En el circo

En el circo

Imagen proporcionada por la autora
CAPÍTULO 2: EN EL CIRCO

El amor es caos, así como lo son también todas las emociones intensas en la vida.

Irina era una mujer rota y justamente de esa forma se había sentido desde que tenía memoria. Era el tipo de chica que prefería pasar una tarde leyendo un libro y bebiendo una cerveza en completa soledad, antes que salir y enfrentarse al mundo. En la seguridad de su habitación nada podía lastimarla, pero tampoco pasaba mucho que le brindara a su vida un poco de emoción.

En ese verano los días se habían vuelto particularmente monótonos y para ella cada minuto moría de la misma exacta forma en que había muerto el anterior: en la absoluta indiferencia.

Irina era gimnasta; alta y rubia. Y no sabía sonreír. De vez en cuando se le escapaba un esbozo de sonrisa, pero rápidamente a su rostro volvían los aires de incomodidad mezclada con tristeza. Cuando no estaba practicando, estaba dando su espectáculo de doce minutos dos veces cada noche. Y en su tiempo libre estaba en casa, desinteresada por el mundo que giraba a su alrededor.

***

—¡Ven! Sólo por una noche —María jalaba a Irina por el brazo—. Nunca sales con nosotros.
María era bailarina y, junto con el resto de los miembros del circo, salía a los bares de la ciudad cada jueves como ese.
—No creo que me guste mucho.
Irina estaba incómoda de sentirse presionada, pero no le gustaba dar negativas definitivas. Después de un rato de insistencia de su compañera, terminó por acceder a su propuesta.
María aplaudió.
—Hay alguien que te va a encantar conocer.
El tono pícaro en su voz terminó por incomodar a Irina, que pasó saliva y la siguió lentamente.

***

Entraron al bar e Irina se acomodó el vestido, tratando de cubrir sus muslos. A su alrededor el olor a cigarro y las luces tenues invitaban a quedarse, pero para la gimnasta representaba un reto permanecer allí.
María le presentó al resto de los artistas del espectáculo que, aunque habían trabajando con ella por los pasados dos años, no le resultaban familiares. No la mayoría, por lo menos. Entre los rostros desconocidos alcanzó a percibir uno que recordaba haber visto muchas veces antes, sin atreverse nunca a acercarse y hablar.
—Él es Jacobo. Gimnasta, igual que tú.
Irina se sonrojó.
Frente a ella se encontraba el hombre más atractivo del circo, y probablemente, uno de los más atractivos que vería en persona en toda su vida. Su sonrisa pícara mostraba sus dientes blancos a la vez que empequeñecía sus ojos oscuros. Su nariz era recta y su piel ligeramente bronceada, adornada por cabello ondulado que caía despreocupado sobre su frente.
—Hola, Irina —su voz la hizo deslizarse hasta el fondo de sus fantasías.

***

Ella no dijo mucho y él se aburrió de intentar hacerla hablar. Finalmente, Irina se fue temprano a casa, arrepintiéndose de cada error que pensaba haber cometido durante su tiempo con él. Mientras caminaba no podía dejar de replicar en su cabeza el sonido de su voz, que se le asemejaba a escuchar a alguien estando en el fondo del mar. Grave, pero más que nada, profunda.

Recorrió con la mente su cuello hasta llegar a sus brazos bien trabajados. Jugueteó con la idea de su playera que dejaba ver parte de su pecho y el collar de cuero que llevaba colgado, escondiendo el dije bajo su ropa.

Llegó a casa y se detuvo ante su puerta, cayendo en cuenta de que estaba sonriendo.

***

—Hola.
Irina ensayaba frente al espejo con intenciones de finalmente acercarse a él. Se acomodó el cabello tras la oreja e intentó de nuevo:
—Hola, ¿te acuerdas de mí?
Se reprochó a sí misma por milésima vez su cobardía de la noche anterior.
Salió de los vestidores dispuesta a seguir con su entrenamiento. A lo lejos volvió a verlo.
Jacobo giraba por el escenario detenido únicamente por un pie a una cuerda. Ella sonrió para sus adentros, recordando la sensación que la embargaba cuando ella estaba allí, trece metros por arriba de su público. "Si tan sólo te metieras en mi cama con la facilidad con la que te metes a mi mente", pensó. Se sonrojó, apenada consigo misma, pero dejando a su cabeza imaginar las posibilidades.

