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| Imagen: go4photos |
Ella era fría como el invierno. Como ese invierno que congela las aceras de un corazón vacío. Un frío que quemaba y a la vez era alivio total.
Y estaba loca. Tan loca. Pero era belleza. Belleza en los labios de cualquiera. Era poesía y la poeta. Dejaba huellas en las almohadas de aquellos que no podían soñar. Era mi más temible pesadilla. Mi más hermosa locura. La folladora de corazones vírgenes. Esa risa tan cruel que nos quebranta los huesos. Y besaba tan bien.
Estaba loca. Tan loca. Pero era hermosa. Sus ojos delineados como la noche, quería ser todo lo que ellos presenciaran. Esas ojeras perfectas, Dios. Cuánto deseaba llamarme insomnio en cada una de sus noches. Su sonrisa… Si tan sólo la vieran. La luna y el sol llevaban los celos a flor de piel y ella era la única razón. Traía lo temporal en los huesos, no se conformaba con nada, era feliz y lloraba. Lloraba tanto y lo hacía a gritos. Llevaba en el alma un roto pasado. Un funeral en la mitad de corazón que le quedaba. Pero ella luego me reía, como si nada, como si todo, me echaba lejos de la tierra. Seguía besando tan bien a risas y a dolor.
Pero yo, yo era infeliz. Por querer llamarla amor cada mañana y hacerla volar cuando ella tenía sus propias alas. Por desear darle esa otra mitad que la convierta en una fiesta cada día, porque querer atraparla cuando danza en sus débiles pies ante el atardecer. Por desear ser el enredo en sus cabellos. Por desearla a ella.
Yo era simple cuento y ella una historia que no te cansas de leer.
Yo era primavera en todo mes del año y ella un eterno iceberg.
Yo era la tonta cordura, ella la locura perfecta.
Yo la amaba pacientemente y ella frenéticamente.
Me moría por ella, pero ella, moría por ella.
Nada bueno salía de esta historia, pero su locura era tan bella y su belleza sabía a tanta locura que,¿quién no se habría vuelto loco también?
Al final, estábamos a mano.
Juliette




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