Un brindis por la cobardía

Un brindis por la cobardía


—Me estoy enamorando —confesé.
A esas alturas, lo que menos me importaba era lo que pudiera pensar de mí.
Nos atendía la camarera de siempre. Cuando iba al bar, por lo general era para hacer el ridículo, aunque conseguía parapetrarme tras el pretexto de acompañar a mi amigo, y por eso nadie se atrevía a cuestionar la casta presencia de alguien como yo en un tugurio como aquel. Antonio ya estaba lo suficientemente borracho como para pedirme explicaciones.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó con el vaso en la mano.
—Nunca se sabe, simplemente se da. El amor tiende a aparecer cuando tienes todas las puertas cerradas.
Se quedó mirándome en silencio, sin traicionar expresión alguna.
—Sabes que estoy ebrio y que no me gustan los poetas, ¿verdad?
Asentí.
—Pues deja de ponerme tus malditas metáforas y háblame como hombre.
No pude evitar reír.
—Que no sé cómo, simplemente sé que lo estoy.
—¿Y se puede saber de quién?
Eché un vistazo a la barra. Victoria sacaba brillo a la mesa y atendía a un par de hombres que no dejaban de realizarle radiografías varias a conciencia. Su cabellera rubia estaba anclada en un moño y apenas un par de mechas le caían por los costados de su rostro que parecía enmarcado a pincel.
Antonio siguió mi mirada.
—Maldita sea. ¿Sabes quién es ella, al menos?
—Bueno, se llama Victoria y…
—No eso, idiota. Que si sabes de quién se trata. A esta edad no tienes que andar de turista emocional. Como mínimo, conócela a fondo. Yo la conozco, o por lo menos sé lo que hablan de ella. Y no te conviene. Lo digo en serio. No quieres terminar como yo.
Lo miré y supe que tenía razón. No quería terminar como él.
—Además, me coges por sorpresa. Te creí más templado en estas lides. Cuéntame, ¿qué fue de esa tal Sofía? La que quería ser enfermera…
Me encogí de hombros.
—Se fue hace ya tiempo. Todas las noches vuelvo a la estación para comprobar que se ha marchado y que realmente me libré de ella.
Antonio le dio un trago a la cerveza.
—¿Y no la extrañas?
—A veces, en especial cuando hace frío.
—Pero si es verano.
Claramente, a Antonio no le gustaban las metáforas.
—¿Cómo se supone que puede uno librarse de alguien que ni siquiera tiene?
—Depende. Por lo que veo, de Victoria sólo te gusta su cuerpo, ¿verdad? Pues eso es fácil. Hay varias mujeres aquí que podrían servirte de pasatiempo.
En esto se nos acercó la camarera. Se llamaba Luciana, y tenía un cabello azabache que le caía hasta los hombros, como hecho a la medida. Siempre usaba un uniforme ceñido a esas caderas firmes de terciopelo que a más de uno dejaban mudo.
—¿Van a desear algo más? —preguntó.
Antonio la miró, sonriente.
—Claro, preciosa. Aquí el amigo tiene mal de amores y no estaría mal que le quites esa estupidez de encima con tu encanto.
Luciana me miró. Sus labios escarlata dibujaron una curva peligrosa.
—Será un placer, guapo.
Sonreí, negando por lo bajo.
—¿Qué? ¿Vas a acobardarte? —preguntó mi amigo.
—Quizá en otra oportunidad —dije yo.
Antonio le pidió que le trajera una botella más porque la que tenía estaba ya estaba por la mitad.
Luciana asintió y se alejó guiñándome un ojo.
—Vas a morir virgen —sentenció Antonio.
—Voy a acercarme a ella.
—¿A Luciana?
—A Victoria.
Dejó escapar un soplido y se llevó el vaso a la boca.
—No sé de dónde la traen —dijo, mirando con desdén el vaso—, pero cada vez esta cerveza está más amarga.

