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| Fotografía del archivo de El Espectador. Ver artículo relacionado. |
El mundo entero lloró al ver tal desolación. Los medios de comunicación gozaban mostrando imágenes amarillistas del hecho acontecido. Familias incompletas buscaban refugio para mantenerse unidos y vivos a pesar de la desgracia. El país completo entró en luto ante tal situación. Nunca antes en la historia se había registrado algo semejante en la región.
Armero fue un golpe bajo por parte de la naturaleza al país. Este nuevo cementerio sólo trasmitía dolor y muerte.
Algunos decían que sólo era culpa de aquellos a quienes se les ocurría vivir en las faldas de un volcán activo. Otros presagiaban la cercanía del fin del mundo. Alguien más opinaba que era la naturaleza vengándose del daño que tanto se le había causado. Y al final de la línea estaban aquellos ilustres lectores que comparaban la desgracia ocurrida para el país con lo que sucedió ya hace algunos siglos en la Antigua Roma, más específicamente en la cuidad de Pompeya.
Quizá éstos últimos tengan algo de razón, son desgracias muy similares. Tanto Pompeya como Armero eran ciudades felices y llenas de vida inconscientes de la guerra campal que se desarrollaba a tan sólo unos kilómetros de profundidad por las todopoderosas fuerzas de la naturaleza.
Ambas ciudades veían a estos volcanes como obras de arte, quizá para la admiración y respeto de la humanidad a los dioses, mas no como una amenaza a ellos mismos. Escucharlos rugir, era sólo oír el grito de aquellos habitantes del Olimpo al no estar de acuerdo con la actuación de la humanidad.
Para Pompeya, quizá fue más terrible, pues la escasez de formas de estudiar estas obras de dioses no permitió predecir la situación. Para Armero quizá fue un tanto mejor. La tecnología de la época logró adivinar la tragedia unos días antes de que acabara con la vida de todo ser vivo que se encontraba alrededor de aquel nevado. Sin embargo, la incredulidad de aquellas personas y el miedo a dejar sus pertenencias y salir a lugares que probablemente eran desconocidos para ellos, provocó que la mortandad no fuera poca.
Cientos, miles de personas, animales y plantas murieron aquel fatídico día. Aquel día la humanidad observó y recordó conmocionada la tragedia de Roma hace unos siglos. Aquel día el ser humano vio que la naturaleza está dispuesta a seguir nuestro juego de destrucción, pero con armas mucho más devastadoras.
No obstante, para bien o mal de la raza humana nos caracterizamos por poseer mala memoria a largo plazo. Meses después nadie recordaba qué fue lo que sucedió en aquel lugar donde la vida se abre paso absorbiendo nutrientes de aquellos que una vez se asentaron allí. Años después reanudamos nuestro juego suicida con la omnipotente y todopoderosa naturaleza.
A esto no queda más que desear suerte a aquel que ciego juega sin saber que planea y construye su propia muerte.
Angie L. Sánchez Álvarez




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