![]() |
| Imagen proporcionada por la autora |
CAPÍTULO 3: DE OTRA MANERA
Los sentimientos no se pueden negar para siempre. Se puede intentar y tal vez funcione por unos meses —años, si se pone el empeño suficiente—, pero siempre vuelven.
Cristina tenía 13 años cuando conoció a Daniel. Las circunstancias no eran las adecuadas para que una relación prosperara, después de todo, él era el novio de su mejor amiga. A pesar de ello, se enamoró. Y ni siquiera comprendía lo que ese sentimiento era. Cristina era simplemente una niña. Pero aunque a veces pareciera lo contrario, el universo estaba actuando a su favor.
***
Daniel entró al salón usando un pantalón negro y una playera del mismo color. Su cabello era castaño claro y sus ojos verdes, contrastando a la perfección con su piel bronceada. Cristina lo vio acercarse a su mejor amiga y darle un beso.
"Carajo", pensó mientras se cambiaba los tenis por sus zapatillas de ballet. Aranza se acercó a ella sosteniendo la mano del recién llegado y lo presentó:
—Él es Dani, el chico del que te conté.
***
Pasaron dos años y Aranza y Daniel continuaban su relación. Cristina estaba a punto de cumplir 16 y continuaba sintiéndose como una niña, sobre todo cuando estaba junto a la pareja. Ambos, de 19, parecían mucho más adultos de lo que ella se sentía.
La convivencia era cotidiana y casi se podría decir que Cristina veía en ellos a un par de hermanos mayores. A excepción, claro, de que estaba enamorada de Daniel.
***
—Deberías decirle lo que sientes.
Cristina le había confiado sus sentimientos a su hermana esperando que ella le ayudara entender que lo que sentía no estaba bien y que debía ignorarlo. Sin embargo, la respuesta de Diana no cumplía con sus expectativas.
—Un día vas a envejecer y recordarás las cosas que hiciste, no aquellas que evitaste por cobardía.
Hizo una pausa, tanto en la plática como en la trenza que tejía en el cabello de Cristina y luego prosiguió:
—Además, es obvio que Dani también tiene sentimientos por ti.
***
Tuvo que pasar un año más antes de que Cristina siquiera considerara hablar con Daniel de lo que sentía, idea que finalmente desechó.
Para ese entonces ya había sido testigo de innumerables dramas en su relación con Aranza y había tenido también un par de novios.
—No entiendo qué haces saliendo con él. Es un patán —Daniel daba largos tragos a su cerveza entre cada frase.
—Bueno, normalmente no me trata así —Cristina se mordía la uña del dedo gordo—. Además, todas las mujeres del colegio están interesadas en él. No puede ser un completo idiota.
—Tú no eres como todas las mujeres de tu escuela —Daniel puso la botella en la mesa de golpe, visiblemente molesto. Ambos vieron cómo Aranza caminaba hacia ellos después de ir a la barra por más bebida. Daniel agregó rápidamente—: esta vez fue sólo un grito, pero si ese imbécil te toca, lo mato.
***
Carlos era agresivo por naturaleza. Cristina lo justificaba diciendo que su turbulenta relación con su madre lo había hecho así, que no podía controlarse —aunque lo intentaba constantemente—. La realidad es que a él no le importaba ser distinto, pues ella seguía a su lado pese a todos los gritos y marcas oscuras en los brazos.
—¿Por qué estás obsesionada con componer a hombres rotos?
Aranza lanzó la pregunta a su amiga sin conciencia de lo que eso desataría en la cabeza de Cristina.
***
"Lo que es tuyo, es tuyo. Y lo que no, no y ya". Cristina recordaba las palabras de su madre mientras se teñía el cabello de morado oscuro.
"¿Y si es tuyo, pero preferirías que fuera problema de alguien más?". Formuló el enunciado en su mente antes de ser interrumpida por un mensaje de Carlos.
***
Cristina ya tenía 18 años. El tiempo había pasado y su relación con Daniel se había vuelto tensa. Ella nunca había hablado de lo que sentía pero tenía la sensación de que ya no era necesario. Él se había dado cuenta.
Antonio la invitó a su audición para el Conservatorio de Música y ella dudó antes de confirmar. Sabía que él y Daniel eran buenos amigos y esa noche no se sentía con ganas de verlo.
—Él está en Puebla, flaca. No va a venir —le dijo Antonio al teléfono.