***

Lo vio dirigirse hacia ella y su cuerpo se congeló. ¡Era tan guapo! Que Irina jamás había imaginado conocer a un hombre así. Mientras él avanzaba, ella le pedía su cerebro que dijera algo inteligente, pero temía que no iba a ser así.
—Hola, guapa —su voz la envolvió de nuevo.
—Hola —se apresuró a contestar y luego se quedó sin palabras.
—Te fuiste tan temprano ayer que siento que deberías compensarme el haberme dejado solo.
Jacobo secaba el sudor de su frente con una toalla. Irina se permitió recorrer sus músculos marcados bajo su ajustada ropa negra.
—¿Solo? Pero si estabas con un montón de gente —Irina rió nerviosa.
—Pues..., sí. Pero yo quería estar contigo.
Jacobo puso su mano sobre el hombro de Irina.
—Vamos a cenar hoy acabando el espectáculo.
Irina dudó por un momento.
—Tengo ensayo mañana temprano, no puedo.
Era la primera vez que Jacobo recibía un "no" por respuesta.

***

Irina terminó su ensayo tan tarde, que todos se habían comenzado a arreglar para el show de esa noche. Menos ella. Caminó entre el área de iluminación, que aún estaba vacía, mientras pensaba en Jacobo.

Vinieron a su mente sus labios, y después, sus manos. Sin embargo, era su voz lo que no lograba sacarse de la cabeza. Comenzó a frotar las yemas de sus dedos una contra otra, imaginando el contacto con la piel de él. Cuando estuvieron tibias, las llevó a sus labios. En su mente paseaba el recuerdo de él, mirándola, llevando sus ojos de su boca a su escote descaradamente. Humedeció sus dedos por unos segundos y llevándolos bajo su ropa, se dejó llevar aprovechando la soledad.

***

Las luces azules iluminaron todo el circo y ella comenzó a sentir la emoción que la invadía. Sonrió mientras las telas comenzaban a girar cada vez más rápido, dirigiéndose a ella. Escuchaba la música como si estuviera dentro de su cabeza y cuando por fin se elevó, la embargó la felicidad que únicamente sentía cuando estaba en el escenario.

***

—Vas a ir a cenar conmigo hoy.
Jacobo la abordó por la espalda mientras guardaba el vestido que había usado en el show en su maleta. Se acercó lentamente, tanto que ella no pudo escucharlo, y la tomó por la cintura.
Irina se sobresaltó y rechazó sus manos.
—Ya te dije que no puedo.
Jacobo avanzó lo suficiente para que ella pudiera oler su loción.
—Pero en ningún momento dijiste que no querías.

***

Él resultó tan intimidante, que ella terminó accediendo a su petición. Se arregló el cabello rápidamente en un recogido y se pintó los labios. Jacobo la esperaba fuera de los vestidores, impaciente.

La vio salir usando el vestido negro que le había visto usar muchas veces antes. Se ceñía a su cintura y dejaba ver buena parte de sus bien torneados muslos. "Ella no es consciente de lo guapa que está", pensó, mientras la miraba caminar insegura hacia él.

Le extendió la mano y ella la tomó, no sin antes dudar por unos segundos.
—Sé de un lugar que te va a gustar mucho.
—¿Cuál?
—Mi casa.
Jacobo le sonrió pícaramente y ella contuvo la respiración.
—Es una broma —acarició el dorso de la mano de la gimnasta—. Te voy a llevar por una buena cena.
Irina no supo si el aire que le llenó el pecho fue de alivio o de decepción.

***

Las yemas de sus dedos en su nuca se ondulaban formando ochos. De vez en vez, enredaba dos dedos en su cabello y lo jalaba, obligando a su cara a levantarse. Con los ojos entrecerrados, lo único que veía eran la luz proveniente del foco y que formaba figuras en el techo; acto seguido, volvía a cerrarlos por completo y concentrarse en el cosquilleo que le producían las caricias.

El sonido del teléfono la sacó de su burbuja. Irina salió del baño rápidamente y sonrió al descubrir que el mensaje era de Jacobo deseándole las buenas noches.

Su pecho se encendió. Tomó la botella de vodka que tenía sobre su mesa de noche y buscó un vaso en las cercanías, sin encontrar ninguno. No le importó y dio un trago directo del contenedor. "Para armarme de valor", se repetía a sí misma. La rubia puso el celular sobre la cama y volvió a llevar sus dedos a su cuello, permitiendo que su propio roce y la bebida formaran explosiones en su interior.

Conforme pasó la noche ella consideró llamarle en muchas ocasiones, y no porque tuviera algo que decirle, sino porque necesitaba escuchar su voz para reavivar sus fantasías.

Irina había pasado mucho tiempo sola desde que era una adolescente y la soledad le había enseñado a valorar cosas en la gente que la mayoría de las personas no notaba. Una de ellas era la forma de hablar. De Jacobo esto le decía mucho, como que era un hombre que aparentaba plena confianza en sí mismo, pero en realidad estaba más resignado que feliz con todo aquello en lo que se había convertido.

