![]() |
| Imagen: laisladegrandejatte |
Son las 4 de la tarde de un Miércoles como cualquier otro: Frío, inolvidable, hechizado, enigmático bajo las nubes grises que se asentaban en el cielo. Claudico a la idea de sumergirme en las cobijas y embelesarme con un café caliente a medias, y digo a medias porque el frío es tan penetrante que asalta con mucha facilidad aquella taza, en una lucha intensa con deshacer cualquier mínima calidez en ella.
Comienza a llover. Y tanto el silencio como el golpeteo de las gotas del exterior aumentan y se instalan cómodamente revistiendo la ciudad en un paisaje delicado, con apariencia de algo que se funde por el agua que recorre cada recoveco existente. Esta hermosa ciudad al atardecer no escapa de ella, que todo lo limpia, que afloja de manera asidua y frecuente cualquier tipo de imperfecto. Y para sorpresa mía, resulta que aquella apaciguada lluvia no está solamente afuera en la ciudad, sino también aquí, en mi corazón. Entonces empieza a removerse la imperfecta máscara que se encuentra en contacto con otras máscaras al salir de casa, pero que, al volver, se convierte en una prenda más que me quito cuando llego a mi hogar, como quitarse los zapatos o la chaqueta, cualquier cosa.
Me desmaquillo las mentiras por las que continuamente me esfuerzo en sostener y fluye algo en mí, similar a la lluvia cubriendo la ciudad. Descubro que es mi llanto, cubre mi rostro y no tengo idea alguna de cómo detenerlo. La verdad se permite ser, cuando el silencio y el lugar se encuentran dispuestos para tal acto de valentía: Perder la resistencia y acudir a la escucha del corazón.
¿Y cuál es mi verdad?
El café se enfría, así como mi sonrisa también lo hace. No hay más excusas ni plataformas que soporten la verdad a medias con la que he estado lidiando la mayor parte del tiempo: Estoy bien sin ti.
Caigo derrotada a la cama, y para un dulce consuelo las algodonadas almohadas me reciben. Es lo poco bueno que logro obtener de mi decadencia siendo sincera con mi fuero interno, porque mi cabeza no estallará del golpe físico tanto como lo hacen las interminables ideas, la tormenta de recuerdos y la avalancha de pensamientos que se aproximan inminentes y desmesuradas.
Estoy bien sin ti, es mi verdad a medias; pero su otra parte, la mentira, es que en realidad no lo es. No lo estoy, y aceptarlo incluso conmigo, resulta difícil de conseguir. Ciertamente, trabajo cada día para convencerme de aquella idea errada en mi corazón y apropiada para mi mente. El uso de razón debate fervientemente una batalla interesante, contendiendo con el corazón; con el único propósito de crear un mecanismo de defensa que le permita continuar cada día más cómodamente, sin morir en el intento. No obstante, para bien o para mal, la sensibilidad llega a adquirir más fuerza en el silencio, se hace más fuerte. Resuena con tal de cumplir su propósito: Ceder a la necesidad del sentimiento, de acudir a él, sin importar que la realidad esté proporcionando todo lo opuesto: Dimitir al dolor, a la ausencia y brindar la posibilidad de ver con objetividad.
Es imposible... Es imposible cuando me hace falta ahora. Este incesante clima puede contemplarse en varios escenarios: Algunas personas están viendo una película cómodamente bajo la lluvia; Otros, están disfrutando a todo fuego el primer encuentro de sus labios con labios ajenos, haciéndoles suyos, haciéndoles centellear. Y otros, estarán como yo ahora, combatiendo a fuego interno con los fantasmas de los recuerdos que no acaban, que no terminan, que martillean porque fueron tan fuertes como para ser historia viva dentro de la historia misma, aunque esta sea ya vieja.
En otros momentos, puedo recordar que pude ser de aquellos que vieron la película abrazándose a él o a ella. Muy bien lo recuerdo, vaya que sí. Pudo ser un día igual que este y también pudo haber sido más temprano el encontrarnos. Haciendo un par de preparativos para que la película fuera especial, o más específicamente, para que nuestro momento estando juntos, más cerca, más atentos, más unidos se hiciera inolvidable. Y lo fue.
Cada risa, cada mínima oportunidad de preguntar, de rebobinar, de hacer pausa para traer algo más de beber. Cada detalle no lo perdí de vista, porque cuando es tan importante, no perece en el olvido.
De manera que, me detengo a pensar. ¿Qué tal si todo este triste final pudiera echarse atrás como las películas?
Qué tal si pudiera simplemente cambiar el curso de una acción en un segundo y permitir que fuera diferente. Tal vez no estaría aquí, discutiendo mi existencia por los mínimos errores que cometí. Sin embargo, aunque no me hubiesen llevado a donde quería, probablemente me llevarán a donde jamás pensé estar. Es completamente difícil ver hacia el futuro, cuando el pasado se acomoda en tu asiento del lado para acompañarte, fastidiarte o simplemente, complicarte un poco más los días.
Más adelante, en otros tiempos, agradeceré a las lágrimas cuando tuvieron la oportunidad de ser liberadas. Me permitieron sentir la angustia, el dolor, la soledad y algunas otras emociones negativas. Me ofrecieron la oportunidad de confirmar que siento, que duele, que quema, quizá más o menos que antes. Porque cuando en el camino pierdes trozos de tu corazón, no estás seguro si volverás a sentir nuevamente con fuerzas, no sabes si volverá algún día el interés por estos dulces momentos. Una vez vuelves a retomar el vuelo en este caudal de sentimientos, te das cuenta que, poco o mucho, vuelven a ti todas estas emociones.
Finalmente, concluí que no interesa qué tanto tarde nuevamente a tener una nueva ilusión para que vaya de la mano junto a esta. De lo que estoy segura es de que no volveré a querer a alguien de la misma forma en la que lo quise. Nada más y nada menos por el hecho de ser diferente, y de que, muy seguramente, podré amar con demasiada fuerza más adelante, más que antes. Aunque en estos momentos llore un pasado, uno que prontamente sabré dejar atrás. Toda mala etapa tiene su final. Y tú... mi grande averío, también capítulo viejo serás.




0 Comentarios