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| Imagen por: Irina Dzhul |
No creí que fuera él quien me construiría y destruiría a la vez.
He escuchado tantas veces esa parte, ese momento exacto cuando miras las estrellas y de pronto se apagan, he escuchado a gente rota y de cómo tratan de cocerse con alcohol, con sexo, con cigarrillos, con amores de una noche o de aquellas que se quedan por siempre en la misma habitación vacía para evitar posibles rasguños.
De verdad, lo he oído, sin embargo, nunca había sido el blanco.
Y así fue, me posicioné en el lugar perfecto entre una bala y mi pecho…, y disparó.
¿Cómo es que no lo noté?
Tenía tiempo planeando mi destrucción. ¡Vaya que tardó! No era complicado encontrar mi punto débil, porque yo completamente fui débil.
Falló, su disparo no fue letal, físicamente no morí, pero algo cambió; mi mirada se lleno de humo, se me borraron las sonrisas futuras y las noches de sueño, me costó dos segundos reaccionar y en esos dos segundos yo ya estaba cayendo a las profundidades de un gran vacío que se formó de acero en ese in. Me destruyó.
De haberlo sabido, habría dado la media vuelta al ver sus ojos desviarse por el cielo tratando de encontrar una razón para seguir caminando junto a mí, me hubiese salvado de sus desgarradoras manos, de sus filosas palabras y de los gritos que comencé a oír en un interior que no se parecía al mío, pero que habitaba mi alma.
No creí que tuviera entre sus brazos un infierno, tan escondido como para quemar las únicas defensas que me tomé.
Floreceré. Algún día.
Edna Gómez




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