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| Imagen: lamisteriosasomrisadelgatodechesire |
Vestía de manera auténtica, sus ojos guardaban un inmenso secreto; sus labios, prometían una experiencia inolvidable y, sin mencionar su cabello, algo largo, pero suave. Él decía que nunca lo cuidaba, no obstante, aquello no quitaba la idea constante de mi cabeza de que era todo lo contrario. En fin, al principio jamás concebí idea alguna sobre mi interés hacia él, y sin tener la cuenta ya exacta de los días, no me perdía cada detalle que le hacía brillar con autenticidad. Era particularmente genuino, aunque nefasto, o eso era lo que pensaba la gente...
La gente... lo llevó a ese lugar, lo empujó a esconderse en el anonimato. Pero llegó a mí, quien se ocultaba mejor que él en este inmenso mundo del silencio. Un mundo en el que me apoyaba en mi apreciada capacidad de observar y conservar para sí misma cada mínimo análisis, y él, sin duda, no fue la excepción a tal especialidad.
Conocer a alguien requiere de tiempo y de la necesidad o del agrado por conseguirlo. Querer indagar y sumergirse en su mundo tanto como él o ella, lo permita. En mi caso, me resultó asombroso que decidiera compartir sus ideas y opiniones con quien, humildemente, consideraba que no era necesario, y lo hizo. Es curioso, y también maravilloso. El efecto de armonía que sucede cuando algo que jamás esperas que pasaría, sucede, y ocurre con las personas menos indicadas. A saber, que a mi vista parecía inalcanzable, y aunque él no me importara tanto como para debatirme entre el dolor y la duda, pudo haber sido algo más que una simple curiosidad. Era brillante en la penumbra. Su manera de ser era más que suficiente para resaltar y que yo lo viera, era suficiente con eso. Porque... vamos, últimamente no encontramos personas sencillas y de corazón completo que puedan ver más allá de la apariencia, del juego de las máscaras, de la excelsitud de una mentira, de una verdad furtiva.
Así que allí le vi... Abriendo paso entre el mundo de las apariencias para llegar a desnudar con su misterio y su aura, un poco de su verdad; la cuál llegué a probar de sus labios aunque jamás fue meridiana. Pude haber estado convencida de que mi perspectiva era todo lo que podría ser absoluto y tal como pudo haber sido una buena jugada de ajedrez, él llegaría a nublar la claridad, me empujaría a cavilar de nuevo. Desequilibraría mi mundo, pero mantendría en juego un sentimiento que con el tiempo se difuminó, y aunque ya no pueda verlo, sé que existe, porque lo veo en sus ojos. Esos ojos que almacenan más de un par de aventuras y un sentimiento maltrecho de desamor, una indecisión que yace entre el presente que no le importa y un pasado que desea enterrar.
Hice caso omiso a mis ideas, porque alguna vez en el camino las vi a punto de levitar. Observé que estaban dejando tierra firme para convertirse en vagas ilusiones, que de no ser por mí, posiblemente ahora estuvieran siendo alimentadas por innumerables deseos conformados por un corazón que quiso ver resultados tomando como noción, las interminables casualidades que nos invadían: Salir al mismo tiempo de algún lugar, encontrarnos en sitios conocidos, paseando por la biblioteca de manera frecuente. Quizá para hacer alguna trampa a la coincidencia que el destino no había precisado ubicar en su tiempo.
Ahora bien, más que compartir sus ideas, fue más que eso, quizá un cielo caído en el atardecer. Las terceras personas que promovían un día más extraño del habitual. Un café, un detalle, una salida entre amigos con una guerra de miradas que no se detenía jamás. Los murmullos, las sonrisas, las promesas a medio hacer.
Este hombre se quedó con una de ellas, enredada en su cabello. Partiendo el día menos pensado, así como sucedió cuando le vi llegar a mi vera. Sin fecha de bienvenida, tampoco de despedida. Fui próxima a presenciar un vacío interminable y la pena de una duda que no sabía si tendría lugar en algo que comenzaba a crecer pero no llegó a formarse. Alguna onda que comienza con la primera gota que cae al agua, que de algún modo no tiene trascendencia, sólo unas cuántas circunstancias que tienen mérito de ser recordadas hasta que entienda el por qué de su misterio, el por qué descaradamente, faltó a su palabra.
Probablemente ahora crucemos un par de calles en esta fría ciudad y observemos a lo lejos las sonrisas que hubo en medio, entre la brisa y el viento, destinadas a caerse a la mitad del trayecto. Porque aunque mutaron los buenos instantes y pasaron a ser historia vieja. En el fondo, en aquella indiferente mirada, se encuentra el misterio de la verdad que, tal vez, por miedo no permitió definirse, pero que, sin temor a equivocarme, atesora la promesa más grande y favorable de todas.
Karen Galeano H.
Karen Galeano H.




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