Hacía frío, pero no tanto como él.
12 de Septiembre. Miré mi reloj: 8:05 PM.
Calles solitarias.
Unos ojos que me daban todo y a la vez me lo quitaban.
Él Llevaba un poco de temor en sus labios y una mirada que avisaba lo roto que estaría mi corazón en los próximos minutos.
Se acercó a mí. Lentamente. Cómo si fuera la última vez que me observaría. Que me sentiría.
La última.
Tocó mis mejillas suavemente con las yemas de sus dedos y cargaba una sonrisa que exhalaba nostalgia en cada coordenada.
Quitó su mano sobre mí rostro y me dolió tanto como miles de rayos traspasando mi pequeño cuerpo que ahora era débil, débil ante indiferencias que solo te hacen llover un poco el alma.
Se había agotado ese dialogo que leía en ojos cuando agachó su cabeza.
Me miró fijamente. Y segundos después no sabía en que realidad me encontraba. Mi reloj se detuvo. Los segundos quedaron atrapados en un aire que ni siquiera me daba para respirar. Solo para doler.
Mis piernas pedían caer. Mis ojos apagarse. Mi corazón inhabilitarse.
Mi rostro ya no era rostro. Me había convertido en una nube que no hacía más que regarle las ganas de irse a alguien.
Él solo calló.
Calló.
Y yo solo me lamentaba.
Es duro cuando en el juego del amor solo queda un jugador. Es duro cuando ya no eres ese lugar favorito de alguien, esa canción que alguna vez escuchaste y te encantó, esos brazos en dónde puedes tener los sueños más bonitos.
Es duro cuando ya no estás en los ojos de alguien. Cuando ellos ya no quieren brillarte la vida.
Cuando desapareces para ese que una vez fue la única persona que existía para ti.
Es duro detener el tren que ya está en marcha.
Y es duro dejar ir a alguien que te ayudó a no dejarte ir a ti mismo. Ni a dejar ir lo que amas.
Juliette.



