La victoria más grande de mi vida

La victoria más grande de mi vida


El día por fin ha llegado, y a mí todavía me parece ver el paradero donde la conocí. Iba sola, yo también. Compartimos los asientos y en mitad del camino decidí romper aquel silencio en el que me había dedicado a observarla hasta que comencé a sospechar que ella empezaba a tomarme por un imbécil. Nunca esperé que aquello llegara a más. Las coincidencias pocas veces me han llamado la atención y aparte yo nunca creí en el destino ni esas cursiladas que se inventan los que buscan un pretexto para enamorarse de buenas a primeras. Fui adentrándome en un pequeño compartimento reservado. No sabía para quién, pero estaba reservado. Y yo tenía la necesidad de encontrar algún sitio. Así que no lo pensé dos veces. Me sentí a gusto muy rápido, como si en aquel cubículo, por muy pequeño que fuera, hubiese encontrado los espacios más cómodos que no existían en ningún otro sitio. Y en ella estaban todas las canciones más bonitas del mundo. Los poemas que algún poeta renegado nunca llegó a publicar. Los paisajes que la ciencia geográfica nunca llegó a descubrir. Y la parte más bonita de mi vida que aún desconocía. La llamé Eva, porque, después de ella, hubiese jurado no haber conocido a ninguna otra mujer antes.
Hoy es un día especial, pero esa parte no se las he contado todavía. Hoy, hace ya tanto tiempo, tuve la oportunidad de ver un par de ojos que me miraban como si intentaran ver en mí lo que yo, desde que tengo uso de razón, no había visto todavía. En mí vivía un niño con pánico a los espacios cerrados, a la oscuridad, y a que alguien le suelte la mano en mitad de un lugar lleno de extraños. Y ella vino como esa promesa de que nunca más volvería a tener miedo. La conocí en un bus lleno de gente. Ellos no me importaban en absoluto porque quien realmente me mantenía allí era la chica de la promesa en los ojos. Recuerdo que la escuché mientras hablaba y mientras yo callaba pensando en que en el momento momento en el que se me ocurriera abrir la boca la magia habría terminado para siempre. Me pasé dos o tres paraderos, pero, perdiéndome entre la inmensidad de aquel laberinto hecho de edificios, nunca me sentí tan como en casa. "¿Cuál es tu paradero?", me preguntó. Quise responder que su vida, pero me mordí las palabras. "Todavía no he llegado", di por toda explicación.
Los días pasaron entre casualidades y tropiezos. Pronto me di cuenta de que pensaba en ella más de lo habitual. No me detuve a pensar en ningún momento en que a ella también le ocurría lo mismo. Un puente invisible de complicidad fue uniéndonos, y nosotros nos dejamos envolver; era como un plan que se llevaba a cabo con el consentimiento de ambos. No hubo día en que no nos viéramos ni que no inventáramos pretextos para encontrarnos en cualquier otro sitio. Quise evitar laceraciones, así que decidí medir las consecuencias de todo aquel galimatías, pero cuando uno está en una situación como aquélla no ve con claridad las cosas y entonces decide que poco le importa encontrar la salida. Se deja atrapar, incluso. Me rendí a la inexorabilidad de las circunstancias y me dejé arrastrar por aquella corriente de sucesos que se me antojó deseable.
Nos convertimos en eso. En cómplices. En un par de aventureros a los que el mundo nunca dedica la suficiente importancia. Tampoco lo esperábamos. Sólo importábamos nosotros y nuestras canciones, nuestros momentos, nuestros paseos por la plaza y los cafés que frecuentábamos. Me olvidé de las otras como se olvida uno de las cosas que ya no le sirven en la vida. Ahora la tenía a ella y con eso me era más que suficiente. Un buen día me presentó a su familia. Llegamos a su casa y conocí a su padre, su madre y sus hermanos. Se congraciaron rápidamente conmigo. Me sentí diferente. Si alguien me hubiese preguntado por qué sonreía más seguido, no hubiera sabido explicárselo. Me refiero, ¿habían palabras? La felicidad de cuando estás con alguien que te devuelve la esperanza que habías perdido simplemente no puede describirse. Llegados a un punto en el que supe que ya no había marcha atrás, comencé a planear mi vida con ella. Pero una vida formal. Me sentí capaz de hacerlo porque un día desperté y comprendí que quería despertar con su sonrisa dándome los buenos días. Me armé de ilusiones que encarrilé por las pasarelas más concretas que pude. No quería volar mucho, pero si aquéllo resultaba, me veía viviendo en el cielo.
Se preguntarán adónde quiero llegar con esto. Pues es simple. Todo lo que estoy escribiendo tiene que ver con lo que sucede hoy día. Porque este es un día especial. Y es que hoy la familia de extraños que conocí en su casa ha venido a congregarse y están sentados en la primera banca. Desde la puerta, vestido de forma imponente, su padre ingresa, tomándola delicadamente del brazo. Ella, vestida de blanco, con su sonrisa perfecta y el mundo en la mirada, viene acercándose mientras recuerdo que un día como hoy la vi por primera vez sin llegar a imaginarme que esto sucedería, ni en que aquel bus que tomaba dentro de mi rutina, haría uno de los viajes más importantes de mi vida; ni que aquella casa de gente extraña encontraría mi segundo hogar. Ni que aquella chica con la que había compartido tantas cosas bonitas, aceptaría por fin ser mi esposa.
¿Lo imaginan? A mí todavía me cuesta creerlo. Pero es real. Está sucediendo. Los tantos invitados nunca olvidarán este día, supongo, pero a mí desde ya me deja una huella imborrable. Seguramente más tarde me harán prometer que la cuidaré y la respetaré en las buenas y en las malas, pero ellos ignoran que me hice a mí mismo esa promesa hace tiempo. Que me propuse conquistarla y aquí la tengo. La victoria más grande de mi vida. Que ella es todo cuanto había esperado y que todos los días de penas y dificultades que me habían conducido hasta allí valían la pena. No falta mucho para que en un momento, delante de Dios y del pequeño mundo que construí con ella, declare con la mayor de mis certezas e ilusiones el hecho de que voy a amarla hasta que la muerte nos separe.

Aquel momento, robado a la esperanza y la felicidad, vino a convertirse en el sello de un pacto que recordaría todos los días de mi vida. Y ella, aún siendo dueña de mi sonrisa y de todo lo bueno que pudiera seguir habiendo en mi interior, se convertiría en la testigo de los próximos pasos que me tocara dar. Iba a estar allí para recordarme a mí mismo la razón por la que he llegado a quererla tanto. Iba a estar allí para darme la mano cuando la necesitara. Iba a estar allí para hacerla feliz, para regalarle los mejores momentos de su vida que nadie le había dado. Iba a estar allí para demostrarle que por ella he me he propuesto a rescatar siempre las primeras cosas que me enamoraron para no olvidar por qué hoy intento ser un mejor hombre y una mejor persona con el único propósito de poder sentirme digno de tomarla de la mano. Y encaminar uno de esos tramos que conducen a una felicidad maravillosa mientras atesoro la incredulidad que me inspiró en un primer momento el hecho de que la chica de mis sueños, por fin, estaría conmigo para siempre.

Heber Snc Nur

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