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| Imagen por: Kyle Thompson |
Va a resultar que, de tanto meter las manos al fuego, terminemos con la vida hecha cenizas. Tú eres esa convergencia que necesita cualquier catástrofe, por eso te quiero, porque el caos que represento no ha cesado de llamarte. Yo te llamo, Lorena, a veces en las noches, otras veces de día, cuando las sombras son menos peligrosas. Te recuerdo perfecta, y también recuerdo lo bien que me sentía dentro de aquel limbo de piel y curvas, que terminaba por robar de mis recuerdos las veces que fracasé queriendo a alguien. Cuántas veces he deseado que suceda lo mismo por otras noches. Querernos arriesgándolo todo, metiendo las manos al fuego. Por ti. Por nosotros. Ahora, al llegar a casa después de embriagarme en cualquier bar que nunca tiene la forma de tu boca, me acuesto pensando en si todavía duermes sola.
Ya estamos abril. Y hoy, mirando el mundo con la tonalidad de tu ausencia, me doy cuenta de que el otoño nunca se ha presentado tan gris ni tan carente de sentido. Me pasa a mí lo mismo que a los árboles: se me caen algunas hojas, cambio de color, pierdo cierta belleza, me seco. Y estoy agradecido de que exista una estación en la que puedo desmoronarme por completo y que parezca lo más normal del mundo. Lo anormal está, sin embargo, en que me hagas más falta ahora que en cualquier otra estación del año.
Voy por la calle preguntándome qué fue lo que me hiciste, por qué de pronto me veo frecuentando fiestas, cayendo en la cama de otras mujeres, y qué hago besándolas, qué incita a mis manos a desnudarlas, pero sobre todo, qué me impulsa a mí a buscarte entre ellas. Más de una vio en mis ojos un descuadre. Cuando me preguntaban por tu nombre, sólo les decía que no era necesario. Nunca les dije que Lorena era el nombre de todos mis recuerdos más dolorosos. Nunca les dije que te buscaba, y que tocaba la puerta de sus vidas con la esperanza de que fueras tú la que respondiera al llamado. “Eres una persona muy sola”, me dijo alguien. Qué novedad. Yo siempre estoy solo, pero si supieran cómo estoy ahora que no estás tú, tendrían que buscar (o inventar) otro adjetivo. No estoy solo, estoy abandonado, sufro de tensión sentimental, de catarsis eventuales, de fiebres y alucinaciones. Mi diagnóstico es simple: te necesito.
Alguien póngale nombre a eso.
Voy a consumir el resto de mis días buscándote, echando suerte en algunos infiernos y quemándome en el camino. A mí me hace falta, después de todo, para acallar este invierno de mi vida sin ti. Que no te sorprenda que lleve la mitad del alma con quemaduras de tercer grado. Yo seguiré metiendo las manos al fuego. Por ti. Por nosotros.
Dashten Geriott




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