A Irina, aquella farsa, en vez de alejarla, la atraía aún más a él. Después de todo, ¿quién era ella para juzgar a un mentiroso?

***

Irina despertó con su cabeza amenazando con explotar. Hacía mucho tiempo que se había prometido a sí misma que dejaría de beber, pero con cada noche que pasaba, aquella promesa quedaba más pisoteada.

Se levantó de la cama y contempló su pálida imagen en el espejo. Acarició su mejilla, que comenzaba a sentirse reseca, y repasó las manchas azuladas que se habían formado bajo sus ojos semanas atrás y que le tomaba diez minutos y tres tipos de maquillaje distintos cubrir cada mañana. Hizo una coleta con su cabello y bebió una botella de agua.

En media hora debía estar reconstruida en el circo para su ensayo del día.


***

—Hola, bonita —Jacobo la abordó apenas tocó el suelo.
Irina se sonrojó al ver entre sus manos una flor anaranjada. Jacobo se la ofreció y ella la tomó, dándose el tiempo para juguetear con cada uno de sus pétalos.
—Hola —le sonrió.
La noche anterior Jacobo había hablado por gran parte de la velada mientras ella únicamente asentía, así que trató de seguir la conversación.
—¿Cómo estás hoy?
—Excelente —Jacobo señaló su cuerpo—, ¿no se nota?
Irina meneó la cabeza y soltó una risita.
—¿Cómo estás tú?
Ella guardó silencio. "Obsesionada contigo, e igual de rota que siempre". Tomó saliva y respondió con una sonrisa:
—Muy bien, gracias.

***

Ella lo observaba mientras ensayaba y se veía tan feliz que la contagiaba. No era la única allí, pues cada ensayo de Jacobo reunía a una docena de mujeres, entre artistas y staff del circo, que estaban allí con la única finalidad de verlo a él.

Irina se mordió una uña mientras comenzaba a sentirse celosa. ¡Él ni siquiera era suyo y ella ya se sentía mal con que él obtuviera tanta atención femenina! Se reprochó a sí misma por sus sentimientos y continuó viéndolo girar en las alturas.

***

—¿Qué vas a hacer hoy? —Irina observó con un aire de superioridad cómo todas las mujeres presentes se decepcionaban mientras él caminaba hacia ella para hacerle esa pregunta.
—Salir contigo —ella sonrió, orgullosa de su atrevimiento.
Jacobo acomodó su cabello, complacido.
—Bien, ¿qué te parece que hoy cocine para ti?
Las pupilas de Irina se dilataron.
—En... ¿tu casa?
El trago de vodka que había tomado antes de llegar al circo no había sido suficiente para prepararla para dar una mejor respuesta a ese ofrecimiento.
—Sí.
Jacobo pasó su dedo por la oreja de la mujer sentada frente a él.
—A menos que no quieras.
Irina se resistió al cosquilleo.
—Deberíamos ir a otro lado.
Su respuesta fue tajante y él no intentó ocultar el enojo en su rostro.

***

—¿Aún no logras que la rusa se acueste contigo?
Franco era equilibrista y el mejor amigo de Jacobo. En los vestidores se hizo silencio y el resto de los artistas voltearon a ver al recién llegado.
—Es más apretada de lo que pensé.
Jacobo lanzó su toalla sucia al suelo y abrió su casillero para sacar desodorante.
—Te dije.
Franco siguió vistiéndose sin prestarle mayor importancia.
Desde que Irina se había unido al circo, un halo de misterio había comenzado a crecer alrededor de ella. Era poca la gente con la que hablaba y en realidad no tenía ningún amigo. Por su atractivo —y por ser la única chica rubia del lugar— había llamado la atención de muchos hombres, que la identificaban por el apodo dado gracias a su lugar de nacimiento.
—Te apuesto lo que quieras a que no logras meter a la rusa a la cama.
Franco le estiró una mano burlonamente a Jacobo, quien lo miró despreocupado. Luego le sonrió retadoramente:
—Hecho.

***

La esperó terminando el espectáculo con un ramo de flores moradas.
—Hola, preciosa —le extendió el regalo y se acercó a ella para besar su mejilla. Irina acababa de salir de la ducha y aunque no olía a ningún perfume, el olor de su piel le gustó.
—Hola —correspondió al beso tímidamente.
—Tengo algo especial preparado para ti. ¿Nos vamos?