En nuestros mejores días, lo común era que saliésemos de allí con un par de amenazas de desconocidos a los que Antonio sorprendía mirándonos más de la cuenta y procedía a aplicarles su predilecto “sermón de los puños”. Todos los habituales del bar lo conocían y la gran mayoría prefería guardar distancia más por miedo que por respeto. Algunos, incluso, memorizaban mi rostro para saludarme cuando pasara por la calle, como si mi cercanía a Antonio me sirviese de alguna especie de inmunidad. Aquella noche, mientras Antonio procedía a esbozarme por enésima vez la historia de la mujer por la que bebía tanto, me di cuenta de lo mucho que deseaba tener a Victoria a mi lado. No se lo había dicho, pero a Victoria no la conocí en el bar, sino en la secundaria. No me daba temor hablarle, me daba temor que, al hacerlo, no pudiera reconocerme. Esa era una de las razones por las que acompañaba a Antonio después del trabajo a aquel rincón olvidado del mundo, un pequeño purgatorio para bolsillos pudientes al que me sorprendía que Victoria hubiese llegado considerando su repudio a los vicios de la popular “droga social”. Siempre la observaba de lejos. Y más de una vez llegó a clavarme sus ojos azules que mantenía protegidos tras unas gafas. Siempre estuve lo suficientemente cerca como para decirle que me gustaría que hablásemos al final de su turno, aunque terminara de madrugada. Siempre tan próximos. Pero siempre fui un cobarde. A veces, después de dejar a mi amigo en su casa y tras asegurarme de que no iba a ser capaz ni de encontrarse las posaderas con tanta resaca encima, regresaba al bar a mirarla desde la ventana cumplir con su rutina nocturna. Nunca la vi tomar una sola gota de alcohol. Algo me hizo pensar que tal vez estaba utilizando aquel empleo como un trampolín próximo a un futuro mejor lejos de todo cuanto repudiaba. Que quizá dependía del dinero que le pagaban aunque fuera una miseria (lo cual, prestos a juzgar por el caché del establecimiento, lo de ser un miseria era improbable). Antonio me pasó la mano delante de los ojos, como si me temiese ido.
—¿Estás aquí? —preguntó.
—Claro, perdona.
—Oye, mirándola bien, para un apretón Victoria tampoco está tan mal, ¿eh?
Sonreí.
—He estado pensando —dije, librándome del trance—. ¿Y si lo que en realidad debes hacer es olvidarla?
—Dime cómo y en menos de una semana soy un hombre nuevo.
Luciana apareció de nuevo con su sonrisa de primeros auxilios y una botella en la mano. Puso la botella en medio de la mesa y se me acercó para hacer gala de su discreción poniéndome un retazo de papel doblado en el bolsillo de la camisa. Se alejó con indiferencia llevándose en sus caderas la mirada de Antonio y una docena de hombres de las mesas contiguas.
—Tú mismo me diste la respuesta hace unos minutos —dije—. Hay varias mujeres.
—Lo dije por despecho. Una mujer buena no es la que es capaz de darte calor una noche cualquiera, sino una por la que vale la pena morirse. Entregarle tus ganas de ser una mejor persona.
Oyéndole hablar de esa forma supe que ya estaba demasiado ebrio y que no iba a ser capaz de meterse una copa más. Le arrebaté la botella de la mano y lo empujé a la salida.
—Suficiente por hoy.
—Pero qué mierda… ¡Suéltame, Julián!

Dejé a Antonio en su departamento y me dispuse a volver al mío dando un paseo. En el trayecto, me acerqué hasta el bar para comprobar que Victoria seguía ahí. Apenas había pasado media hora, pero su lugar ya lo había ocupado otra chica. Rodeé el bar hasta dar con la puerta trasera, que estaba junto a la playa de estacionamiento. Probablemente su turno había terminado. Una ventana estrecha ofrecía una clara visión al interior. Conseguí ganarme una vista desde ahí y pude ver a Victoria despojándose de su delantal mientras hablaba con un hombre que, por la barba, supuse que era mayor. Me pareció que discutían y que en cualquier momento iban a cruzar la puerta. Me alejé a esconderme en las sombras de los árboles que rodeaban la finca. Él salió primero e ingresó a uno de los autos estacionados, llamándola con impaciencia desde el interior. Victoria lo siguió a regañadientes. Se alejaron en la oscuridad de la noche.

Era casi medianoche cuando caminaba de regreso a casa. Las farolas tendían un sendero ámbar por aquellas callejuelas de fachadas raídas. Doblé un par de esquinas hasta dar con mi departamento.  El lugar estaba en silencio. Abrí la puerta y ascendí las escaleras sin molestarme en encender la luz. Cuando introduje la llave en la cerradura de la puerta, ésta cedió como si se hubiese abierto sola. Lo que vi después me dejó mudo.