Ella finalmente aceptó. Se paró frente al espejo por media hora antes de decidir qué ponerse y al final optó por el mismo vestido negro de siempre, aquel que ella sentía que le sentaba mejor. Calzó un par de tacones y se puso labial rojo quemado. Luego volvió a su reflejo y le sonrió, después de meses de no hacerlo.
***
—Tómate otra copita de vino, flaca.
Antonio le ofreció a Cristina la cuarta copa de la noche. El concierto empezaba a las 9:00 p. m. y ya eran pasadas las 8 y media. Cristina se negó con la cabeza.
—Esto puede terminar mal. Y el asunto es serio, ¿o no? —dudó por unos minutos, pero finalmente tomó la copa llena.
—Sí. Todo en la vida es serio. Y a la vez no —Antonio estaba alegre—. Brindemos a mi suerte. Porque esta escuela me acepte.
Tomó una copa para él y la chocó con la de Cristina.
Cristina había comenzado a sentirse incómoda sobre sus tacones, pero a su alrededor todas las mujeres los lucían con gracia, así que no se quejó. Antonio la invitó a acabar su bebida de golpe. Acto seguido, cambió los recipientes vacíos por un par de llenos.
—Debo confesar que no fui del todo sincero contigo —dijo él cuando la quinta copa había desaparecido de las manos de su amiga.
Cristina lo miró extrañada.
—Daniel sí va a venir. De hecho, ya está en el estacionamiento.
***
Ella lo vio entrar como si fuera un fantasma. Sus bordes estaban borrosos y parecía que se movía en cámara lenta.
- Cristina - Daniel llevaba un traje y una flor en la solapa.
- ¿Qué demonios traes puesto? - Cristina tomó una copa más y la bebió en los segundos que le tomó a Daniel acercarse.
Daniel saludó a Antonio con un abrazo y luego se dirigió a ella. Resbaló lentamente su mano por el brazo desnudo de Cristina y posteriormente, se inclinó y besó su hombro.
***
—¿Y los demás? —Cristina y Daniel ya habían tomado sus lugares en los asientos del teatro.
—¿Qué "demás"? —Daniel no sabía de qué hablaba ella.
Cristina lo miró de reojo y rió para sus adentros, comprendiendo que Antonio sólo los había invitado a ellos dos.
—No estoy sobria —le sonrió a Daniel y se acomodó el vestido.
—Eres muy descarada —Daniel le sonrió de vuelta mientras colocaba su mano en la rodilla de ella. Estaba helada.
Mientras el concierto comenzaba, él comenzó a recorrer lentamente su pierna. Cristina se aferró a la silla y se estremeció. Cuando las luces se apagaron por completo y la música comenzó a sonar, él la soltó y se hundió en su asiento.
Cristina tuvo que hacer un gran esfuerzo para ocultar su frustración.
***
—¡Basta! —la poca paciencia que le quedaba a Cristina se había agotado—. Somos adultos. Ya tengo veintitrés años.
—¿Y eso qué? —Daniel lucía considerablemente mayor. Tenía poco más de un cuarto de siglo, pero la vida que había llevado lo había desgastado.
—¿Como que “qué”! —ella acomodaba su escote con una mano mientras sostenía un cigarro con la otra—. ¿Hasta cuándo vamos a seguir jugando a las escondidas?
El eco de su último encuentro antes de que Daniel se fuera a España resonaba en su cabeza.
—Solamente fue un beso, Cris —Daniel se refería a la fiesta la de Ana.
Cristina se echó a reír.
—No, Dani. No fue sólo un beso —se enderezó, tratando de encontrar equilibrio sobre sus tacones después del cuarteto de margaritas que había tomado—, ya no soy la niña que recuerdas. Y ya no puedes engañarme.
***
—¿No eres una niña?
Daniel había caminado fuera del bar y ella lo había seguido, tropezando un par de veces en el camino. Una vez afuera él había dejado de moverse y dándole la espalda, le había hecho esa pregunta.
A Cristina le pareció que la estaba retando.
—No. No lo soy.
Él no la volteó a ver. Cristina tomó aire y caminó lentamente hacia donde estaba parado. Fijó su mirada en el hundimiento en su espalda que se marcaba a través de su camisa, y acto seguido, colocó allí su índice y lo fue bajando, recorriendo toda su columna vertebral. Daniel se sobresaltó, pero siguió sin mirarla.
"Ya te esperé por nueve años. No quiero hacerlo una noche más", pensó ella y plantó un beso en su nuca.