***

Jacobo la guió escaleras arriba por un camino estrecho y apenas iluminado. Eran las 10:30 de la noche y el clima en playa era perfecto para estar al exterior. Una vez llegando al techo, Irina contuvo la respiración.
Jacobo había colocado pequeñas luces en todo el borde de una mesa en el centro. Junto a ella había un par de sillas y sobre éstas, dos mantas. En la mesa había una botella de vino tinto, velas y un recipiente con baguettes rellenas de queso y vegetales. A su lado, había otro contenedor más pequeño lleno de frambuesas.
—¿Te gusta?
—Claro que sí.
Irina volteó hacia él y le dedicó la sonrisa más sincera que había puesto en mucho tiempo.
Él la observó y,  por un momento, olvidó la apuesta que había hecho esa mañana.

***

Era la una de la mañana e Irina y Jacobo estaban recostados sobre las mantas viendo el techo. La primera botella de vino se había acabado hace mucho y Jacobo había bajado a su departamento por un par más, la última de las cuales aún compartían.
—Imagina que has muerto y vas a irte al infierno. ¿Por qué pecado sería?
Jacobo soltó una carcajada.
—Qué pregunta tan extraña —bebió un sorbo de la botella.
Irina se enderezó.
—¿Por qué? ¿Te vas a ir al cielo? —se mordió un dedo entre risas
—Por supuesto que no —Jacobo se enserió—, pero es un tema de conversación demasiado turbio.
—La vida completa es un conjunto de situaciones turbias —Irina pasó su mano por la mejilla del hombre recostado junto a ella y ambos se quedaron en silencio por un minuto. Después, ella prosiguió—: mi pecado sería la soberbia.

***

—¿Lo hiciste? —Franco interceptó a Jacobo al día siguiente.
Jacobo dudó su respuesta y permaneció en silencio.
—¡Despierta! ¿Te la tiraste, sí o no?
Jacobo le dio una palmada en la espalda a su amigo.
—Por supuesto que sí hermano.

***

Aunque la casa de Irina quedaba cerca de la de Jacobo, la noche anterior decidieron no caminar.
—No me siento tan sobria como para llegar allá.
Irina acomodaba su cabello repetidamente sin lograr los resultados que esperaba.
—Está bien. Te llevaré a casa a salvo.
Jacobo se tambaleaba un escalón más abajo que ella mientras sostenía su cintura con una sonrisa pícara dibujada en el rostro.

Abordaron un camión lleno de veinteañeros que salían de los numerosos bares de la ciudad. La mayoría de ellos, extranjeros que pasaban sus vacaciones de verano en el paradisíaco destino mexicano.
—Puedo irme sola —Irina intentó despedirse.
—Yo te acompaño.
Se sentaron en el asiento de hasta atrás y la oscuridad reinó una vez que las puertas se hubieron cerrado.
Jacobo se recargó en el respaldo del asiento y la miró. Irina se estremeció sólo de sentir esos ojos sobre ella. Estaban tristes, pero parecía que mirándola a ella encontraban consuelo.
—Me miras como si fuera una obra de arte —se recargó a pocos centímetros de él.
—Es porque lo eres —parpadeó una vez—. Y como tal hay que contemplarte. Me encantas.
Las palabras salieron de su boca casi en silencio, pero Irina pudo leer la forma que tomaban sus labios.
—Y tú a mí.
Ella no dejaba de ver sus ojos sobre sí misma.
—¿Sí?
Al tiempo que Jacobo decía esto, los músculos de Irina se contrajeron.
Por debajo de su falda, Jacobo había comenzado a acariciar la parte trasera de su muslo, metiendo la mano lentamente bajo su pierna.
—Me encantas —repitió de manera casi imperceptible, acompañando sus palabras con una contracción de su mano.
Sin dejar de mirarla, fue subiendo sus dedos lentamente hasta llegar al límite de su pierna. Irina separó los labios y él, cuidadosamente, se abrió paso bajo su ropa interior.
Irina emitió un quejido apagado.
—¿Te lastimé? —Jacobo no quitaba su vista de su rostro.
Ella meneó la cabeza, aunque un ardor agudo invadía su cuerpo. Jacobo continuó jugueteando su dedo dentro de ella, provocándole espasmos que no podía controlar.
Irina observó a su alrededor a toda la gente que estaba ajena a las explosiones dentro de su cuerpo y luego volteó a ver su falda, que cubría casi por completo los movimientos de Jacobo.
—Me encantas —repitió la frase suavemente acercándose a su oreja.
Irina no dijo nada, pero como respuesta, onduló su cadera una vez más.

