El Faro San Fusco

El Faro San Fusco

Imagen: taringa

Primera parte

Desde que era niña íbamos de vacaciones a la casa de mis abuelos. Tenían una bella casona a escasa distancia de la costa. Era hermoso pasar las tardes en familia, caminar por la playa y agradecer por el precioso paisaje. Aunque había algo que sólo yo consideraba fascinante, el faro “San Fusco”.
Siempre me había sentido atraída por aquel edificio, aunque no puedo explicar el porqué. Cada vez que salíamos a vacacionar les pedía a mis padres que me llevaran allí. Recuerdo que se alzaba imponente ante el océano y que ofrecía una bella vista para los que se quedaban y contemplaban el ocaso. El edificio era bellísimo. De colores marfil y escarlata, se encontraba a algunos kilómetros de la zona turística de la playa.
Aunque siempre lo vi digno de admirar, jamás fue algo que a los turistas les llamara la atención. Ni siquiera a mis padres, que siempre ponían una cara de disgusto cada vez que pedía ir, y siempre además, poniendo las mismas excusas, como: “Es muy lejos”, o “Papá no quiere manejar tanto”. Pero las que más me intrigaban, eran las que planteaba mi abuela: “A tu abuela le trae malos recuerdos”; “Mejor otro día, cuando yo no esté”; “Me asusta, preferiría que no vayan” y el famoso “A tu abuela no le gusta la idea, y punto”. Mi abuela era una mujer con un carácter y un temperamento muy fuertes. Conozco pocas como ella, aunque nadie irradia cierta aura aterradora.
Sigo sin entender bien cómo lo lograron, pero hicieron que mis ansias de visitar ese lugar se fueran amenguando con el tiempo.


Segunda parte

Con el paso de los años, dejamos de ir a vacacionar por aquellas playas. La abuela se mudó con nosotros desde el fallecimiento del abuelo, pero de esto ya ha pasado mucho tiempo.
Hace un par de semanas cumplí 17. Pero no fue hasta hoy, que me armé de valor y me propuse preguntarle a mi abuela qué era lo que le molestaba de ese sitio. La tomé por sorpresa al parecer, ya que cuando me miró vi cómo se elevaban sus cejas, remarcando una U invertida. Un poco incómoda, accedió a contarme, “sin rodeos”, como ella me dijo.
—Fue hace muchos años. La noche antes de conocer a tu abuelo. Yo estaba con unas viejas amigas, caminando por esa playa. Era una noche tormentosa y necesitábamos buscar un refugio. Cuando ya nos estábamos por dar por vencidas, vimos una silueta en lo alto del faro. Nos hacía señales, quería que entráramos…”
—¿Y ustedes entraron? ¿Así, sin preguntarse quién podía ser?
—Éramos jóvenes empapadas y aterradas. En ese momento, hasta una cueva atestada de arañas nos venía bien. Aunque sí dudamos un poco antes de entrar. A la mitad de nosotras no nos gustaba la idea de pasar la noche ahí. De hecho, yo no me quería quedar. Pero como te decía, no teníamos otra alternativa.
»La puerta de la torre hizo un leve chirrido cuando intentamos abrirla. Parecía que en años nadie había entrado allí, y en efecto, el interior no estaba muy distinto. Arena, telas de araña por doquier, moho. Aun así, tan agotadas estábamos que no tuvimos tiempo para criticar ni para limpiar. Nos acostamos en un rinconcito y nos quedamos profundamente dormidas. En realidad, te miento, porque yo no pude pegar un ojo en toda la noche. Oía crujidos y murmullos. ¿Has tenido la sensación de que alguien te observa desde lejos? Pues, yo sentía que nos estaban vigilando.


Tercera parte

—Entonces…, mmm…, bueno, entonces —tomó un sorbo largo de agua, e hizo una pausa larga—..., bueno, mijita. Verás, mi memoria no es la de antes y…
—¡No me vengas con pretextos, abuela! —le dije alzando el tono de mi voz—. ¿No crees que si al menos hablas de esto con alguien, te sentirías mejor? ¿Más aliviada? Me decepcionas un poco. No titubeaste nunca, y lo venís a hacer ahora. ¡Vamos, abuela! ¿Qué te hace parar?
No logro controlar mi enojo. Me había tomado tanto tiempo juntar las agallas necesarias para ir a reclamarle aquella historia…
Y recién entonces, noto que tenía su cabeza gacha. Sus rulos grises jugaban en su cara. La tomo por las mejillas para poder verla mejor.
Sollozaba. Me tomó entre sus brazos y me apretó bien fuerte. Comencé a sentirme como un horrible animal. ¿Cómo puedo hacerle esto a mi abuela? Evidentemente, esto la tenía mal. Dios. Y yo no la estoy ayudando.
Acariciando sus cabellos, le pido perdón, comentando que seguía sin aprender a medir la intensidad de mis palabras, y que si no quería contar más, estaba bien.
—No, no, estoy bien, mi niña —dijo en un suspiro—. Terminaré de contar. Pero no voy a repetir ni un detalle. Y prométeme, que futuramente no harás nada que tenga que ver con este asunto.
Noté una gran transformación en su mirada. Profunda y tétrica.
—Recuérdame en dónde me quedé.
Avergonzada todavía de mi comportamiento, murmuré:
—En serio, perdón… Te quedaste en que sentías que te miraban…


