Extraños

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CAPÍTULO 1: EXTRAÑOS


IRINA
—Comencé a entrenar cuando tenía 6 años. Siempre quise esto.
Irina levantó el rostro hacia las telas que colgaban del elevado techo y por su sonrisa, supe que lo que decía era verdad .
—La vida allá arriba es emocionante, aquí no tanto.
La mujer levantó los hombros resignada y comenzó a caminar, recogiendo a su paso sus zapatos y una toalla para limpiarse el sudor que el ensayo le había sacado.
—Cuando estoy en las telas pareciera que puedo volar, nada más me importa. No escucho voces, ni sonidos, ni veo nada más que las luces. A veces, cuando llego a la cima, alcanzo a oír a lo lejos los aplausos, pero sólo eso. Es como si arriba nada existiera —hizo una pausa—. Y cuando me dejo caer no me importara otra cosa aparte del aire contra mi pecho. Con los pies en la tierra me siento como cualquier mujer, y a veces aun menos que cualquiera.
Irina no conocía otra vida que la del circo, había estado allí desde que era una niña y en veintiséis años de existencia la única aventura que había vivido era haberse enamorado. Y se había enamorado del hombre equivocado.
—En realidad ya no sé si quererlo a él estuvo mal. Después de todo, ¿querer a alguien de esa manera alguna vez está bien? Fue más peligroso que quedarme colgando de un pie a quince metros de altura. Y me provocaba más nauseas también.


SEBASTIÁN
—La verdad es que nunca la quise como ella pensó que la quería —me miró por encima del hombro mientras hacía su maleta—, aunque sinceramente, yo tampoco sabía eso.
Su cabello negro caía en mechones desordenados alrededor de su rostro. Había intentado peinarlos dentro una cola de caballo, pero el resultado no había sido el que esperaba y se había dado por vencido.
—¿Debería llevar la azul o la guinda? —me mostraba dos lámparas antiguas decoradas con tapiz de colores—. ¿Sabes?, llevaré ambas, así tenga que llevar una en las manos —intentó acomodar el objeto dentro de su atiborrado equipaje—. O las dos.


JACOBO
—Ven aquí.
Jacobo estiró sus brazos hacia mí en un intento de alcanzarme. Di un salto hacia atrás, frustrando sus intenciones.
—Me estoy cansando de esa actitud —dio la media vuelta y se alejó.
La primera vez que lo vi había sido invitada especial a una de sus funciones. Estaba en la primera fila y él saltaba de un lado a otro usado un traje ajustado color azul. Me gustó su sonrisa, reflejaba el placer que le producía estar en el escenario. Saltaba, prestaba especial atención a los aplausos que seguían, y entonces, hacía un par de reverencias y sonreía aun más.
Yo estaba hipnotizada. Seguí todos sus movimientos hasta que finalmente se fijó en mí. Bien pudo haber sido un segundo o toda una hora, aún no lo sé. Lo que sí supe desde ese momento fue que Jacobo era el elegido.


ANA
—Cruzábamos la ciudad en moto, yo aferrada a su espalda con el cabello vuelto una maraña sobre la cara y el corazón dando saltos de emoción —Ana pasó un mechón rubio tras su oreja y tomó un sorbo de su cerveza—. Fue una locura.
Tomé un trago de mi bebida y me acerqué a ella para escuchar su voz sobre la música.
—Lo conocí recogiendo a Nicolás en la escuela, él tenía un hermano pequeño también. Lo vi justo en uno de esos días en los que no esperaba ver a nadie —soltó una risita—. ¡Estaba hecha un desastre! Despeinada, sin maquillar y usando una vieja camiseta. Te lo juro que aún no comprendo cómo fue que le gusté.
Ana tomó aire, tratando de olvidar, y se levantó.
—Ven, vamos a bailar.


IRINA
—Es el mejor besador que he probado en mi vida —Irina se sonrojó—. Un día bajé de las telas y él estaba esperando por mí en primera fila. Comenzó a aplaudir y se puso de pie, vestido todo de negro y usando un sombrero que me pareció ridículo —hizo una mueca— aunque a pesar de ello lucía guapísimo. Me recogí el cabello en un moño mal hecho y le sonreí tan coquetamente como pude. Cuando comenzó a caminar hacia mí sentí cada gota de mi sangre quedarse helada y lo único que podía pensar era: "¿Enserio, chica, te parece que éste es un buen momento para quedarte sin palabras?". Jamás me había sentido tan nerviosa —soltó una risita— me dijo su nombre y preguntó el mío, caminamos juntos y le conté de mí: de la infancia rusa, la adolescencia americana, los años mexicanos y lo que soy dentro del circo, que no es nada de eso. Parecía interesado en mí, aun en aquellas cosas de mi vida que ni a mí me interesan. Era como si me estuviera estudiando y me gustaba recibir atención sin necesidad de estar allá arriba.
Los orígenes de Irina eran poco conocidos, aun para aquellas personas que habían convivido con ella desde años atrás. No solía hablar de su pasado y lo poco que yo sabía era que había nacido en un pequeño poblado ruso y posteriormente se había mudado a California. Allí había sido inducida a las artes circenses y se había enamorado de las acrobacias en tela, mismas que empezó a practicar profesionalmente cuando llegó —huyendo de su antigua vida— a Playa del Carmen y conoció a un empresario dueño de una empresa de espectáculos. Llevaba desde los 17 años viviendo en México y su español era fluido, únicamente posible notar que era extranjera por la entonación que le daba a algunas palabras, en las cuales colocaba acentos donde a ella le parecía que sonaban mejor.
Era alta y esbelta, con el cuerpo cubierto de músculos y la piel salpicada por pecas. En naturaleza era de tez pálida, pero los años en la playa la habían tostado y cuando la conocí lucía un bronceado que resaltaba con su cabello rubio al hombro. Era una mujer guapa, sin embargo, algo en su semblante la hacía parecer triste. A excepción, por supuesto, de cuando estaba en su amado escenario.


SEBASTIÁN
—Me acerqué a ella y quité el cabello de su cara. Era preciosa. Loca como una cabra, pero preciosa. Ella quería que nos fuéramos de aquí, pensaba que ir a Italia sería mejor, pero yo no quería irme. No con ella por lo menos. Un día, a mitad de la noche, despertó gritando: “¡Ya vienen por mí! ¡Ya vienen por mí!”, como si el demonio se le hubiera metido en el pecho. Cuando traté de abrazarla me golpeó en la cara y luego comenzó a reír —hizo una mueca— vaya que era rara esa mujer.
Sebastián tomó de uno de sus cajones una fotografía en la que aparecía abrazándola, hundiendo su afilada nariz entre las pecas de ella. Sonreí, sintiendo por dentro cómo los celos me consumían. Me ofreció la foto y me negué a tomarla.
Desde hace tiempo debí deshacerme de esto deslizó sus dedos por la imagen y acto seguido la arrugó para lanzarla al otro lado de la habitación.


CARLO
—Siempre quise ser músico, la vida en el escenario es más divertida —Carlo sonrió y acercó un cigarro apagado a sus labios—. Me ayuda a controlar la ansiedad.
Carlo decía tener 27 años y la presión de envejecer lo había convertido en una maraña de nicotina y nerviosismo.
—Cuando tenía 17 solía pasar el día encerrado en mi habitación, escuchando a Black Sabbath y fumando cigarrillos. Fumar me hacía sentir mayor, pero no demasiado. Ahora este hábito me recuerda a mi padre. Los años no pasan en vano, ¿eh? —me miró con la misma mirada que usaba con todas las mujeres que acababa de conocer—. ¿Cuántos años tienes tú?
—22.
—Y no platicas mucho, ¿verdad? —Carlo estaba divertido.
Sonreí discretamente y traté de relajarme. El estar sentada en la misma habitación de uno de mis ídolos musicales me provocaba un cosquilleo interior incontrolable.
—De hecho, lo hago —crucé la pierna— pero necesitamos acabar la entrevista primero, por favor.
Cuánto deseaba solamente quedarme allí y platicar con él, de todo y de nada. Pero ése no era mi trabajo.
—Está bien —fingió ponerse serio— continuemos.
—Gracias…
—Con una condición —echó el cuerpo hacia adelante y pasó un dedo por mi rodilla—: que después hablemos de cosas más interesantes.