***

—Me enteré de que "alguien" está saliendo con Jacobo.
María se acercó a Irina en cuanto llegó al circo.
—¿No ibas a contarme?
—Claro que sí, es sólo que —Irina hizo una pausa—..., aún no es algo serio.
María soltó una carcajada.
—Con Jacobo nada es serio —miró a Irina como si su ingenuidad le diera ternura y agregó—: Nunca.
Irina pensó en todo lo que había platicado con Jacobo la noche anterior e inmediatamente después llegaron a su cabeza las imágenes de lo sucedido camino a su casa. Mordió su labio.
—También me contaron que tú y el bombón colombiano ya llegaron a última base —María sacó a Irina de sus pensamientos. Le dedicó una mirada pícara.
—Eso no es verdad.
—¿De verdad? —María sonaba incrédula.
—Sí —Irina sonrió—. Jacobo no es colombiano. Es español.

***

Los chismes volaron en el circo más rápido de lo que Irina recordaba hacían en su preparatoria. Mientras caminaba por los vestidores la bombardearon las miradas inquisitivas de mujeres que no recordaba haber visto en su vida, y que sin embargo, parecían conocerla.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué todas aquí me miran como si fueran tu esposa y yo tu amante?
A media tarde mandó un texto a Jacobo, mismo que recibió respuesta un par de minutos después.
—Ignóralas. ¿Te veo más tarde?
—Ok.

***

Irina lo esperaba en el área más alejada del resto que encontró. Estaba sentada en la playa, descalza, jugando con la arena que se metía ente sus dedos. Volteó hacia atrás al sentir que alguien se aproximaba. Sonrió.
—Hola, guapa —Jacobo se sentó a su lado.
—Hola —sin decir nada más, ella se acomodó sobre su hombro y él comenzó a acariciar su espalda baja.
—No hagas caso a lo que diga nadie allá adentro.
—¿Y tú? —Irina se alejó de él.
—¿Yo qué?
—¿Tú tampoco les haces caso? —la rubia se había puesto seria.
—Por supuesto que no —Jacobo recordó su apuesta y lo que le había dicho en la mañana sus amigos—. Ya no importa.

***

Irina volvió a casa sola ese día después de su acto. No se despidió de nadie y no esperó a Jacobo, como habían acordado. No sabía por qué, pero no se sentía bien. Recordaba que desde su adolescencia había pasado por lo mismo: noches sin dormir, ataques de pánico repentino, una tristeza incontrolable. Y muy poco racional. Jamás se lo había explicado a nadie, porque, ¿cómo iban a entenderlo, si ni siquiera ella lo entendía?

Caminó hacia su departamento mirando al suelo y deseando que la noche pasara pronto. También tenía ganas de estar con Jacobo, de que él la abrazara y pasara la noche jugando con su cabello. Pero a la vez no quería que él notara que se sentía como si se estuviera desmoronando.

Era su secreto.

***

—¿Qué te pasa? —Jacobo la tomó de los brazos en el momento en que la vio acercarse a los vestidores.
Llevaba 45 minutos parado allí, esperando que ella se apareciera.
—¿De qué hablas? —Irina levantó el rostro tímidamente, esperando que él no viera las marcadas ojeras que se habían formado bajo sus ojos.
—Te llamé como veinte veces anoche —el enojo de Jacobo se desvaneció al verla. Su piel había tomado un color verdoso y sus ojos estaban enrojecidos—. Dime qué te pasa.
—No me pasa nada —Irina se soltó de sus manos y dio un par de pasos hacia atrás.
—¡No me digas que no pasa nada! ¡Te ves terrible! —intentó tomarla una vez más, pero ella lo empujó con toda la fuerza que encontró en su cuerpo.
—Déjame en paz.

***

Jacobo no la buscó en tres días y ella lo evitó por completo. Practicaba, daba su espectáculo y volvía a casa. Se miraba al espejo y se sentía más perdida que nunca. Había dejado de comer adecuadamente porque no sentía hambre y sabía que su cuerpo se mantenía en pie a base de vodka, vino, papas fritas y una galleta ocasional.

Lo único que hacía era sentarse en el suelo junto a su cama y escuchar una y otra vez la misma canción.

***

"Hice todo sólo por ella y aún así el amor está muerto. Para mí y mi niña veneno."

