Crónica de un adiós

Crónica de un adiós

Imagen extraída de la publicación original

De repente sus miradas colisionaron, una con la otra, y el tiempo se detuvo. Por un segundo que se sintió eterno pudo sentir que era el final. Que mirarlo fijamente ahora, más allá de despertarle el alma, dolía; que encontrarse en el reflejo de sus ojos azules, ya no era suficiente para existir y que aunque literalmente podía sentir cómo la impotencia se alojaba en cada espacio de su cuerpo, llegando a cada rincón, escurriéndose por cada rendija de su interior, hasta colapsar cada centímetro de lo que fuera que sostenía su ser, generando un vacío inmenso entre su cuerpo y su alma; no estaba sorprendida.

Lo amaba y estaba segura de que él la amó también, pero sabía que a veces amar no es suficiente y que a veces necesitamos la brisa de un viento viejo que nos roce el rostro; uno que sople en nuestra misma dirección; una brisa que nos resulte familiar, porque lo familiar de alguna manera siempre será más seguro; un viento que no sea premisa de tormenta, sin importar cuán necesarias a veces las tormentas son.

El segundo que se sintió eterno, como todo en esta vida, cesó, dando paso a segundos nuevos que se convertirían en minutos, y así de la manera más natural éstos en horas. Y de esa misma manera, tan natural la noche se hizo madrugada y ésta día.

Sus miradas ya no se encontraban clavadas una con la otra, por el contrario evitaban encontrarse, había permanecido quieta, inmóvil por varias horas, ajena a la realidad que la esperaba después de aquel adiós; se podía sentir el peso del vacío en sus ojos mientras le rogaba a silencios que no cruce la puerta. Pero era más que inútil, pues uno deja de estar no cuando se va físicamente, sino en el preciso momento en el que contempla partir; y él lo contemplaba hace mucho, incluso sin saberlo. Lo contemplaba cuando se acostaba cada noche en su ausencia, sin la urgencia de rozarla; lo contemplaba cuando no la veía sonreír; lo contemplaba cada vez que dejaba ir ese tren con destino a sus labios.

Era la primera vez que se sentía desnuda y avergonzada ante sus ojos, aunque una de las pocas veces en las que su vestido no tocó el suelo, aun así, jamás se había sentido tan descalza, insulsa y sobretodo ajena a ella misma. Una vez más buscó su mirada. Esta vez estaba todo dicho y era la mirada del adiós, de esas miradas que dicen mucho pero no dejan nada que decir, era la última mirada entre esos ojos que muchas veces se impidieron dormir, y en medio de todo el silencio y vacío de aquella alborada no pudo evitar sentirse tormenta.

Da Cardenas

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