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| Imagen: hdnicewallpapers |
En ocasiones, tenemos esa básica costumbre de dejarnos caer al suelo por nuestras dificultades. Consideramos, en muchas ocasiones, que una herida vale más que una disculpa, y que una distancia vale más que una caricia.
A veces, en pequeños fragmentos de tiempo, dejamos que todo lo negativo invada las puertas de nuestra alma e ingrese intempestivamente a causar estragos a su paso. Pero, mientras esa guerra emocional se desata dentro de nosotros, allí afuera, mostrando nuestras tristes caras, y nuestro ánimo por el suelo, encontramos en medio de la multitud, personas que nos sonríen.
Seres en los que encontramos fuerza para caminar, espíritu de lucha, aquella que nos dice que el dolor tiene límites; la felicidad, no. Aquellas que nos impulsan a caminar aun cuando no queremos, cuando nos sentimos desolados, cuando el sentir se hace difícil de sobrellevar.
Y lo más curioso de todo este asunto es que las personas que vuelven para levantarnos el ánimo y tendernos una mano, son las más inesperadas. Personas lejanas, personas que jamás pensaste que volverías a ver.
Y allí es cuando descubres un tesoro dulce en la vida. No todo aquel que se encuentre a tu lado, estará contigo permanentemente; pero aquel que ha permanecido distante, siempre sabrá acudir a ti cuando más lo necesitas y buscará la forma de regresar contigo, inesperadamente. O encontrando el alivio en alguien nuevo que conoces, con quien la afinidad parece ilimitada y roba poco a poco un pedazo de nuestro corazón, liberando nuestras máscaras para depositar una confianza infinita en quien nos comprende, aunque parezca prematuro.
Alguien que, sin importar cuándo o cómo, nos devuelve poco a poco esa pequeña razón, el significado del espíritu de la vida, de la lucha y el entusiasmo, con el que podemos hacer las cosas día tras día, sin rendirnos, ¡no podemos declinar!
Karen Galeano H.




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