Irina tarareaba la letra cuando escuchó que tocaban su puerta. Se sobresaltó y luego se puso de pie poniendo un gran esfuerzo en cada movimiento. Se limpió el delineador corrido de debajo de los ojos y acomodó su camisón.
—¿Quién es?
El silencio la decepcionó. Repitió su pregunta y esta vez recibió una respuesta que le puso a hervir la sangre.
—Jacobo. Ábreme por favor.
—¡Dame un momento!
La joven corrió al baño y se lavó los dientes. Miró su reflejo y practicó una sonrisa. Volvió a acomodarse la ropa y tomó aire profundamente. Mientras caminaba hacia la puerta pensaba en qué iba a decirle, o cómo debía reaccionar. Se paró frente a la manija y dudó un segundo antes de poner su mano sobre ella y girarla.
Jacobo no esperó. En cuanto la puerta estuvo destrabada, la empujó y entró al lugar.
La miró, en todo su caos, y acto seguido, la tomó con un brazo y la besó.
Ambos se dejaron llevar por el beso un par de minutos. Él acariciaba su espalda y ella jugueteaba con su cabello.
—Te extrañé estos días.
Jacobo besó su cuello mientras decía esa frase. Irina lo miró e intentó desabrochar su camisa.
—No, guapa —Jacobo tomó sus manos y las besó.
—¿Por qué no? —Irina se expresó como una niña pequeña a punto de hacer un berrinche.
—Has tomado demasiado vino hoy —Jacobo echó una mirada a la mesa de noche, que revelaba los restos de la bebida.
—Debí esconder eso —Irina volteo los ojos desesperada.
Jacobo la miró y luego le dio un beso en la frente.
—El sabor de tu boca te hubiera delatado de todas formas. Nada como pasta de dientes mezclada con alcohol —le sonrió—. Vamos a dormir.
Señaló la cama y ella no pudo ocultar la felicidad en su rostro.

***

Irina despertó recargada en el pecho de Jacobo. Miró a su alrededor y prestó especial atención a la luz del sol que parecía taladrar su cabeza. Entrecerró los ojos.
Buenos días, bonita Jacobo le dio un beso en la mejilla—. ¿Cómo te sientes?
—Mejor de lo que merezco —Irina sonrió.
La última vez que lo había hecho había sido también gracias a la presencia de Jacobo.
—Vístete. Hoy tenemos el día libre —él se enderezó y le tendió la mano para que hiciera lo mismo—. Te llevaré a desayunar y a la playa.

***

—¿Por qué te fijaste en mí? —Irina se detuvo y se mordió un dedo.
—Porque estás llena de misterio —Jacobo se acercó a ella—. Y me resultas fascinante.

"Te amo." Aquella frase flotaba en su cabeza. Se quedó callada y lo besó.

***

—No puedo creer que por fin te tengo enfrente como te he imaginado tantas veces —Irina contenía la respiración mientras Jacobo, completamente desnudo, se sentaba en la orilla de la cama.
Ella se había tomando el tiempo de desvestirlo con calma, quitando prenda por prenda como si estuviera moldeando una escultura. Disfrutó cada botón que se desprendía y cada centímetro de la piel de su pecho que quedaba expuesta ante su mirada.
—Bésame —él pedía, casi en forma de súplica.
—No. Quiero apreciarte. Como la obra de arte que eres.
Irina sintió cada parte de su cuerpo revivir bajo los dedos de Jacobo. Para ella, su cuerpo sólo existía cuando él la tocaba.
Él deslizó sus dedos sobre su espina dorsal y tomándola del cuello, la inclinó sobre la cama. Ella exhaló.
—Eres mía ahora —él inundó el ambiente con la voz que a ella tanto le gustaba.
—Siempre lo fui —fue lo último que Irina pudo decir antes de sumirse en lo más profundo de sus sensaciones.

***

Ella despertó y Jacobo no estaba en la habitación. Se enderezó y lo llamó, sin obtener respuesta.

Recordó los cosquilleos en todo su cuerpo de la noche anterior y todo lo sucedido adquirió un toque pintoresco. No se trataba de sexo como lo había imaginado siempre. No era lo que le habían descrito. No era una separación del cuerpo y de la mente. Más bien, aquella noche había sido la más gloriosa unión de ambos, que trabajaron en equipo para llevarla a una inexplorada dimensión.

***

—El caos no siempre es negativo. Y el orden está sobrevalorado —Jacobo volvió al departamento llevando consigo dos cafés fríos y un par de donas.
Encontró a Irina recargada sobre el lavamanos, mirándose de cerca en el espejo. Él sabía que más que observarse, ella se estaba juzgando. Se paró detrás de ella, le besó el hombro y dijo:
—Te amo. De la forma más caótica e intensa que he amado en mi vida.

***

Contra todo pronóstico, la relación pareció funcionar por unos cuantos meses. Cuando estaba con él, ella se sentía feliz. Sin embargo, cuando Jacobo se iba, a Irina la embargaba la sensación de que la situación no iba a terminar bien. No podía hacerlo.
Cada vez que él salía del departamento, o la besaba antes del show, Irina se imaginaba que era la última vez que lo hacía y como tal, lo disfrutaba.
"Por si acaso", solía decirse a sí misma.