ANA
Ana era alta y muy delgada, como su profesión exigía. Tenía apenas 18 años, pero la vida que había llevado la hacía comportarse como alguien mayor. Y tenía tres vicios: los modelos, los fotógrafos y los músicos.
—Todavía me estremezco cuando recuerdo mi primer beso y lo decepcionante que fue —se puso un limón en la boca y acto seguido tomó un trago de tequila. Me ofreció uno e hice lo mismo—. Tenía 14 años y pensaba que ese chico, el primero en el que yo me había fijado, iba a ser el amor de mi juventud —volteó los ojos—; una de niña es muy ilusa. Lo que en realidad pasó es que dicho niño se acercó a mí por la espalda y comenzó a recorrer con la punta de los dedos el suéter de mi uniforme. Sentí cómo las piernas se me doblaban por debajo de la falda, y cuando giré y lo vi tan cera, me di cuenta de dos cosas: Una, él tenía los dientes chuecos; y dos, yo no tenía la menor idea de cómo besar. Simplemente cerré los ojos y esperé un momento de magia que jamás llegó, y en lugar de eso, terminé con saliva hasta las orejas y la sensación de que me había perdido de algo —rió—. ¿Cómo fue el tuyo?
—Voy a necesitar otro de estos si quieres hablar del tema —agité el vaso vacío de nuestra bebida y sonreí—. No mucho mejor que tu experiencia, aunque creo firmemente que no hay nada más emocionante que las primeras veces.


IRINA
—La primera vez que me enredé en las telas sentí un profundo temor mezclado con el deseo de no volver a poner los pies en el suelo jamás. Exactamente lo mismo sentí la primera noche que pasamos juntos. Él me llevó a cenar después de que terminó la última función. Apenas me estaba quitando el maquillaje cuando lo vi por el espejo, parado en la puerta del camerino, sosteniendo un ramo de flores moradas. Eran realmente bonitas —su rostro se iluminó—. Esperó allí hasta que terminé de alistarme y luego me besó como si fuera la última vez que fuera a verme. Fuimos a un lugar bonito, demasiado elegante para que me sintiera por completo cómoda, pero perfecto porque él estaba allí. Comió pasta con camarones y yo ensalada de atún. Acompañamos la comida con vino y tantos besos que debieron empalagarme, pero no lo hicieron. Acabada la cena me pidió que fuéramos a su casa, dijo que tenía algo importante que mostrarme, así que accedí. Aunque si puedo confesar algo, hubiera ido aunque no hubiera una razón para hacerlo y una vez allí hubiera encontrado una —Irina se sonrojó, apenada por lo que acababa de decir—..., lo siento, es sólo que no suelo hablar con muchas personas, y menos de estas cosas. Se siente bien tener una amiga.
Me ardió cada parte del cuerpo, desde el cabello hasta la punta de los pies.


ANA
—Lo que más odio es que cada hombre que veo me recuerda a él. Camino con miedo a topármelo de frente un día y no poder huir al incómodo saludo —tomó un trago a su Martini y siguió—: De verdad, cada que veo a un hombre venir hacia mí vestido parecido a como él se viste, delgado como es, con su mismo color de cabello…, siempre pienso que es él y que he tenido la mala suerte de topármelo. Se me para un poco el corazón —suspiró e hizo una pausa—. Es sólo que no creo tener la fuerza para verlo y seguir en una pieza.


DANIEL
Daniel era como ningún otro hombre que había conocido. Tenía unos ojos verdes que me cautivaban y piel bronceada a la perfección. Su cabello, su espalda, sus manos; todo él era un homenaje a la belleza masculina. Y sin embargo, todos a su alrededor eran consientes de eso menos él. Era tímido, introspectivo, serio. Sonreía en contadas ocasiones, lo que hacía que yo apreciara aún más esa capacidad que tenía para hacerlo sonreír. También era triste. Y aunque yo no entendía por qué, él tampoco lo hacía.
Cuando lo conocí tenía 13 años y él acababa de cumplir 16. En cuanto lo vi por primera vez, tomado de la mano de mi mejor amiga, caí en cuenta de que aunque no podía tenerlo, tampoco podía dejarlo ir. Los años pasaron y con ellos sus mujeres y mis hombres. Cumplí 16, 17, 18. Daniel estaba para limpiar cada herida y sobar cada golpe que la adolescencia y mis errores me infringían. Yo, a cambio, era lo que él necesitara que fuera, siempre en espera de que algún día su necesidad fuera de los besos que se me habían amontonado en el pecho con los años.


JACOBO
—No se dé qué hablas —Jacobo me miró con desprecio y se dio la vuelta.
Volví a colocarme frente a él y repetí por tercera vez, pronunciando cada palabra muy lentamente:
—Ella. Está. Muerta —lo observé con detenimiento.
Se había puesto nervioso, aunque usaba todas sus fuerzas para evitar que se notara.
—¿Y yo qué tengo que ver con eso? —estaba exasperado—. Era una niña loca, desequilibrada —movía las manos casi tan rápido como hablaba—; seguramente mucha gente quería deshacerse de ella, cualquiera pudo haberlo hecho.
Hizo una pausa e intentó tomar mis manos.
—¿O acaso estás insinuando…, que yo la maté?
En su cara se había dibujado una mueca, mezcla de una sonrisa y un gesto de profunda ira. Retrocedí un paso.
—¿Qué te pasa, Cristina? ¿Es que ella te contagio su locura?
Permanecí callada, tratando de descifrar lo que se escondía detrás de lo poco que había dicho.
—¡Dímelo! —su grito fue acompañado de su manos, que se aferraron fuertemente a mis brazos y me llevaron hacia él.
—¡Nunca dije que tú la habías matado! Sólo quiero saber que sucedió —forcejeé por un momento hasta lograr liberarme—. Y quien se ha estado comportando como un loco eres tú .
El gimnasta se quedó callado, mirándome. La sonrisa no había desaparecido de su rostro enmarcado por su cabello siempre bien peinado.
—Ven aquí —Jacobo estiró sus brazos hacia mí, en un intento de alcanzarme. Di un salto hacia atrás, frustrando sus intenciones —me estoy cansando de esa actitud.
Dio la media vuelta y se alejó.


CARLO
Estaba enfundada en mi falda negra favorita y en la blusa que sentía que me ajustaba mejor. Me había puesto los tacones de la buena suerte, labial rojo quemado y el brazalete que me había regalado mi madre para combinar con todo lo anterior. Luego, me había echado encima toda la calma que pude encontrar en mis cajones y que debía evitar que me lanzara encima de Carlo en cuanto lo viera en persona por primera vez.
Cuando escuché mi nombre, caminé con la sensación de que mis piernas se ablandarían de un segundo a otro por el pasillo blanco que llevaba a su camerino. “Inhala, exhala”. Le recordé a mi cerebro que debía respirar si por si acaso, entre toda su emoción, lo olvidaba de repente.
—Señorita —su asistente paró y se volvió hacia mí, señalando la puerta cerrada que tenía pegado un letrero con su nombre—, es aquí.
Esperé que abriera la puerta y me presentara, pero ese momento no llegó. Ella me dio una sonrisa y se alejó dando pequeños pasos por la misma área por la que habíamos andado.
Respiré y toqué la puerta. La voz al otro lado puso en estado de alerta cada centímetro de mi cuerpo.
—Entra. No muerdo…


IRINA
Me senté en la primera fila y dejé que mis ojos se pasearan por el techo de la construcción. Numerosas luces y superficies para atar lazos, telas y aros cubrían toda su extensión. Estar allí me hacía sentir incómoda, casi llegando al punto de la infelicidad.
En cuanto la vi, la reconocí de inmediato por todas las fotos que había visto de ella. Usaba ropa deportiva color azul cielo que se ajustaba perfectamente a su bien torneada figura. Ensayaba sin notar mi presencia y así fue por un buen rato; ella saltaba, giraba y sonreía.
—Irina —aproveché el primer momento en que pisó el suelo para atraer su atención. Me volteó a ver, extrañada, reflejando lo poco acostumbrada que estaba a recibir visitas.
—Mi nombre es Cristina —avancé hacia ella con la mano extendida—. Trabajo para Volcano —hice una pausa para darle tiempo de acercarse a mí. Estrechó mi mano sin decir nada—. Me gustaría entrevistarte, si me lo permites.
Oculta tras la mejor de mis sonrisas estaba la verdad que no quería que ella supiera. Las razones de mi interés en conocerla poco tenían que ver con mi trabajo.


DANIEL
—Hola —escuché su voz detrás de mí y me paralicé.
Me di la media vuelta sólo para encontrarme con su mirada triste. Esbocé la mejor de mis sonrisas: una mezcla de la genuina felicidad que me provocaba verlo y de los nervios que sentía.
—Hola, Dany —me le quedé mirando y, acto seguido, lo abracé, apretándolo con fuerza contra mí—. ¿Cómo has estado?
Yo sabía la respuesta a eso, pues no había pasado una semana sin que le preguntara por él a alguno de nuestros amigos. Habían pasado dos años desde la última vez que lo había visto y había cambiado bastante. Del niño del que me había enamorado sólo quedaban dos cosas: su voz y su mirada.


