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Hubo quien me pintó la felicidad en el dolor aunque luego se dañara con lágrimas.
Hubo quien que me erizó la piel y pellizcó mi alma.
Hubo quien me obsequió su vida para luego arrancármela de los brazos.
Pero yo, anduve en miradas que no sabían a nada aunque al principio sabían a sabrosos poemas. Los probé, los desgasté; fui yo quien les bajo las estrellas para hacerlos brillar. Aunque nadie me hiciera brillar a mí, me hiciera un poquito de luz, algún faro encendido en una inmensa ciudad.
Aquel no sabía el funcionamiento de mis dedos, cómo hacerlos temblar. Pero aún así, yo hacía vibrar su cuerpo entero con tan sólo tocarlo sin tocar.
Aquél leía mi mente y no la entendía, se cansaba rápido, tan sólo llegaba hasta la mitad. Pero aún así, yo lo leía completo, calmadamente, párrafo por párrafo, entendiendo todo y explicándole a él mismo de qué estaba hecho, aunque ni le interesara de qué estaba construida yo.
Pero no le digan esto: en el libro de mi alma que él nunca leyó, estaba escrito su nombre con tinta indeleble. En mayúscula para que se notara y el dolor que sentía en minúscula sin que se hallara.
No importa las veces que demos todo de nosotros, hay quienes no se entregan por completo. Hay quienes luchan y se rinden a medio camino. Hay quienes tienen la eternidad solamente en los labios.
No importa cuánto nos esforcemos por hacer que las sonrisas, donde no caben ni una esperanza, se hagan alas para las personas que quieran volar lejos de aquí, donde sí existen las posibilidades de ser algo con alguien.
Tan sólo estamos en una espera y a la vez buscando a quien nos presente a el destino para que nos explique por qué no estamos mirándonos más allá de una mirada, besándonos hasta los suspiros y creando el propio cielo en nuestra cama en este momento.
Algunos seres sólo están unidos en la carne, pero no en las esencias, en los sueños, en los corazones.
Sólo están unidos para ser lejanos.
Y supongo que nos tocó vivir esa parte de la vida. Nos tocó presenciar esa escena y reproducirla por el resto de nuestros días.
Pero si en algún momento decidimos tocarnos de nuevo, que no sea para dejarnos a la mitad. Profundizándonos, perdiéndonos en nuestros tejidos hasta entrar en donde nadie ha entrado. Explorándonos.
Demostrándole al mundo que no sólo con una sonrisa se puede volar, también podemos despegar con un alma que encaje perfectamente aunque no se vea de vista, sino, se vea de tacto.
Tocándonos y dejando tatuados sus dedos en nuestra piel.
Juliette




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