Cuarta parte

—Ah, sí… Fue entonces cuando me levanté. Me sentía muy incómoda en ese lugar. Quise inspeccionar un poco el piso de arriba. Las escaleras conducían a un húmedo pasillo, atestado de redes para pescar, ratas, mosquitos, y un nauseabundo olor a pescado podrido.
»Arriba, la vista era hermosa. Era increíble el panorama que se contemplaba desde allí. La tormenta había amenguado, aunque las olas rugían con ferocidad. Estaba pasmada contemplando el océano, cuando un aliento cálido rozó mi cuello. Volteé rápidamente, dispuesta a echar un puñetazo a quien quiera que fuese.
»Alcancé a divisar una silueta, pero ésta se movió rápido y esquivó mi golpe. Me tomó por la espalda e intenté gritar, pero el/la desconocido/a ya había colocado su mano sobre mi boca. En un intento de calmarme, el extraño me susurró al oído con voz grave:
Hacía tiempo que no tenía visitas. Tranquila, muchacha. Tus amigas y tú pueden quedarse aquí esta noche, aunque aparentemente, no parecen muy a gusto. Permíteme presentarme. Me llaman Teniente Gideon Deepwater—. Y me soltó, haciendo una reverencia.
Lo examiné minuciosamente. Era moreno, alto y guapetón. Tenía un acento extraño. Extranjero, tal vez. Parecía estar en buena forma, salvo por la enorme cicatriz en el brazo izquierdo. Noté que me observaba con mirada penetrante, pero, había algo malo en ella…, se veía perdido.
Ana Terranova —le dije entre dientes—. ¿Eres el único aquí?
Ya no, por lo visto —me respondió sonriente.


Quinta parte

—Fui una estúpida, ¿sabes? Confíe en él muy rápido. Había creído que era una buena persona. Comenzamos a platicar y enseguida me hizo una invitación, a la cual yo accedí gustosa: de darme un recorrido nocturno por la playa húmeda. Nos sentamos junto al mar. Coqueteamos a la luz de la luna, pero él seguía extraño. Su mirada estaba tan vacía…
»La noche avanzó, hasta dar llegada a la medianoche. Para mí, el tiempo ahí se detuvo. Cuando se hicieron las doce, el campanario de la iglesia comenzó a sonar. Yo me alarmé. En ese tiempo, se usaba para comunicar al resto del pueblo sobre alguna emergencia. Sorprendida, exclamé:
—Pero, ¿qué está pasando?
Gideon suspiró, mirando al océano, perdido.
—Debo ir a avisar a mis amigas.
—Oh, no creo que haga falta.
—¿Por qué no?
—Ellas nunca quisieron quedarse —exclamó mientras se levantaba, y me tomaba del brazo—. Ya no están aquí. Yo no seguiría su ejemplo. Conmigo estás más segura.


Sexta parte

¡Suéltame, imbécil! —le grité.
»Comencé a forcejear para que me soltara. Me apretaba muy fuerte. Logré soltarme cuando una corriente de dolor me invadió la muñeca. De todos modos, me lancé a correr.
Ooohh, no me digas que tú también quieres irte…
»Cuando llegué a la entracof cof…, la entrada del cof cof cof...
Mi abuela comenzó a toser. Le paso un vaso de agua, pero no da el resultado que quería, porque al primer sorbo se ahoga. Desesperada intento asistirla, pero parece ya muy tarde. Mi abuela suelta el vaso, estrellándose contra el piso, al tiempo de que deja de respirar.


Séptima parte

Una vez llegada la ambulancia, lo primero que hacen los médicos es chequear a mi abuela. Estoy shockeada. ¿Cómo va a pasar algo así? Se me acerca uno y disipa mis angustias. Sigue viva. Desenfrenada, corro a los médicos de la puerta y me subo al auto.
La idea de manejar como una demente jamás me había parecido tan…, acertada. Llegué en tan sólo cincuenta minutos al faro, cuando normalmente, el mismo viaje, nos tomaba una hora y media.

***

Ya en la playa, troto por la arena hasta llegar al desolado faro (tarea que, por cierto, no se me hace tan fácil gracias a las sandalias). Una vez en la puerta, la noto húmeda, mohosa y trabada, cosas que no me detienen al momento de decidirme tumbarla. Con un estruendo, cae sobre algo.Un olor nauseabundo me invade la cara. Aun así, decido entrar de todos modos.
Con la poca luz que ingresa por el pórtico, puedo divisar una lámpara, la tomo sin pensármelo dos veces. La enciendo, y veo que el piso está lleno de manchas oscuras, bolsas, basura y varios montículos más. Supongo que serán peces, redes y otros elementos.
Levanto la linterna para buscar alguna ventana…, y me quedo helada. Letras. Retorcidas y torpes letras escarlatas. Al parecer, hay una leyenda escrita en la pared.

“ELLAS NO SE QUERÍAN QUEDAR. YO LAS AYUDÉ A IRSE”


Octava parte

Un paso hacia atrás, tropiezo con algo y caigo al suelo, al tiempo que la lámpara se me resbala y rueda, iluminando mi torso, mis piernas, mis pies, un fémur.
Con un grito, pateo el farol, que dejó ver el resto del cuerpo. Perdón, de lo que alguna vez fue un cuerpo.
Temblando, vuelvo a tomar la lámpara para alumbrar mejor el suelo.
Cádaveres. Huesos podridos, putrefactos, descompuestos. Todos sobre manchas oscuras.
Asustada, confundida, con una mezcla indefinida de sentimientos, escucho desde lejos el sonar del viejo campanario.
Juntando las agallas para salir corriendo, una voz grave se hizo oír por toda la torre.
“Deberías de haberle hecho caso a tu abuela. Pero, ¿cómo? Oh, no me digas que tú también te quieres ir…”

¿Fin?

Juego de palabras

Publicar un comentario

0 Comentarios