CARLO
Cuando decidí estudiar Periodismo en la universidad, no me había pasado por la mente que un día mi trabajo sería entrevistar a aquellos músicos cuyos rostros habían tapizado las paredes de mi habitación cuando era adolescente. En realidad, lo que tenía en mente era mucho más serio y sombrío que eso. Aún no me graduaba, pero había tenido la suerte de toparme con un jefe que creía en mi talento inexperto y me asignaba tareas que me revolvían el estómago de la emoción.
—Cris, ven aquí —mi jefe se acercó a mí en cuanto llegué a la editorial—, te tengo una sorpresa —su sonrisa me contagió, así que lancé mi mochila de la escuela bajo el escritorio, me saqué los audífonos y me apresuré a seguirlo.
—Adivina quién está promocionando su nuevo disco y nos va a dar una entrevista. Una pista —me miró expectante—: ¿qué estabas escuchando?
—No. Es. Cierto —me congelé.
—Sí, sí lo es —él soltó una carcajada y me extendió un fólder blanco—. Lo verás mañana por la tarde.


DANIEL
—Me enamoré como se enamora cualquier adolescente. Ella lo era todo, ¿recuerdas?
Di un sorbo a mi café, ocultando una mueca tras la taza. Claro que lo recordaba, por más que quisiera que no fuera así.
—Cuéntame, ¿qué ha sido de ti? —lo mejor para mi salud mental era cambiar el tema de conversación.
—Acabo de volver de España por las vacaciones, sólo estaré aquí unas semanas.
Se me escapó el segundo gesto de desagrado en dos minutos. Ésta vez, más notorio que el anterior.
—¿Qué pasa? —Daniel se había sonrojado, e inclinándose hacia mí preguntaba algo de lo que ambos sabíamos la respuesta.
—Nada —esbocé una sonrisa forzada—, es sólo que me da mucho gusto verte —una sonrisa más, ésta vez, sincera—. ¿Te acuerdas de la fiesta de Ana, cuando cumplió 15 años? —sin darme cuenta, estaba mordiendo fuertemente mi labio.
La frente de Daniel se puso rígida y me arrepentí de lo dicho en un segundo.


SEBASTIÁN
—¿Tiene alguna importancia hablar de esto ahora?
—¿Te incomoda?
—No, pero no entiendo.
—Es sólo curiosidad —estaba sentada en su cama abrazando mis piernas contra mi pecho— periodística —hice énfasis en esa palabra.
Sebastián dejó de empacar y se sentó cerca de mí, dándome la espalda.
—Era una buena amante. Recuerdo principalmente la primera y la última vez que estuve con ella
Sus manos se habían tensado sobre sus muslos. Le pedí que me contara más.
—La deseaba de mucho tiempo atrás. Había visto su espectáculo en dos ocasiones y estaba fascinado por la sutileza con la que se movía. La tela pegándose a su cuerpo, rozando sus piernas y su espalda; sujetando sus muñecas. Cada giro que hacía en el aire me agitaba la respiración. No la traje aquí después de la primera cita, como una parte de mí quería. Mi cabeza se alimentaba de las fantasías que me producía verla caminar tímidamente, enfundada en sus vestidos, y estudiar cada uno de sus movimientos. La cuarta vez que salimos la invité a venir después de cenar. Usé un pretexto malo en un intento de dejar la decisión a la suerte: si no aceptaba, me iría a la cama sin ella, pero con el placer de recordar la forma en que mojaba sus labios después de reír. En cambio, si decidía acompañarme, destruiría cada centímetro de su cuerpo.


IRINA
Fui a verla en tres ocasiones. La primera de ellas, me presenté como reportera y le realicé una entrevista superficial acerca de su trabajo; la segunda, me aparecí en su entrenamiento sin grabadora o intención de tomar notas, rompiendo el hielo profesional que la primera impresión había creado. Fue así cómo comenzó a hablarme de él.
Para la tercera ocasión, la plática se había vuelto tan fluida como si yo fuera una vieja amiga. Tenía planeado visitarla un par de veces más; entonces murió.


DANIEL
El mito mejor vendido del mundo es creer que si amas a alguien nunca vas a sentir nada por alguien más.
Aranza era mayor que yo por 3 años; más alta, más extrovertida y más guapa. Daniel y ella formaban una pareja atractiva, aunque no del todo cuerda. Ella era todo lo que él no quería ser, y justo lo que a mí más me atraía de su personalidad eran las cosas que ella no soportaba.
—Despierta —Aranza golpeaba un cuchillo contra su vaso de cerveza, haciendo ruido suficiente para traer a Daniel de vuelta a la realidad—, ¿estás aquí conmigo?
Él me miró y yo solté una risita, mezcla de nervios y auténtica diversión.
—Sí lo estoy, muñeca —tomó la mano de mi amiga y la llevó a sus labios.
—Cris, esa bebida no va a acabarse sola —Aranza era una fiestera empedernida, y sin importar que fueran las once del día y que yo no tuviera la edad legal para beber, había sugerido ir a un bar. Yo había aceptado, como siempre, a lo que ella quería.
Le di un sorbo. A través del vidrio vi cómo ella pasaba su mano por la mejilla de él para luego atraer su rostro hacia sí. Comenzó a besarlo, y yo, por toda respuesta, vacié mi vaso de golpe.


JACOBO
—Por supuesto que Irina me gustaba. ¿A quién no? Esas piernas, esos ojos, ese semblante de “no - rompería - ni - un - plato - así - mi - vida - dependiera - de - ello”. Hay algo muy atractivo en la inocencia, sobre todo cuando sabes que es inocencia falsa. Porque, vamos, esa mujer estaba loca. Todo lo relacionado con ella era extraño, siempre envuelto en un halo de misterio. La primera vez que la vi pensé que debía hablarle, así que lo hice. No logré gran cosa con ello; ni me contó de sí misma, ni hacía muchas preguntas, ni pude llevarla a la cama. Después de intentarlo un par de ocasiones más, simplemente perdí el interés.
Jacobo vestía un pantalón deportivo y una ajustada playera color negro, compartiendo con el mundo su bien formado cuerpo.
—Mírame —su voz se volvió arrogante—, ¿crees que un hombre como yo enloquecería por una mujer? —se acercó a mí y levantó mi barbilla—. Ni Irina ni nadie me ha importado de verdad.
Mi relación con él había sido breve, pero no pude evitar sentir cómo el pecho se me llenaba de coraje.


SEBASTIÁN
—Estaba allí, parada en una esquina de la habitación; usaba un vestido negro de satén que se ceñía a sus caderas y el cabello alborotado sobre la cara. Puse música y le ofrecí una copa de vino. La observé tomársela de golpe, sentado en el sillón frente a ella, y mi interior vibró de la emoción. No pude resistirme. Nos miramos por un par de segundos y acto seguido me levanté y rodeé su espalda baja, pegándola a mi cuerpo de tal manera que sentía cada movimiento causado por su respiración. La besé, la mordí; enredé mis dedos en su cabellera rubia. Luego la alcé y la puse contra la pared, y en el acto más instintivo que había tenido en un tiempo, aseguré sus manos detrás de sí misma para impedirle todo movimiento. Los nervios de Irina fueron reemplazados por una presión creciente que la orilló a jadear y a apretar cada vez con más fuerza mi cuerpo entre sus piernas. Deslicé una mano sobre ellas, firmes y tibias. Luego la lancé a la cama. Ella me observó mordiéndose la mano mientras me deslizaba hacia abajo, pasando las yemas de los dedos lentamente por cada centímetro de su piel.
Fuera quedó su ropa interior, y dentro, toda las ganas que le tenía.


ANA
—Yo tenía 17 años y poca experiencia con los hombres. Por supuesto, no había estado con ninguno. Jacobo, en cambio, parecía haber arrasado con toda la ciudad. Era de entenderse; es mayor que yo y guapo; guapo como ningún hombre debería tener derecho a ser a menos que prometiera no usarlo para enamorar adolescentes.
—¿Fue tu primera vez? —el alcohol había comenzado a correr por mi sistema, apagando mi timidez.
Ana rió. Era realmente atractiva, y a pesar de ser menor que yo, se veía más adulta.
—Sí que lo fue —tomamos otra ronda de shots de tequila. Agité mi cabello y le sonreí.
—Cuéntame —acerqué mi vaso vacío a ella—…, con muchos detalles.


CARLO
Carlo tenía el cabello largo y oscuro, contrastando con la palidez de su piel. A mis ojos era el mejor músico del planeta, pero no sólo eso: era también el objeto de todas mis fantasías.
Sentada frente a él todo tomaba un tinte irreal, como si pudiese pasar lo que fuera de un segundo a otro.
—¿Te gusta el vino? - me sonrió.
—Sí…, mucho —lo único que rondaba mi cabeza era la posibilidad de pasar más tiempo con él. Podría conocerlo, ver quién era en realidad detrás de esa imagen de rockero duro que dejaba en el escenario. Algo dentro de mí me decía que era todo lo contrario. Tenía que serlo, los músicos siempre lo son. Hay partes de un alma atormentada detrás de la decisión de dedicar la vida a la música. Lo creía firmemente.
—Te invito a una copa en cuanto esto quede listo —señaló mi grabadora—, si tú quieres.
Pasé mi mirada por sus ojos azules y sus labios delgados, siempre mezclados entre una mueca y una sonrisa seductora. Acto seguido, acepté.


