La caja de galletas

La caja de galletas

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Mayo 8, 2016

Aún conservo la pequeña caja cilíndrica de galletas que me regalaste la pasada Navidad. Está casi llena, debo confesar. Nunca he sido muy afecto de la repostería, lo sabes. Pero con todo, llegué a comer algunas de las galletas que contenía la caja. Hoy día no lo hago más, y es que no sólo no me apetece, también me da un poco de miedo abrir el pequeño recipiente. Dentro se encuentra la esperanza de que algún día vuelvas y un poco del aroma que desprendías justo después de hacerme el amor. Me aterra recordarte con anhelo. No podría soportar —nuevamente— la bofetada de realidad que viene justo después de mirar a mi alrededor y convencerme de que nunca me amaste y sólo derrochaste unos meses de tu vida conmigo, todo por el capricho y la curiosidad que suponía entretener tus ganas de amar.
La caja permanece estática sobre el ropero. La coloqué ahí encima en un acto inconsciente que representa lo imposible e inalcanzable que siempre has sido para mí. La observó desde el suelo que piso, como quien reza al cielo en suplica de alivio y búsqueda de consuelo. La pequeña lata de aluminio me hace recordar lo insignificante que siempre fui para ti. Tan fácil te era botarme a la basura. Causa un poco de gracia, ¿sabes? Recuerdo que al irte, mi corazón se detuvo. Dejé de respirar al segundo después de tu adiós. Sin embargo, hoy mi cuerpo se encuentra más vivo que nunca. ¡Vaya putada! Vivo muerto en mi interior.
A veces —en especial cuando llueve— preparó té, cojo una silla y me siento a beberlo mientras observo la cara ligeramente curvada de la caja de galletas. Lo hago sin percatarme de ello, y el tiempo se detiene. Como si el universo girara alrededor de la órbita que dibuja la tapa circular de la caja en el espacio. Escucho llover y el repiqueteo de las gotas al impactar contra el suelo. La atmósfera de la habitación se descompone y todo se vuelve difuso. Hay neblina por doquier. Me intento mover pero mi cuerpo no responde. He quedado atrapado en una dimensión que desconozco. Me pierdo en la relatividad del espacio, navegando entre recuerdos y pesadillas. Veo como lentamente mueren los minutos que pasan. Los veo caer como cuervos agotados. Negros. Uno tras otro van desfalleciendo. Puedo contarlos mientras descienden sobre una perezosa gravedad. Uno. Dos. Tres. Cinco. Ocho. Doce. Veinte. Cuarenta y cinco. Se convierten en horas. Una. Dos. Siete. Ocho horas. Ocho horas han pasado. Cuatrocientos ochenta minutos muertos mientras pensaba en ti. Despierto de golpe al escuchar el silencio que provocan al chocar contra los azulejos del piso de la sala de estar.
Nuevamente lo ha hecho. Esa pequeña lata me la ha jugado. La muy cabrona no se cansa de atormentarme. Cierro los ojos y respiro hondo. Tu ausencia me entra a los pulmones y la soledad comienza a circularme por las venas. El té está frío y ya ha amanecido. Un nuevo día se yergue por el horizonte. Otra madrugada más sin dormir.
Vaya que me la ha jugado. La muy cabrona me la ha jugado una vez más.

Joel Estrada

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