***

—Me acostumbré a estar sola a tal punto que estar contigo me parece surreal —Irina jugueteaba con el cabello de Jacobo, recargado desnudo sobre su abdomen.
Sin decir palabra, él se dio la vuelta y comenzó a besar su piel, dibujando círculos alrededor de su ombligo.
Después de un momento, abrió los ojos y observó las pastillas que ella había colocado en el mueble junto a la cama. Suspiró y opto por mantenerse en silencio por el resto de la velada.

***

—Me prometiste que dejarías de beber —Jacobo agitaba la botella de vino vacía, presa de un visible enojo.
—Lo necesitaba —Irina se hacía una descuidada cola de caballo. Había pasado el día sin salir de casa y permanecía en camisón sobre la cama desordenada.
Jacobo pensó en sus posibles respuestas y al final, ni una sola palabra salió de su boca.
—Basta —se acercó a ella, y dejando a un lado el coraje, le acarició la mejilla.
Irina se hizo para atrás.
—No
—¿No qué? —él había perdido la paciencia—. ¿No puedes?
La gimnasta se puso de pie trabajosamente.
—No quiero.

***

Ella llegó al circo pocos minutos antes del espectáculo. Evitó encontrarse caras conocidas y no se sintió tranquila hasta que estuvo encerrada dentro del camerino.
—Estás hecha un desastre —la mujer que la veía desde el otro lado del espejo lucía tan desgastada que difícilmente le recordaba a la artista que solía ser.
Intentó cubrir con maquillaje sus ojeras y las venas que saltaban en su frente. Se puso su traje y repasó su acto en su mente.
Cuando faltaban tres minutos para salir al escenario comenzó a sentirse incontrolablemente nerviosa. Se persigno, tomó un trago de agua, y con él, se pasó el par de pastillas que había deslizado sobre su lengua.

***

Las luces la cegaron por completo y los aplausos expectantes, que usualmente disfrutaba, le impidieron concentrarse. Las telas ya habían comenzado a elevarse cuando se dio cuenta, horrorizada, de que su pie derecho estaba mal sujeto al único punto que la mantenía en el aire.

***

El espectáculo de Irina se dio por terminado cuando dejó de girar y comenzó a pedir a gritos que acercaran las telas al nivel suelo. Por primera vez en once años, salió del escenario sin recibir un solo aplauso, dejando tras de sí una ola de gente desconcertada preguntándose si la aclamada gimnasta había llegado a su predecible punto de ruptura.


***

—¿Qué fue eso? —Jacobo asomaba la nariz en la puerta de su camerino.
—Vete de aquí —Irina se levantó de su asiento, en el cual había permanecido con la cabeza entre las manos por los minutos anteriores.
Se limpió la nariz con la manga y repitió su exigencia.
—¿No vas a hablar conmigo? —Jacobo intentó entrar a la reducida habitación
Ella se acercó a él y lo miró por unos segundos. En su cabeza flotaban las palabras para formular una disculpa. Mientras cerraba la puerta de un golpe, Irina pensaba en lo mucho que quería pedirle perdón por todo el desorden que implicaba haberse enamorado de ella.


***

Una joven periodista que reportaba para Volcano, una famosa revista de espectáculos, había visto el fracaso escénico de Irina y había considerado convertirlo en su siguiente historia. Después de una sencilla investigación y de obtener más información de la que podía incluir en su artículo —gracias a todas las bocas en el circo que hablaban de las adicciones de la gimnasta—, finalmente llegó a Jacobo.

El día siguiente del desastre lo esperó mientras ensayaba, y por veinticinco minutos prestó especial atención a cada uno de sus bien marcados músculos. Cuando él hubo terminado, tomó aire y trató de no permitir que la pusiera nerviosa mientras se aproximaba a su encuentro.
—Hola, me llamo Cristina.

***

Irina se enteró de que Jacobo estaba saliendo con alguien más y eso, más que molestarla, la entristeció hasta el último cabello. Su relación jamás había terminado propiamente pero ella sabía que no tenía nada que reprocharle.
Los días después de su corta plática en los camerinos, Irina fue suspendida de sus actividades en el circo. Él la buscó un par de veces, y luego, simplemente se cansó de tratar. Ella no hizo nada por verlo. O por hablarle. Simplemente dejó que toda emoción se apagara lentamente, sin dramas y sin despedidas.

***

Jacobo se enganchó a Cristina por unas cuantas semanas. Un mes, tal vez. En ella lograba ver de vez en cuando gestos de Irina, y si se esforzaba lo suficiente, incluso encontraba cierto parecido físico entre las dos. Su voz, ése era un problema. El acento de la joven rusa era inigualable y cuando Cristina hablaba, volvía a él un golpe de la realidad que odiaba.