SEBASTIÁN
—¿Cómo sé cuándo puedo quererte y cuándo no? —Sebastián me tomó por la cintura y acercó su rostro al mío.
—Ahora no —sabía que era difícil para él, pero aunque él no lo creyera así, también lo era para mí.
Me miró como se mira algo que no se puede tener y deslizó sus brazos lejos de mi cuerpo.
Sebastián me recordaba esa emoción que sentía cuando niña, en noche de Navidad. Ese sentimiento de no saber qué encontraría bajo el árbol a la mañana siguiente, más aún que el regalo mismo, me mantenía despierta toda la noche. Era la sorpresa, la incertidumbre.
Yo sabía desde el primer momento que enredarme con él era una mala idea. Y no solamente eso: era una idea terrible. Por más que las posibilidades rondaban mi cabeza, no veía la forma de que pudiera salir bien, y a pesar de ello había caído por completo por sus ojos verdes, siempre dulces, siempre mirándome a mí. Mis labios, luego mi cabello, luego mis manos. Después el ritual volvía a comenzar.
—¿Lo quieres? —había tristeza en su voz; ya se había cansado de ocultarla.
—No es eso —desvié el tema como lo había hecho en muchas ocasiones antes que ésa. Sebastián bajó la mirada y yo aproveché para acariciar su mejilla.
—Tú sabes que es más complicado que eso —me dedicó un último vistazo y yo retire rápidamente mi mano de su rostro.


CARLO
Lo tenía sentado frente a mí, tal como aparecía en esa fotografía que había permanecido pegada tras mi puerta por años. Su cabello negro caía en mechones sobre su cara hasta llegar a pecho, sin ningún orden. Sus ojos estaban enmarcados por un delineado suave.
—No me maquillo todos los días —sonrió coquetamente—, si es lo que estabas pensando.
"Carajo, es la cuarta vez que me cacha viéndolo". Pero, ¿cómo no hacerlo? En su piel se comenzaban a mostrar las primeras marcas de edad, pero para mí, eso sólo lo hacía más atractivo. Su mirada, su tez pálida, su camisa negra y sus brazos cubiertos de brazaletes de cuero. Conté sus tatuajes, que comenzaban en su antebrazo derecho y subían hasta perderse en su manga.
—¿Siempre supiste que querías dedicarte a la música? —por fin, después de minutos de pesado y nervioso silencio, había encontrado el coraje de hablar.
Carlo puso su mano sobre mi rodilla.
—Yo no me dedico a la música, guapa —hizo una pausa—, me dedico al metal.


ANA
Me gustaba más que nada la forma en que me miraba. Tenía ojos tristes, aunque viviera intentando cubrir cada rastro de tristeza que pudiera haber en él. Tal vez eso era lo que más me gustaba, siempre he tenido cierta fascinación con sentir que puedo salvar a alguien. Tal vez hubiera podido. Tal vez no.
—¿Lo querías?
—Muchísimo. Aunque yo sabía que no debía quererlo. Nadie podía enterarse que estaba con él. Mis papás me hubieran matado. Además, en este negocio vales más cuando estás sola.
Tomé un trago a mi octava bebida de la noche. La pena ya se había desvanecido, tanto en mí como en mi vieja amiga.
—Cuéntame, Annie – mi voz se había tornado picara.
Ana soltó una risita, pero poco le duró. En cuanto las memorias comenzaron a flotar en su mente, su semblante se volvió distante.
—Él y yo habíamos quedado de vernos en su departamento. Yo sabía qué iba a suceder y por supuesto, él lo sabía también. Llegué con un vestido negro y un aire de inocencia. Él abrió la puerta y me ofreció una cerveza. La acepté, aunque con los nervios que sentía no hubiera podido ni beber la mitad. Apenas había tomado un par de tragos cuando él se paró frente a mí y me dio un beso en la mejilla. Le sonreí y me sonrió de vuelta. Luego me dio otro beso casi imperceptible, apenas rozando mis labios.

—Eres tan joven, casi me siento mal por hacer esto —hablaba cerca de mi oído.
—No deberías sentirte así —deseaba que me enseñara todo lo que sus años le habían permitido aprender.
Hizo una mueca.
—Era broma – puso su cara a pocos centímetros de la mía—. Yo no tengo una conciencia que me haga sentir mal.


DANIEL
—Son sólo unos quince años, papá, estaré bien —le di un beso en la mejilla a mi padre y me bajé del coche.
Daniel había salido a recibirme.
—No se preocupe señor, yo se la cuido —alzó la mano a modo de despedida—. ¿Sigue preocupándose de más? —me volteó a ver y me sonrió.
Torcí la boca.
—Sí, parece que no entiende que ya tengo 17 años.
—¡Huy! —río—. Perdón, señora adulta.
—¡Sólo eres 3 años mayor que yo!
—Y aun así puedo cuidar de ti.
Por primera vez en la noche le presté atención. Llevaba un traje negro y se había acomodado el cabello. Se apenó por su último comentario.
—Vamos adentro. Aranza me pidió que no tardáramos.


ANA
—No importa cuánto tiempo pase, me sigo sintiendo inexperta —le sonreí.
—Yo también, pero eso en realidad no tiene mucha importancia. Para eso hay hombres como Jacobo —solté una carcajada y Ana me siguió.
—Mi primera vez fue horrible. Nada que ver con lo que tenía en mente. Me juzgué por mi mala decisión por meses, pero después de un tiempo entendí que ya nada se puede hacer y no puedo vivir castigándome por algo que sucedió hace mucho. Además, las malas decisiones se convierten en las mejores historias.
—¿Es una buena historia? —le guiñé un ojo.
Levantó los hombros, indiferente.
—Fue en su casa. Yo estaba un tanto ebria y él también. No fue romántico ni un segundo. En cuando llegamos allí se transformó en alguien no había visto nunca, pero que sospechaba que existía por las marcas que me quedaban cada que me besaba. Me lanzó al sofá y antes de que me diera cuenta ya me había quitado las bragas. ¡Todo pasó tan rápido! Ni siquiera puedo hilar una narración clara de lo sucedido. No estaba nerviosa, ni emocionada, ni temerosa, ni feliz. No me sentía de ninguna forma, era casi como si no estuviera ahí. Lo único que me mantenía en el presente era la constante presión que ejercía su cuerpo sobre el mío, y de vez en vez, una caricia sobre mi piel.


SEBASTIÁN
Lo seguí con la mirada como si estuviera fuera de mi poder evitarlo. Tenía ojos bonitos, característica presa de mi interés habitual, pero por primera vez, ellos no eran lo que más me gustaba de su físico. Lo que llamaba la atención de Sebastián era su sonrisa, que abarcaba una buena parte de su rostro y se veía tan autentica que se contagiaba.
—Hola —estaba nerviosa de abordarlo sin previo aviso, pero inmediatamente él me reconfortó.
—Hola —su acento me sonaba familiar—. Le pregunté de qué ciudad era y resultó que habíamos crecido con apenas unas cuadras de distancia. Curioso haber pasado casi todas nuestras vidas tan cerca y habernos conocido en un lugar extraño para los dos.
Ése no era un buen momento para quedarme callada, pero las palabras habían huido de mi boca. Él me miraba esperando que dijera algo más, sin perder la paciencia.
—Sé que no nos conocemos, pero yo sé quién eres y me harías un gran favor si pudieras responderme algunas preguntas.
—¿Viniste aquí especialmente para hablar conmigo? —señaló la recepción del hotel que nos rodeaba.
—Sí —titubeé—, bueno, no. Ya estaba en la ciudad, pero hoy vine aquí a verte a ti.
Me observó de arriba a abajo y yo aproveché para hacer lo mismo. Llevaba unos pantalones sueltos y una camisa desfajada.
—Vale —fue más fácil de lo que esperaba—. Iba camino a buscarme un café, te invito uno si es que estás tan loca como yo para beberlo con este calor.
Me sonrió y me olvidé de momento de la razón que me había llevado a buscarlo.


JACOBO
—¡Ella te adoraba!
—¿Y? Me la tiraba ocasionalmente —lo miré de reojo—. No me veas así, Cristina. Actúas como si las mujeres nunca lo hicieran.
"Las mujeres no lo hacemos. ¿O sí?", mi mente revoloteaba.
Jacobo me tomó de los hombros y me empujó contra los casilleros de su vestidor.
—¿Quieres que te cuente todo lo que hice con ella?
Me quedé callada.
—¿O te pones celosa?
Quité sus manos de mi cuerpo.
—Dime.


Carlo
—Preferiría que no me llamaras así...
Mis propios pensamientos interrumpieron mi frase: "¡Demonios! Acabo de darle un "no" a Carlo, a éste Carlo... ¡Dios!
Su rostro se enserió y retiró su mano de mi pierna.
—No aceptaste venir aquí para acostarte conmigo, ¿verdad?
Mis palabras huyeron despavoridas a un lugar donde no puede alcanzarlas. Meneé la cabeza.
—Ya veo —pasó su mano por su barbilla—; entonces, ¿por qué estás aquí?
—Sentí que él pisaba mi pecho, pero reuní el coraje para responder.
—Yo..., quería comprobar si en realidad eres el hombre sin sentimientos que todo el mundo dice que eres.


