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Su nombre era lo único que realmente le pertenecía,
lo único que no pudieron arrancarle…
Aprendió desde muy pequeña
la verdad de todas las cosas:
nadie se preocupa por nadie,
todos usamos a otros
de una u otra manera
para sentirnos bien,
para sentirnos mal.
Para no sentir nada.
Algunos saben hacerlo bien,
otros,
consiguen lo que pueden.
Así fue creciendo,
con la idea de que todos
querían consumirla,
principalmente los hombres,
quienes tomaban su corazón
y no lo dejaban hasta que estuviese hecho polvo,
hasta que no les sirviera para nada.
Desde los ocho años fue Ángela,
nombre elegido
por el hombre que la violó
siendo tan sólo una niña,
el mismo que le negó la posibilidad de ser madre
y le mostró lo ruin, cruel y déspota
que puede llegar a ser una persona,
sobre todo cuando tiene poder.
Teniendo una vida tan desdichada,
y a sabiendas de que ni sus propios padres
la quisieron lo suficiente,
ni siquiera ella tenías tantas ganas de morir,
pero, ¿qué otra opción tenía para sobrevivir
que la de convertirse en una prostituta?
Para eso había nacido, ¿no?
Su destino siempre estuvo marcado.
De pequeña,
alguien le había dicho
que las cosas serían distintas para ella,
y sí que lo fueron:
la indecisión merecía una mirada fría y dura;
la protesta una bofetada;
el desafío la fuerza bruta.
La esperanza, no era otra cosa
que abandono y destrucción;
esperar que las cosas fueran a mejor era,
sin dudas,
una forma sanguinaria de morir.
Tuvo que aprender a fingir.
No importaba lo que ella sintiera,
no importaba el miedo,
el asco o el odio,
debía fingir que le gustaba
lo que los hombres pedían
y pagaban para que hiriera.
Si no podía fingir que le gustaba,
tenía que fingir que no le importaba.
La indiferencia se convirtió en su mejor escudo
cuando sentía repulsión hasta de su propio ser.
Así hasta que llegó Miguel,
quien lejos de buscar perderse un rato
entre su cama y sus piernas,
anhelaba ser parte de su vida
y poder entrar a su corazón,
el que parecía ser de piedra…
Él empezó a penetrarlo lentamente,
fue apenas perceptible,
caminaba de puntillas para no asustarla.
La negrura que envolvía su vida se fue suavizando,
tal como va desapareciendo la noche al salir el sol.
A pesar de la posibilidad de ser feliz,
de tener una vida diferente no se fiaba.
Vivía a la espera de otro duro golpe,
o alguna paliza del destino
que la empujara sin remedio
a los dolores del pasado.
Nunca pudo dejar de sentir
un poco de miedo por la codicia,
la búsqueda insaciable,
egoísta y mecánica de placer
por los demás en ella…
A lo largo de su vida
fue muchas mujeres:
Ángela
Amanda
Tirsá
Mara
Mandy…
Todas las que otros
quisieron o desearon
que fuera, pero,
sólo pudo ser ella misma cuando descubrió
el amor propio,
el amor de un hombre sincero,
y el más importante,
el amor de Dios.
Al final descubrió que sí,
que sí podía ser Sara
y mostrarse tal y como era
sin temor a nada ni nadie.
Karina Montero




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