Luciana me esperaba con el interior de la habitación punteada de velas que emitían un aliento mortecino. Estaba ataviada con un pañuelo ceñido al cuello y un atuendo de lencería fina que no hacía secretos de sus encantos. Me pregunté si estaba soñando. Me tomó de la mano con delicadeza. La seguí hasta mi habitación y me empujó a la cama. Me miraba fijamente, como si supiera lo que estaba pensando y me diera a entender que ella también pensaba lo mismo. Sonreía como sólo alguien que hubiese aprendido a burlar la gravedad puede hacerlo. Me despojó de mi ropa lentamente. Cuando quise ayudarla, apartó mis manos. Una vez desnudo, Luciana se acercó a mi oído.
—Ahora tú. Desnúdame. Despacio. Muy despacio —susurró.
Para entonces todo asomo de cordura se desvaneció por completo. La desnudé lentamente, con delicadeza, besando cada centímetro de su bendita anatomía como si quisiera aprendérmela de memoria. Luciana no tenía prisa y guiaba mis movimientos con gemidos como una felina bien amaestrada. Cuando ya sólo quedaba aquel pañuelo en su cuello, se incorporó en la cama, dejándose contemplar como la maravilla que era. Luego se inclinó a lamerme los labios. Un ápice de sentido común me asaltó de súbito y supe que tenía que decirle algo.
—¿Cómo se supone que pudiste…?
—Shhh… —interrumpió—. Sé que no leíste la nota que te dejé.
Me besó el cuello mientras mis manos recorrían su piel que para entonces ya contaba con una tibia temperatura. Me olvidé del mundo, de las demás mujeres, e incluso de mí mismo. Encerrados en aquel silencio supe que había sobrevivido a mi infausta adolescencia sólo para vivir ese momento. Un momento al que, tiempo después, volvería aunque fuera sólo para rememorar sus gemidos entrecortados por el placer y sus ojos inyectados de ansias pidiéndome más. No estoy seguro de cuánto tiempo estuvimos así, pero puedo jurar que nunca antes había muerto por una noche completa.

Cuando desperté, Luciana se había marchado. Me incorporé y miré el reloj de mi velador. Ya eran las seis de la mañana, pero mi piel seguía oliendo a ella. Me acerqué al lavabo y me refresqué la cara. Me vestí con lo que pude y tomé mi camisa. Extraje la nota que me había dejado Luciana la noche anterior:

No llegues tarde esta noche. Te estaré esperando.
Luciana

Salí de casa y me acerqué a la estación donde había visto por última vez a Sofía. El viento soplaba fuerte y supe que jamás lograría olvidarme de su piel aunque fuera en los brazos de otra que sólo estaba de paso. “Escribe por Mirage”, me había dicho. Todavía no había logrado escribir un libro completo por nadie. Decidí sentarme en uno de los bancos que rodeaban el vestíbulo. Pasajeros subían y bajaban de los trenes. Se me ocurrió pensar en la posible existencia de un pasaje esperándome para llevarme al fin del mundo y no regresar jamás. Mirage siempre me había dicho que uno huye siempre y cuando tenga un lugar adónde ir. Alcé la vista hacia los rieles que se perdían en la distancia y me pregunté cuál sería el mío.

Antonio me esperaba en el sitio de siempre. Al verme, me maldijo y me advirtió que si lo sacaba del bar como anoche iba a pagarlo caro. Sin detenerme a pensar en lo que hacía, lo abracé con fuerza.
—No me asustes. ¿Acaso decidiste cambiar de bando?
—Ayúdame —le dije.
—¿A qué?
—A armarme de valor e invitar a salir a Victoria.

Aquella noche regresamos al bar y Antonio pidió dos botellas de cerveza. Yo hice el mismo pedido ridículo de siempre: un vaso rebosante de espuma de gaseosa. Cuando sentí que la bebida se me había subido a la cabeza, decidí ir a su encuentro, pero en aquel momento llegó el tipo de la noche anterior y se acercó a hablar con ella. Algunos que me habían visto detenerme petrificado a un par de metros de la escena donde ambos se estaban besando, guardaron un silencio burlón.
Regresé a la mesa con mi amigo y, mirando como de costumbre a Victoria —esta vez con su acompañante—, alzamos nuestros vasos y brindamos por mi eterna cobardía.

Dashten Geriott