ANA
El día que lo conocí yo sabía que iba a gustarme; mis amigas me lo habían dicho: “Hay un hombre en el espectáculo que tienes que ver... es taaan tu tipo…” Sabía que tenían razón, aunque casi cualquier hombre lo es.
Ana era alta, tenía la piel bronceada y los ojos verdes de un color tan especial que no lograba compararlo con nada. Yo la vi crecer, cuando Aranza aún era mi mejor amiga y ella era solamente la hermana menor. Aranza era guapa, sí, pero Ana la superaba por montones. Yo estaba en medio de ambas. Mi amiga era mayor y Ana era apenas una niña. Yo estaba en mi adolescencia y aunque hubiera tratado, no era como ellas.
Cabello negro, piel más pálida de lo considerado sano; delgada, tímida, callada. Las hermanas tenían un talento muy particular para atraer hombres hacia ellas y yo, por el contrario, era simplemente la amiga de “las más guapas de la escuela”.


DANIEL
El resto de la fiesta me mantuve cerca de él, pero aun así, mucho más lejos de lo que deseaba en realidad. Aranza y Daniel bailaban. Yo los observaba y me imaginaba estar en el lugar de mi amiga, luego, me inundaba un incontrolable sentimiento de culpa. Y así por varias horas hasta que los cocteles comenzaron a tener en mí un efecto relajante.
A la 1:00 a. m. todo se había vuelto borroso, pero no me interesaba. Entre las luces neón conocí a un hombre que me arrastró a la pista. Me pegaba a su cuerpo y yo reía sin controlarme. De repente, sentí la mano de Daniel apretando mi brazo.
—¿Qué haces? —leí sus labios
—No te escucho —contesté divertida—, la música está muy fuerte.
—Ven aquí.
Mi nuevo "amigo" adoptó una posición amenazante y presionó mi cintura.
—Suéltala —Daniel se molestó por ese último gesto.
—Y si no... ¿Qué?
—¡Hey! —traté de volver en mí sin mucho éxito—. Sin peleas en la fiesta de Annie —me safé de ambos y el susodicho me dedicó una mirada desaprobatoria y se alejó. Daniel estaba parado a pocos centímetros de mí.
—¿Qué crees que estás haciendo? —me habló al oído para que pudiera escucharlo
—Bailando. ¿A poco te pusiste celoso? —lo miré retadora
—Cristina, estás borracha —Daniel estaba realmente enojado—. ¡Y ese tipo que te estaba toqueteando te lleva más de 10 años!
—¿¡Y!? ¿A ti qué te importa? —exploté
Daniel volvió a tomar mi antebrazo y me acercó a él.
—Vamos afuera a que tomes aire —era una orden.


ANA
 Amanecí adolorida y con dos mordidas bien marcadas en la espalda.
—Buenos días, guapa —su voz era aún más seductora en las mañanas.
—Hola —no me apetecía ser cariñosa con él. Me enderecé y revisé las marcas del delito. Jacobo se acercó a mí y me plantó un beso en los labios.
—¿Qué tal te la pasaste anoche?
En mi mente se revolvió el arrepentimiento, el disgusto y una profunda incomodidad.
—Así no es como planeaba que fueran las cosas.
Jacobo me miró de reojo mientras se arreglaba para salir.
—Pero así fueron.
Volví a recostarme. Me inundaba esa sensación de que mi "yo" más joven me estaba mirando con desaprobación desde el otro lado de la habitación.


SEBASTIÁN
—Ya te dije todo lo que sabía. Creo que es justo que ahora seas tú quien me resuelva un par de dudas.
Él tomaba su café a sorbos y yo una limonada. Habíamos caminado por apenas cinco minutos cuando nos encontramos una pequeña cafetería cuyas mesas estaban en el exterior sobre la calle empedrada.
—Es lo justo —asentí con la cabeza
—¿Por qué tanto interés en el tema?
—Ya te lo dije, ella era mi amiga y quiero conocerla más a fondo.
Sebastián me pidió que no le mintiera así que lo dejé salir:
—Quiero saber si ella en verdad pudo haber sido capaz de quitarse la vida.


JACOBO
Lo que más odiaba de él era lo mucho que me gustaba. Ni siquiera tenía que tocarme para enchinarme cada vello en la piel; algunas veces bastaba con que hablara, otras, con que me mirara. Me ponía nerviosa y me hacia sentí como una niña, siempre a su merced.
—Últimamente te has puesto muy difícil conmigo —pasó la yema de su índice por mi oreja—. Necesitas que te quite esa actitud.
Recordé nuestra primera cita.
Lo esperé afuera del circo mientras mi mente iba y venía entre los detalles imaginarios de la noche que me esperaba y cada centímetro de mi cuerpo. Quería lucir lo más bonita posible para él pero tenía la sensación de que no era competencia para las mujeres con las que él trabajaba. Traté de ignorar esa sensación y los celos que me inundaban. Todo debía ser perfecto, sino, mi mente no dejaría de castigarme.


CARLO
Las personas que parecen ser más frías suelen ser las más atormentadas.
Carlo tenía sentimientos, claro que así era. Esas canciones maravillosas no se componían gracias a un pecho de piedra. Y su mirada, siempre distante, reflejaba más de él de lo que le gustaba que se notara.
—¿Lo leíste en una revista? —se había puesto serio.
—En varias —me puse tensa en la silla.
—¿Y crees que ellos me conocen?
Carlo había comenzando a sonar perturbado en vez de molesto, como yo esperaba.
—No —me tomé unos segundos para encontrar dentro de mí la fuerzas necesarias para hacer mi siente movimiento. Su mano descansaba sobre la mesa que nos separaba. Me estiré hacia ella y la rocé con mis dedos—. Por eso estoy aquí.
El cosquilleo comenzó a invadirme, comenzando por mis piernas hasta llegar a mi cuello. Cerré los ojos un segundo, luego continué.
—Toda mi vida he sentido que te conozco. Y esa persona con la que he soñado miles de veces no es quien la gente dice que es.


DANIEL
Lo seguí porque una parte de mí me decía que si no lo hacía me arrepentiría mucho a la mañana siguiente. La otra me decía que si iba con él me arrepentiría aún más. La ignoré.
El jardín estaba iluminado por contadas luces.
—¿Me veo bonita? —mi lado inseguro salió a relucir.
Daniel tomó aire.
—Siempre, Cristina —estaba serio.
Me zafé los tacones y puse mis pies desnudos en el pasto. Estaba frío. Él comenzó a hablar.
—Le dije a tu papá que iba a cuidarte, ¿qué cuentas le voy a dar cuando vea que regresas borracha? Eres muy chica, Cristina, ni siquiera tienes edad para beber...
—Shhh. Escucha esa canción.
A lo lejos sonaba una tonada de Arctic Monkeys. Comencé a girar lentamente.
—Cristina,   estoy hablando en serio —Daniel se paró frente a mí y me detuvo.
Lo miré fijamente por unos segundos y luego respondí lentamente haciendo mucho énfasis en cada palabra:
—Yo también.
—Cris... —puse un dedo sobre sus labios para impedirle que siguiera hablando.
—Aquí nadie nos está viendo.
Miró al cielo. Hice lo mismo. En mi cabeza lo que acaba de decir comenzaba a hacer sentido y me estaba llevando al borde del pánico. Sentí su mano deslizarse por mi nuca y segundos después, una mordida en mi labio inferior.


ANA
—Seguí saliendo con Jacobo pero la relación se deterioraba a pasos agigantados. Él había perdido gran parte de su interés y yo le había perdido casi por completo el aprecio. Se supone que el sexo te une a la gente, pero aprendí que si no es a la gente correcta, lo único que hace es marcar aun más las diferencias.


SEBASTIÁN
—¿Cuál era tu verdadera relación con Irina, Cris? —llamó al mesero para pedirle la cuenta—. ¿Puedo decirte Cris?
"Puedes decirme como quieras", pensé. Por primera vez caí en consciencia de lo terrible que sonaba lo que iba a decir. Me defendí antes de que él comenzara a juzgarme:
—Sé que esto parece patético, pero juro que hay una buena razón de que te haya buscado.
—Hey —Sebastián se inclinó en la mesa—, estoy seguro de que es así.
Pasé saliva.
—Mi..., novio..., conocía a Irina muy bien. Tuvieron una relación un tanto turbia —hablaba mirando al suelo y lo miraba de reojo con la esperanza de que me interrumpiera para no seguir hablando de eso. Pero no, él estaba atento—…, yo sabía que ella había sido importante para él, sólo quería conocerla, por eso la visité la primera vez, era simple curiosidad. "O celos", dijo mi "yo" interna.
Me distraje cuando llegó la cuenta y la tomé de la mesa antes de que Sebastián pudiera hacerlo.
—Yo invito, es lo menos que puedo hacer después de que aceptaste venir conmigo.
Se me quedó mirando.
—Está bien, pero con dos condiciones —hizo una pausa—: que me termines de contar esto y que me aceptes una invitación a cenar.
Jacobo tenía función esa noche y yo estaba libre. Aún así, dudé. "Una cena no tiene que significar nada. Además, mentiste. Jacobo no es tu novio. ¡Y él es tan guapo! ¡Voltéalo a ver!", mi mente estaba dividida entre las opciones "pero no deberías involucrarte demasiado, necesitas la cabeza fría para salir de esto”.