***
Daniel deslizaba sus dedos por la entrepierna de ella, apenas rozando su piel. Cristina sostenía la respiración mientras notaba, para su satisfacción, que él la miraba fijamente.
—Quítate el vestido
Su orden le llegó por sorpresa. Daniel no bromeaba y tampoco había titubeado.
—¿Eh? —Cristina examinó su rostro por un par de segundos solo para comprobar que Daniel estaba serio y con toda su atención puesta en ella.
—Que te quites el vestido —Daniel repitió.
Su voz sonaba más grave que de costumbre.
Cristina no hizo caso, y en lugar de eso, se acercó a su boca y trató de besarlo por primera vez en la noche.
—No —él alejó su rostro—. El vestido.
***
Cristina se levantó dispuesta a hacerle caso. Daniel la había intimidado, pero ella quería obedecerlo. Deslizó tímidamente sus manos por su espalda, en búsqueda del inicio de su cierre. Cuando por fin había dado con él, Daniel se puso de pie junto a ella y la detuvo bruscamente.
—Espera —se puso detrás de ella y pasó su nariz por su cuello mientras rodeaba con un brazo su cintura y deslizaba el otro por su pierna—. Yo lo hago.
Daniel mordió su hombro y ella se estremeció. Acto seguido la empujó contra el sofá, dejándola hincada y con la cabeza contra la pared.
—Llevo esperando este momento desde que tenías 15 años - Daniel sujetó los brazos de ella contra su espalda y hábilmente bajó el cierre con la mano que tenía libre, dejando su vestido deslizarse libremente sobre el mueble.
***
Cristina hacía un esfuerzo por no golpearse la cabeza contra la pared y el cuello había comenzado a dolerle. Sin embargo, el resto de su cuerpo se estremecía fuera de su control.
Cuando todo terminó, Daniel plantó un beso suave en su espalda baja, siendo ese el primer gesto romántico que había tenido en la noche. Cristina se deslizó por el respaldo del sillón hasta quedar completamente hincada y con la cara hundida en la almohadilla.
Daniel se sentó junto a ella y acarició su cabello. Estaba desnudo y aún jadeaba.
—¿Todo bien? —se acercó a su oído y susurró.
—Más que bien —ella volteó su cara hasta quedar a pocos centímetros de él.
Daniel le sonrió y le besó su nariz. Cristina esbozó lo que parecía una sonrisa y el la besó sin interrupción por el par de minutos siguientes.
***
4 de Julio de 2019
Dani,
Te amé como una loca. Y de verdad tenía mi vida planeada contigo. Me duele que no haya salido como lo pensamos, pero a la vez creo que el destino tiene algo un mejor preparado para ambos.
Eso no quiere decir que menosprecie el tiempo contigo. Créeme, a tu lado me sentía como la mujer más feliz y si tuviera la oportunidad de volver a vivir todo lo que vivimos, lo haría tal como fue. Aprendí, me divertí, y más que nada, me sentí querida y cuidada.
Sé que fallé en muchas cosas. Sé que no supe comprometerme y que incluso resulté difícil de querer y te hice sentir como que también lo eras. La realidad es que eres una persona maravillosa. Ambos lo somos. Y por más que parezca que no fue así, yo te quise con toda el alma.
Y aún lo hago. Jamás voy a olvidar las cosas que pasé contigo. Dicen que el primer amor nunca se olvida y tú fuiste el mío. Me resulta incomprensible la actitud que estás tomando y que quieras alejarme tanto de tu vida. Pero sé que al final todo en esta vida son etapas y tú y yo ya vivimos la nuestra. También se que tú me amaste tanto como yo te amé a ti.
Te enamoraste de mí, y eso es lo mejor que alguien ha hecho por mí. De verdad, jamás podré terminar de agradecerte todo lo que vivimos juntos. Te tengo mucho cariño, de ese que es para siempre. Todo lo que pasé a tu lado lo guardo junto a mis mejores recuerdos.
Te deseo toda la felicidad del mundo, porque la mereces. Y siempre estaré aquí para ti porque te quiero sinceramente.
Para siempre, como te lo prometí tantas veces antes.
Cristina.
Ella leyó el mail una vez más, a pesar de que ya lo había hecho ocho veces. La fiesta por su cumpleaños 27 empezaba en menos de media hora y en vez de arreglarse estaba sentada frente a la computadora escribiendo para él.
Sonrió, tomó aire y presionó "enviar”.
Daniela Herrera




0 Comentarios