero allí sigue, en su continuidad seca, parca y un tanto agridulce. Me gusta tu música, me gusta porque en los viejos tiempos fue un puente de conexión magnífico y gratificante entre los dos. Cada ritmo, entre violín y piano; batería y bajos; guitarra y voces; hicieron de nuestras vidas una melodía nostálgica y sentimental, pero, sobre todo, muy fructífera. Sigue siendo esa la misma conexión que nos atrapa, con una única diferencia: Es lo único que en estos momentos nos conecta, nada más. Cuando la música deja de acariciar los límites sobrepasados de un sentimiento, de un recuerdo personal, se convierte nuevamente a lo que al inicio era: Una opinión común. Retorna a un significado poco importante y más trivial, en donde lo único que puede unirse, es el mismo gusto, sin sentimiento próximo a albergarse en corazones ajenos.
Estás arrepentido, más de 6 canciones de amor, 3 de soledad y otras 3 más de odio me lo han confirmado. Samantha, la vecina del lado, me ruega con toda súplica que te perdone para que, de ese modo, tu concierto estrepitoso cese y todo termine. Me agradan sus chistes, porque eso es lo que es, un chiste. Pude perdonarte; y eso no significó un olvido permanente, sin embargo. Te juro que lo intenté. Medié conmigo misma más que el número de canciones que he escuchado desde tu apartamento, pero fracaso miserablemente en todos y cada uno de esos intentos.
Ha pasado mucho tiempo, pero una traición es algo que se convierte como un tatuaje, como algo imborrable. Y por desgracia, generalmente siempre nos acordaremos de todo lo malo más que de lo bueno. Esta, podría ser una de las mil cartas pesimistas que he hecho en tu nombre, porque cada palabra está grabada con el pesimismo de un dolor que no se va. ¿Será rencor? Quisiera decir que no…
Es de noche, y son las 7, y posiblemente esté debatiéndome en dejar esta carta bajo tu puerta. Sé que todas y cada una de las palabras que escribo son tan mortales como las letras de las canciones que tanto sueles colocar. Es una guerra de arte que no acaba, y no acabará si no lo cierro aquí, y ahora. Aquella batalla, más que de arte, música y literatura, se ha enfocado en resaltar lo más lamentable y desgraciado de nuestras debilidades. Tu arrepentimiento te ha arrastrado por el suelo todos estos meses y mi rencor no ha hecho más que ayudar a que sientas mejor el suelo. No es justo, porque ya no tiene sentido hacer justicia por algo que ha muerto, o eso es lo que yo creo. Mi resentimiento parece un agujero negro insaciable, porque desea verte sufrir, incluso cuando mi fuero interno me reclama que frene. No es justificable negar una tregua a alguien para siempre. Por eso me marcho, porque, aunque no pueda ofrecerla, no significará que seré constante como la peste, tratando de culparte siempre. Es tiempo de abandonar lo obsesivo y lo doloroso, el círculo vicioso del castigo junto a un remordimiento que no tiene lugar ni tiempo en este extraño camino que ha tenido tantas desviaciones posibles, a un punto de considerar esto tema insulso y muerto.
Posiblemente nos necesitemos, es una relación donde coexistimos uno en el otro, sin ningún propósito verdaderamente sano y agradable. Vivir de la mano de la guerra, cuando existen tantas problemáticas en otro tipo de aspectos puede ser el acto más patético en el que hemos trabajado todos estos años.
Con esto, quiero que sepas que te quiero y no puedo perdonarte, pero te libero de este absurdo sufrimiento. Un adiós reclama una nueva oportunidad para empezar. Y jamás empezarías algo bueno y nuevo si no aprendes a dejar tu pasado atrás justo como yo lo hago.
Te quiero, y sin importar la vehemencia de mi amargo corazón, te deseo lo mejor, porque siempre estamos escogiendo qué batallas luchar y ha sido suficiente lidiando con ésta, cuya razón para lidiar con ella ni siquiera existe. Sólo un recuerdo que busca prevalecer a través de los años, asaltando y pateando nuestra existencia innecesariamente, absorbiendo nuestros deseos de luchar. Debe terminar y trabajar de nuevo por otro dulce motivo que nos proporcione felicidad.
Karen Galeano H.




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