JACOBO
Mientras me besaba, llegaba a mí la imagen de Irina. Trataba de ignorarlo, pero el hecho de saber que un hombre como Jacobo se había enamorado de ella me hacía tenerla danzando en mi mente a todas horas. Quería conocerla, saber qué tenía ella que había sido capaz de aferrarlo de tal forma a su ser.
Jacobo nunca me lo había dicho, pero yo sabía, por cómo hablaba de ella, que la había querido mucho y que yo estaba permanentemente bajo su sombra. Me carcomían los celos y la curiosidad.
Un jueves lluvioso me armé de valor y la llamé por teléfono bajo el pretexto de una entrevista para la revista. Así nos conocimos.


CARLO
Carlo se puso de pie. Todo él era el hombre de mis mejores fantasías. Mi respiración se entrecortó mientras observaba, como si estuviese atrapada dentro de una película, cómo él se acomodaba las mangas y se acercaba a mí.
A veinte centímetros de distancia de mi silla se arrodilló.
Yo flotaba.
Carlo deslizó sus manos por mis piernas, provocándome un escalofrío que se extendió por cada parte de mi cuerpo. Exhalé.
Estaba ahí, tan cerca. Y entre todas las cosas que podía estar viendo en el mundo, me miraba justamente a mí.
Abrió la boca pero ningún sonido salió de sus labios. Mi respiración se había detenido por completo. Acto seguido, el músico puso su cabeza en mi regazo y esperó a mi siguiente movimiento.


DANIEL
Sólo fueron un par de minutos pero le dieron sentido a mi noche entera. Llegué a casa con la sensación de que había roto algo y un punzante dolor de cabeza. Me fui a dormir con la imagen de Daniel besándome, arañando mi cabeza.


ANA
—¿Cómo está Daniel?
Ana quería dejar de hablar de Jacobo porque le provocaba incomodidad, pero su pregunta no hizo más que desviar esa sensación hacia mí.
—Me imagino que bien —me hice la desentendida
—Sabes que no tienes que mentirme, Cris. Yo siempre lo supe. Y está bien, ¡no te sientas culpable! Tanto él como tú respetaron a mi hermana y, bueno —me tomó la mano—, ya pasó mucho tiempo.
Me solté.
—Él está bien, sigue en España —aunque intenté ocultarlo, mi tono de voz delataba que me dolía que estuviera lejos.
—¿Así que jamás se declararon lo que sentían? —Ana lucía decepcionada.
—Sí... Pero cuando alguien no es para ti más vale resignarse.


SEBASTIÁN
—Por un momento pensé que no vendrías.
—Por un momento yo también pensé que no vendría —sonreí nerviosa y me acomodé el vestido.
Sebastián me abrió la silla y luego volvió a su lugar.
—Pedí una botella de vino, pensé que te hace mucha falta relajarte. Pero si te parece mala idea, la cancelo ahorita mismo —él parecía más preocupado por mí que yo misma.
—¿Por qué me invitaste a cenar? —traté de no sonar grosera
—Porque me gustaste.
Su franqueza me dejó callada.
—Llevo aquí mes y medio y sólo me han gustado dos mujeres.
—Y la otra está muerta —un tono lúgubre llenó mi voz sin que lo notara.
Sentí que había arruinado la velada que acababa de comenzar.


JACOBO
—No la odiaba, Cristina —Jacobo exhaló ruidosamente—. Al contrario —poco faltó para que yo pudiera escuchar el sonido de su orgullo rompiéndose en pedazos—, no hubo centímetro en su cuerpo o parte de su mente que yo no adorara.


CARLO
Comencé a acariciar su cabello, primero tímidamente; después, enredando cada uno de mis dedos en él. Pasaron un par de minutos.
—Me siento solo, aun rodeado de gente.
—Mírame —lo dije suavemente, más como una súplica que como una orden.
Carlo levantó la cabeza y sus ojos se posaron en los míos.
—No tienes que estarlo —la mano me temblaba, pero encontré la fuerza de hacerla avanzar hacia su rostro y acariciarlo.
Sentí cómo se acercaba a mí pero mi mente ya estaba perdida. Sus labios acariciaron los míos con suavidad por unos segundos. Comencé a sentir la humedad de su boca y las cosquillas en mi estomago.
Me besó.
Y yo sentí que me encontraba dentro de uno de mis libros y no en la vida real.


DANIEL
Lo volví a ver a los 19 años. Nunca hablamos de lo que había pasado en la fiesta de Ana, él siguió su relación con Aranza y yo simplemente me fui alejando de manera discreta, casi imperceptible. Le escribí una vez, dos días después de que me besó. No recibí respuesta.
Nos encontramos en un bar. Él era músico aficionado y yo una fanática empedernida. Fui con una amiga y él era el guitarrista de la banda de la noche. Cuando lo vi, me congelé, pero a la vez me sentí sumamente feliz. Él no me vio hasta que acabó la tocada, en la cual yo permanecí en la completa penumbra.
Me había arreglado esa noche. Me sentía bonita. Mordí mis labios pintados de rojo y me acerque él, cerveza en mano.
—Hola, Dani.


SEBASTIÁN
—No puedo decir que la primera cita se dio en circunstancias ideales, y en realidad, en las siguientes la situación tampoco cambió mucho.
Sebastián era paciente y por lo general, me permitía hablarle de todo y él hacía lo mismo conmigo. Lo único que le molestaba es que yo mencionara el nombre de Jacobo.
—Vamos, siempre hablamos de Irina, ¡y si yo lo menciono a él te enojas!
—¡Sí! Pero hablamos de Irina porque tú la sacas al tema. Además, sólo salí con ella por tres semanas, Cristina, no puedes comparar.
—Jacobo y yo sólo llevamos saliendo un par de meses —Sebastián puso los ojos en blanco—, y tú sabes que no siento nada por él.
Se acercó a mí y me miró compasivo.
—Entonces déjalo.
Meneé la cabeza.
—¿Y ella? ¿No sientes que merece justicia?
—Cristina, en realidad no sabemos si él la mató.


JACOBO
Lo esperaba en su departamento. Jacobo llegó a verme tembloroso y con los ojos perdidos. Trataba de mantenerse en sí, pero había algo mal que no podía ocultarme.
—¿Qué te pasa? —verlo así me confundía.
—Nada —desvió mis manos cuando se aproximaban a tocarlo—, tuve un mal ensayo.
Se quitó la camisa y yo me senté en la orilla de su cama. Volteó hacia donde estaba pero en realidad no me estaba mirando.
—Quítate el vestido —ordenó.
Me quedé quieta.
—Quítatelo —se arrojó a mis piernas y comenzó a besarme. Presionaba mis muslos con particular agresividad mientras me mordía el cuello.
Él estaba muy alterado, pero estando allí sus caricias resultaban difíciles de rechazar. Yo permanecía estática, tratando de decidir mi siguiente movimiento.
—¡Cristina! —nunca antes me había gritado—. Eres mía y harás lo que yo digo.
Me empujó con fuerza y al azotarme contra el colchón mi mente se perdió en las fantasías que él me inspiraba.


CARLO
Me dejé llevar. Dejó de importarme el día, mi trabajo, mis prejuicios y todo, absolutamente todo lo que me importa normalmente. Todo era la sensación de sus pulgares contra mis medias.
Carlo enredó sus manos en mi cabello y forzó mi cabeza hacia atrás. Comenzó a deslizarse suavemente hacia mi cuello, besándome, mordiéndome. Le pedí en un susurro que me cargara. Así lo hizo. Apreté mis piernas contra su cadera y cerré los ojos, concentrándome en su olor: una mezcla perfecta entre loción, sudor y cigarro.
Pocas veces me había sentido tan atada al presente, sin pensar en nada más que él, yo y ese momento. Nada más existía. Carlo se aferraba a mí con fuerzas y me besaba. Yo le pedía que no parara. Me llevó a la cama y me recostó sobre ella con inesperada delicadeza.
—¿Qué quieres, Cris?
Estaba parado frente a la cama. Me enderecé. Lentamente desabroché unos cuantos botones de la parte inferior de su camisa y deslicé mis dedos sobre su piel. Hervía. Lo miré, y por toda respuesta a su pregunta, llevé mis labios al tatuaje de su cadera.


