Era una tarde calurosa

Era una tarde calurosa

Imagen: Proporcionada por el autor
Era una tarde calurosa, llena de cosas que cada vez menos se entienden. Niños jugando por las veredas cortas, las luces de los semáforos eran la perfecta sincronía de los vehículos; el sonar de la iglesia retumbaba mis pensamientos. Caminaba justo delante de la fila interminable de personas que intercambiaban voces, como si quisieran descargar algún mal, como si de esa conversación dependiera su vida; los árboles se agitaban al ritmo del viento. De pronto un niño se acercaba a mí; la curiosidad me mataba y esperé a que él llegara.
Él con un leve suspiro y con una tristeza interminable, me preguntó: "¿Me puedes comprar caramelos?". Sin dudar, lo miré fijamente, me incliné a limpiar su rostro; estaba muy maltratado por la vida. "Claro, ¿por qué no?", le dije, sacando unas cuantas monedas que me quedaban en mi bolsillo derecho, ya que el izquierdo estaba agujerado. Le di el dinero y él me dio algunos caramelos. "¿Cuál es tu nombre?", pregunté. Él sólo atinó a guardar el dinero. Su discreción era única, como si alguien le hubiera dicho que no responda preguntas de extraños y eso me parecía sospechoso. Mientras probaba el sabor dulce amargo de los caramelos, el niño se iba sin decir gracias, sin decir nada. Volteé para ver por dónde iba. Él salía de ese abrumador entorno, se alejaba más y más. Yo le seguía los pasos; mis preguntas iban emergiendo mientras lo veía voltear en varias direcciones. De pronto miró hacia atrás como todo curioso que mira y le teme a las calles de la vida.
Él me vio y se sorprendió. Tímido, iba acelerando el paso. Rápido. Más rápido. Corría. Volaba. Mis piernas empezaron a seguirle las huellas. Volteaba a la derecha y yo ya estaba en la otra esquina. De pronto él se metió en un callejón sin salida. Lo sabía porque unas semanas antes había dejado en ese mismo lugar algunos recuerdos que atormentaban a mi presente. Fui detrás de él y entré en ese angosto callejón. Mis ojos se volvían pequeños, tratando de ver entre tanto polvo, pero para mi sorpresa, no había nadie. Quedé atónito. Busqué algún agujero que le permitiera escapar. Nada. La altura de los muros eran inmensos. Era imposible que un niño de un metro diez de estatura pueda escalar tremendas montañas. Quedé pasmado y seguí buscando. De pronto observé que había una pequeña caja que me parecía familiar.
Me acerqué intentando seguir buscando al niño. La caja estaba abierta. Recuerdo que la había dejado sellada. La curiosidad me mataba y no podía más. Me acerqué lentamente. Mis manos temblaban. Después de unos segundos, mi rostro se volvió pálido, mi alma parecía salirse de su órbita; quedé casi muerto ante tanta impresión; la caja contenía la bolsa de caramelos que el niño llevaba en las manos. Dentro de ella había una nota, pero eso lo obvié hasta el final. Mis preguntas aumentaban. La caja sólo contenía eso, no había recuerdos; sólo había la bolsa y la nota. Ahora lo único que me quedaba era abrir esa nota. Mis manos temblaban. Ya no podía más. Al abrir la nota decía lo siguiente:

"SSVUV"

No lo podía creer. Eso era demasiado, era todo mi pasado encerrado en unas cuantas letras. Volteé la nota para ver si tenía algo más, y sí.
Decía:

"Así como aquel niño que viste, todo sucio pidiendo que le compraras caramelos, así está nuestro amor, mendigando por las calles con el sabor dulce amargo entre sus manos, volviendo a ti cada vez que puedes y tú volviendo a mí cada vez que yo quiero."

No pude más y me desmayé. Mi cuerpo cayó y no recuerdo nada más.

Kaizen