***

Jacobo mantenía su mano agresivamente sobre la boca de Cristina. Cuando ella intentó hacer ruido, él introdujo tres dedos y presionó su lengua al tiempo que rasguñaba su muslo derecho.
La periodista arqueo la espalda, en una mezcla de dolor y placer que le resultaba desconocida. Jacobo se dejó llevar por el coraje y, tomándola del cabello, la puso de cara contra la almohada.
—Cállate —susurró a su oído mientras acariciaba su espalda baja.
Sin tener que verle el rostro o escuchar su voz, Jacobo finalmente pudo imaginar que la mujer con la que compartía la cama no era otra más que Irina.

***

A Cristina la envolvían los celos. Se esforzaba por borrar a la gimnasta de la mente de Jacobo, al punto en que incluso aceptaba de él toda clase de maltratos.

“Solamente es así en el sexo”, se decía a sí misma para consolarse cada que revisaba su espalda llena de moretones o desprendía un mechón de cabello de su adolorido cuero cabelludo.

Y en ese ámbito ella podía aceptar su agresividad, incluso, en ocasiones la disfrutaba. Pero la hostilidad de Jacobo se extendía cada vez más con el paso de las semanas y ella ya no sabía cómo tratarlo para hacer volver a su lado al hombre que había conocido en el circo. Aquel que era encantador y que parecía dispuesto a quererla.

Jacobo se había convertido en una persona distinta y ella comenzaba a temer, cada vez con más certeza, que esa era su verdadera personalidad.

***

Él ya no sonreía. Y Cristina se sentía más sola en su compañía que cuando estaba sin él. A pesar de ello, deseaba seguir a su lado, por más incomprensible que le resultara. Después de mucho pensarlo, ideó un plan que le parecía infalible: buscaría a Irina, se haría su amiga y descubriría que es lo que tenía ella que Jacobo no lograba sacarse del pecho.

***

Ella acababa de volver al circo después de su suspensión y de someterse a una gran cantidad de análisis anti-dopaje. Cristina la observó desde la lejanía.

Sí que era bonita. Pero no cualquier tipo de bonita. Irina tenía la belleza que únicamente tienen las personas rotas: irónica e inexplicable. Tenía una de las miradas más tristes que Cristina había visto, y eso que ella había conocido a un montón.

Después de observarla por unos minutos, dejó de tenerle coraje y ese sentimiento fue sustituido de manera casi imperceptible por empatía.

***

Una persona rota atrae de forma natural a otras personas rotas.

Irina y Cristina hablaron en pocas ocasiones, y sin embargo, entre ellas nació algo muy cercano a la amistad. Jamás hablaron de Jacobo y la gimnasta nunca se enteró que la periodista que la visitaba periódicamente era la mujer que se acostaba cada noche con el hombre que ella no había dejado de extrañar.

La última vez que se vieron, a Cristina se le quedó en el pecho una sensación que no esperaba —ni quería— sentir: se había encariñado con Irina.

***

Jacobo regresó una noche más agresivo de lo usual. Cristina trató de calmarlo, fracasando estrepitosamente mientras él golpeaba con fuerza la barra de la cocina. Sin saber cómo confrontarlo y temiendo por lo que él podía hacer, finalmente se armó de valor y escupió:

—Estabas con ella, ¿cierto?

***

Irina murió esa noche.

Había tomado tres botellas de vino y en su mente la idea de huir resultaba ser la que más sentido hacía. Pensó en sus opciones y cayó en desesperación. Pensó en escribirle a él, pero desechó la idea. No quería que Jacobo se diera cuenta de lo frágil que podía ser. Pensó en hablarle a su familia, pero hacía años que no lo hacía. Para ese momento, ya eran prácticamente extraños.

No encontró belleza ni paz en ninguna opción, además de la que había tratado de evitar siempre, desde años atrás.

Ella se paró frente a su tocador y se miró en el espejo. Tenía el maquillaje corrido y los ojos rojos de tanto llorar. Se dedicó a sí misma una sonrisa, la más franca que había puesto en años.

Puso su cabello detrás de su oreja e inhalando profundamente, comenzó a tragarse sus pastillas para la ansiedad lentamente, de manera casi ceremoniosa, hasta que acabó con el frasco.

***

No existe tragedia alguna en haber creído y haber amado por completo.

Jacobo se culpó por la muerte de Irina por meses, hasta el punto de guardarle un profundo rencor por haberle dejado una sensación tan amarga dentro del cuerpo. Con el tiempo, sin embargo, aprendió a perdonarla por haberse ido y terminó agradeciéndole al destino por haberle permitido conocerla.

Entendió, finalmente, que aunque él trató de salvarla una y otra vez, la única persona que tenía el poder de hacerlo era ella misma. Y deseó que Irina, desde donde estuviera, supiera que él no había dejado de extrañarla.

Daniela Herrera

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