DANIEL
—Cristina.
Su voz resonó en mi cabeza como si fuera magia. Le sonreí y le pregunté qué había sido de su vida, aunque sabía la mayoría de las cosas que me iba a decir.
—Bien, todo ha estado bien —se notaba incómodo—. ¿Qué tal tú?
—Excelente —acomodé mi cabello—; ¿cómo está Aranza?
—Bien, supongo. Terminamos hace casi un año, ¿no lo sabías? Claro que sí.
—Oh, lo siento mucho. Hace mucho que no la veo —sabía que si no tomaba el control Daniel tampoco lo haría—. ¿Por qué no vienes a mi mesa a tomarte una cerveza y ponernos al día?
Cuando él aceptó, tomé conciencia de que no podía dejar ir esa oportunidad.


SEBASTIÁN
—¡Oye! Odio que no me hagas caso —reí.
—Ve esas olas, peque —se alejó por un segundo de la lente de la cámara, pero volvió a ser atraído por ella—. Unas cuantas fotos más y nos vamos.
Me acerqué a él y lo abracé por la espalda. "Qué bonita es la vida de vez en vez", pensé. Volteó hacia mí y me retiró el cabello de la cara.
—Nunca me había sentido tan conectado con una mujer hasta ahora —acariciaba mi cuello.
—Y vaya que has conocido a cientos —hice una mueca.
—¿Y? Lo que importa es este momento. Y ahora, eres todo lo quiero.
Me paré en las puntas de mis pies para alcanzarlo y lo besé.


JACOBO
—Está muerta.
Después de contestar la llamada su voz no reflejaba ninguna emoción. Eran las 7:00 de la mañana siguiente en que había llegado a casa completamente fuera de sí. Las piezas comenzaron a encajar dentro de mi cabeza.
—¿Quién? —sospechaba la respuesta.
Los ojos de Jacobo se llenaron de lágrimas mientras sostenía el teléfono en la mano. Los cerró y yo me acerqué a él, sin atreverme a tocarlo.
—¿Irina? —dije suavemente, casi para que él no escuchara.
Jacobo golpeó la pared con el puño y la sangre y rabia comenzaron a mezclarse en su cuerpo.


CARLO
Carlo se deshizo de su camisa y luego se acercó a mí. Uno a uno cedieron los botones de la mía. Cayeron mis zapatos. Y mis medias. Su pecho pegado al mío es un recuerdo que aún ahora me eriza la piel.
Sus manos jugaron en mis piernas mientras mi boca jugaba en sus orejas. Los estoperoles de su cinturón hicieron un ruido estrepitoso al caer. Solté una risa discreta y él me sonrió de vuelta.
—Tienes algo, Cristina. Algo especial —besó la piel junto a mis labios. Acaricié su espalda mientras lo presionaba más contra mí.
—Quiero recordar por siempre esta noche.
El famoso músico, quien cantaba frente a multitudes inmensas, se había apenado con un comentario. Se mordió el labio y me dedicó una de esas miradas que hacen sentir cosquillas.
Acto seguido, pegó su nariz a la mía y con los ojos cerrados, me respondió lentamente. Mi respiración se había entrecortado y todo mi cuerpo era un mar de sensaciones.
—Ambos la recordaremos —y empujó su cadera contra la mía.


DANIEL
El viernes siguiente nos encontramos en un bar. Pedí un mojito y él una cerveza clara. Bailamos hasta que todo empezó a girar a nuestro alrededor. Y sucedió de nuevo:
Su mano se deslizó suavemente alrededor de mi cintura y se pegó tanto a mí que podía sentir el movimiento de su respiración. Su nariz rodaba por mi oreja y me provocaba escalofríos. Lo miraba, lo olía, lo sentía, y toda la gente a nuestro alrededor se iba desvaneciendo poco a poco. Me dio una mordida en mi lóbulo y me aferré con fuerza a su cadera. Sentí cómo se deslizaba poco a poco hacia mi boca, pero no se posó en ella. Espere a que él me besara, pero no lo hizo. Paseaba sus labios cerca de los míos y acariciaba mi cintura como si el tiempo no importara. Tuve que contener mi respiración y en ese momento, me sacó de mi nube y me besó agresivamente.
—Vámonos de aquí —le susurré al oído.
Se alejó de mí.
—¿Para qué, Cris?
Dentro de mi cabeza no cabía la posibilidad de que alguien en el mundo hiciera esa pregunta seriamente.
—No —quitó mis manos de su cuerpo y las llevó a su boca.
Le dio un beso a cada una y luego, para mi desgracia, las dejó ir.
—No podemos.


SEBASTIÁN
Sebastián era un viajero. Estaba en México de paso y de paso estaría también por mil lugares más. Lo conocí cuando no planeaba conocer a nadie y me enamoré de él.
—Esto no nos lleva a ningún lado.
—¿Por qué dices eso? —enredó sus dedos en mi cabello. Estábamos bajo las sábanas, donde nada importaba.
—Tú te vas a ir —tragué saliva—, y no es un reclamo, yo sabía que pasaría.
—Pero en este momento, somos felices. Eso es lo que importa, Cristina.
Lo miré por un momento. Tal vez tenía razón.


JACOBO
La noticia de la muerte de la gimnasta se esparció en los medios locales: envenenamiento intencional era la versión publicada.
Recordaba sus ojos mientras platicaba con ella y lo que se decía tenía algo de lógica para mí, pero no podía olvidar la forma en que Jacobo se había comportado en la noche que ella había fallecido. Me alejé de él, presa de las dudas.
Yo sabía que la había visto ese día, siempre lo hacía. Después de todo, compartían el mismo escenario. Y también sabía que había algo entre ellos, enfermizo y poderoso.


CARLO
Carlo y yo no nos volvimos a ver.
Esa noche dormí recargada en su pecho como lo había soñado en muchas ocasiones. Él besó mis mejillas, mis manos y acarició mi cabello hasta que me quedé dormida. Somnolienta, pensaba en todo lo que había pasado como si estuviera envuelta en bruma, como si yo no hubiera sido más que una espectadora de mi propia vida. De vez en vez, miraba hacia arriba y lo encontraba mirándome. Le sonreía y él lo hacía de vuelta. Cuidó por una noche entera de mí, e incluso, tuve la oportunidad de apreciarlo en todo su esplendor.
Al día siguiente él voló al próximo país de su gira. No me sentí triste, sino conmovida. Carlo seguiría con su vida y yo con la mía, pero se había convertido en un recuerdo que me haría sonreír cada vez que pensara en él.
—Mucho éxito— acaricié su mejilla—; sigue haciendo música maravillosa para que te recuerde cada que la escuche.
—Lo haré —besó mi frente—; te llamaré de vez en vez para escuchar tu voz..., y tú, ¿me llamaras?
—Aunque estés al otro lado del mundo, sí.


DANIEL
Entendía por qué no podía tenerlo, pero me negaba a aceptarlo. Desde que lo había conocido había nacido una inexplicable atracción hacia él, que con el paso de los años, se fue convirtiendo en muy sincero cariño.

"Hola, Cris."

Su mensaje de texto me llegó un viernes por la tarde.

“Me gustaría verte."

Respondí con un "ok" seco e inexpresivo, pero por dentro, hasta el último de mis nervios vibraban de emoción.

"¿Te parece a las 8? Puedo pasar por ti, si tú quieres."

Traté de reprimir mis emociones descontroladas.

"¿Para qué quieres verme, Dani?"

"Para decirte de frente algo que he guardado por años. Sólo de esta forma no me sentiré tan cobarde."

7:30 me paré frente al espejo, me probé hasta el último de mis vestidos y terminé enfundada en el mismo negro de siempre. Delineé mis ojos, me metí en mis botas y le pedí a cualquier ser superior dispuesto a brindarme un poco de ayuda que esa noche fuera perfecta.


SEBASTIÁN
—Baila conmigo.
La música apenas y me dejaba escucharlo.
—Tú sabes que no sé bailar —me estremecí.
—Estás en la playa, aquí sabes hacerlo todo —me tomó del brazo y me llevó a la pista.
Bailamos hasta que perdí la noción de la realidad.


JACOBO
—Yo la amaba. La amé cada segundo de su vida desde que la conocí —Jacobo se hallaba sentado en un sillón con las manos entre las piernas y la cabeza vuelta hacia el cielo—. Y nunca tuve el coraje de demostrárselo.
Hizo una pausa para limpiar las lágrimas que comenzaban a brotar de sus ojos.
—Yo pude haber impedido esto..., pero soy un cobarde. Se me amontonaron las emociones en el pecho. Discutí esa noche con ella. Me buscó después de ensayar y comenzó a reclamarme que la hubiera dejado —se hizo un nudo en su voz—. Le dije que me dejara en paz, que no era nadie para mí —volteó a verme. Sus ojos se cruzaron con los míos y entendí que lo que decía era verdad—. Nunca le habría hecho daño —sus sollozos inundaron el ambiente—. Irina ha sido lo que más he querido en la vida.
Coloqué mi mano en su espalda, segura por primera vez desde que lo había conocido de que no me mentía.
—No la maté —apretó sus puños—, pero tuve la culpa de que ella lo hiciera.


DANIEL
No sabía si estaba nerviosa por verlo o por el miedo que me causaba que lo que me quisiera decir no fuera lo que esperaba.
Lo vi atravesar el parque usando los mismos botines de siempre y la camisa de cuadros que recordaba bien. Mi aliento se congeló y no volvió a su estado normal hasta que estuvo muy cerca de mí.
—Cris —sonrió a medias, como acostumbraba.
Me le quedé mirando expectante y él me abrazó, disipando mis temores.
—Siempre te he querido, Daniel. No pude evitarlo..., aunque lo intenté miles de veces —las palabras salieron expulsadas de mi boca.
Él se llevó las manos a la cabeza y dejó escapar un suspiro.
—Ay, Cris —volvió a quedarse callado un momento—, esperé este momento por años. He pensando en cómo decírtelo por..., no sé..., tantas veces. Eres muy distinta a las mujeres que conozco, y tan especial para mí. Cómo quisiera que todo fuera diferente.
Le dije que en ese momento podía serlo, pero los nervios me inundaron cuando comenzó a menear la cabeza.
—Tú sabes que no es así. No eres capaz de hacerle algo como esto a Aranza..., ni a nadie. Es lo que más me gusta de ti —dijo esa última frase como si cada palabra le ardiera en la lengua.
En ese momento me di cuenta de que lo que decía era verdad. Por respeto a ella, lo dejaría ir a él.
Me di la media vuelta y comencé caminar sintiendo cómo las lágrimas se arremolinaban en mi pecho. Escuchaba que él llamaba mi nombre pero se sentía como si estuviera envuelta en bruma y no pudiera interactuar con nada de lo que estaba a mi alrededor. Sentí su mano posada en mi brazo pero mi cuerpo no reaccionaba.
—Cris, por favor, no te vayas así.
Traté de responder pero nada en mí quiso cooperar.
—Cris..., por favor —su voz se había entrecortado. Posó su mano suavemente en mi mejilla y giró mi rostro para que lo viera—. Te amo.
Comencé a llorar como una niña pequeña, y la pena, culpa y rabia se mezclaron dentro de mi cabeza creando un remolino incontrolable.
—¡Cris! No te pongas así —me miraba angustiado—. Ven aquí, tranquila..., tranquila, por favor —su voz se fue apagando a la vez que me pegaba contra su pecho agitado. Acarició mi cabello por varios minutos hasta que mis sollozos cesaron.
—Tú tampoco eres capaz de hacerle esto —fue lo único que atiné a decir—. Sé que ella aún te quiere, Ana me lo dijo. Y tú no vas a herirla.
Daniel dudó por unos minutos.
—No, Cris, no puedo hacerlo.


IRINA
—Enamorarme es lo más emocionante que me ha pasado en la vida. La mayoría de las personas se lo toman demasiado en serio pero, ¿por qué debería de ser así? Lo más probable es que no suceda una sola vez. Ni que sea perfecto. Lo que recuerdas a fin de cuentas es que haya sido real. Y tal vez sea eterno, pero tal vez no. Tal vez durara unos meses, o unos años..., eso no importa. Mientras haya sido sincero, unos minutos serán suficientes para sentirte afortunado.
—Escúchame, Cris —Irina sonreía—. Enamórate como una loca y que no te importe nada.


CARLO
Ya pasaron ocho meses. Hemos hablado en un par de ocasiones. Él tiene por delante una veintena de conciertos por Europa y yo por fin ordené un poco mi caos.
La última vez que platicamos me pidió que estuviera atenta a la radio porque tenía una sorpresa para mí. Recién supe de qué hablaba: es una canción maravillosa. Y lleva por título mi nombre.


Daniel
Esa noche fue una de las más largas de mi vida. Daniel me llamó por varios días, pero sentía que no tenía la fuerza para escuchar su voz y mantenerme cuerda. Fue hasta dos meses después, cuando él se había cansado de buscarme sin obtener respuesta y cuando yo había reunido el coraje de hacerlo, que lo fui a buscar a casa de sus papás. Me paré frente a la puerta, me eché el cabello tras la oreja y toqué el timbre. Para mi buena —o mala— suerte él abrió.
—Hola —no ocultó su sorpresa—. No me dijiste que vendrías.
—Lo sé. Tal vez si hubiera hablado contigo antes no hubiera reunido el valor para venir.
—Me da gusto verte —se mantenía alejado de mí—. ¿Quieres pasar?
En mi mente las posibilidades comenzaron a despegar. En algunas, él me besaba mientras yo yacía recostada en su cama, viendo al techo y pensando en lo maravilloso de ser joven. En otras, él me decía que no importaba nada, que seríamos felices juntos y besaba mi frente. Luego llegó a mí un golpe de realidad.
—No creo que sea lo más adecuado, Dani —la mitad de mi ser no quería pronunciar esa frase—. Sólo vine a dejar las cosas en paz.
Me ardió como una quemadura y por la expresión en su rostro, a él también. Forcé una sonrisa.
—Las banditas que se arrancan rápido duelen menos. Me sonrió.
—Eres un gran hombre, Dani, y siempre voy a estar en tu vida de una u otra forma. Voy a apoyarte cuando lo necesites y estar presente aun cuando creas que no necesitas a nadie —pasé mis dedos por sus labios y barbilla—. Si tú quieres, claro.
Daniel tomó mi mano y le dio un beso lento.
—Claro que quiero. Y yo cuidaré de ti, de tu magia.
Me dedicó una mirada que con sólo posarse sobre mí me estremeció más que el tacto de todos los hombres que conocí en el par de años siguientes. Se acercó a mi rostro y llevó mis labios a los suyos por un par de segundos.
—Siempre, Cristina.


JACOBO
—Perdónate, no seas tan duro contigo mismo.
Le di un abrazo y besé su mejilla, recordando todas las cosas bonitas que viví con él en los meses que estuvimos juntos. Acepté que en realidad nunca fue mío, ni yo suya, pero que compartimos el mismo camino. Y a veces eso es más que suficiente para guardar a alguien en tus memorias.
—Lo haré, Cris... gracias —Jacobo deslizó sus manos dentro de su bolsillo—. Me dejaron conservar esto.
Entre sus dedos jugueteaba el collar que Irina usaba en todo momento. Sonrió y dio la media vuelta, perdiéndose entre la gente.


ANA
—No te juzgues tan duro. Hay en el mundo millones de personas que pueden hacerlo, no es necesario que lo hagas también tú. Ve a casa, escucha la música que te gusta, piensa en las cosas buenas que te han pasado y cuando estés tranquila, y solamente entonces, piensa en las malas también. Entonces, quédate en paz con ellas y prométete que dejarás de pelar con tus decisiones pasadas. Buenas, o malas, todas son parte de ti —la voz de Ana se había vuelto suave, casi conciliadora.
Me acerqué a ella y di un beso rápido es su mejilla. Mi taxi me esperaba.
—Fue un placer verte Annie, de verdad.
—Lo mismo digo Cris. Cuando vuelvas por acá asegúrate de escribir.
Asentí con la cabeza mientras me alejaba de ella.
—¡Uh! —me interrumpió mientras abría la puerta del auto—. Me olvidé de decirte que iré a Londres en un par de semanas —se acomodó el cabello—. Me quedé con un papel dentro de un vídeo musical, y estoy casi segura de que te gustaba ese cantante.
La noche había comenzado a enfriar y una ráfaga de viento me pegó en la espalda. Le pregunté quién era.
—Se llama Carlo, su música es algo rara pero desde que supe su nombre me sonó conocido y debe ser por ti —no escuché lo demás, mi mente se había envuelto en bruma—... ¿Lo conoces?
Una sonrisa creció desde mi pecho e iluminó mi cara.
—Sí, lo entrevisté una vez. Por favor, dale mis saludos, Annie.


SEBASTIÁN
Sebastián estaba empacando. Yo lo veía sentada en su cama, presa de la resignación.
Miraba cada detalle de él como si se tratase de una pintura: su piel bronceada, su cabello chino, sus brazaletes, sus tatuajes, las marcas en su abdomen, sus ojos cuando me miraban. De vez en vez se acercaba a mí y me acariciaba.
—Todo se alinea cuando se supone que así sea, peque. No te preocupes de más —pasaba su pulgar por mis labios y yo sentía toques en la espina dorsal.
En ese momento, yo lo tenía a él. Y si en el futuro no iba a ser así, no importaba porque lo había tenido alguna vez.
—Es hora —él interrumpió mi pensamiento. Las maletas estaban listas y todas las letras se amontonaban en mi garganta, sin permitirme articular palabra.
Respiré hondo y cerré los ojos. Conté hasta 5. Sentí su mano que se extendía hacia la mía.
—Vámonos de aquí, hacia donde nos lleve la vida.
Horas después abordamos el avión que nos llevó a la siguiente aventura.

Daniela Herrera