de las que me caben en el corazón.
Y así siempre he sabido que no se
llega a ninguna parte, pero que estás
en todas y eso me lo enseñaron ellos,
unos más que otros; unos menos, pero mejor.
Y así.
Ellos vuelan,
saltan,
corren
y muerden.
Me dicen que los viernes por la noche
soy la chica más bonita que ha recorrido
sus esquinas, pero que los sábados por la
mañana soy la más bonita que ha recorrido
sus vidas.
Que mi olor les acciona el mechero, que los
cigarros se consumen a más velocidad que mi
risa, que cuando les llamo por teléfono les tiembla
la voz, que mis pestañas hacen más ruido que las
olas cuando hay tormenta.
Que mis andares dan veda abierta a soldados
inmóviles, que los libros de poesía no pueden
leerse al lado de mis labios, que las palabras
ya no las oyen si no provienen de mis cuerdas
vocales.
Que se agarran a ellas cuando llueve, que se resbalan
entre mis pupilas, que se duermen con mi pelo, que
me arañan el corazón con la condición de que les lea,
o les escriba,
o les dedique besos desde mi portal,
o desde el suyo.
Aunque yo siempre prefiero sus camas,
sus besos,
sus risas.
Sus portales,
joder.
Me dibujan alas, me abren puertas, me dan
masajes a deshora, me quieren cuando hay
luna y cuando hay sol, incluso cuando no
hay nada.
Me recogen, me desmaquillan,
incluso a veces veo cómo les
brillan los ojos cuando me miran.
Me cantan,
me bailan,
me seducen,
me inducen,
me marean,
me humedecen,
me ciegan
me encantan.
Y me hacen crecer, todos.
A su medida todos lo han hecho.
Lo hacen sin querer, sin darse cuenta.
Y todos sus gestos,
sus miradas,
sus canciones,
sus camas,
sus portales,
sus coches,
sus cuartos,
sus pecas,
manías,
rincones,
cervezas,
cigarros,
olores,
sabores,
a ellos,
enteros,
los llevo tatuados.
Algunos me enseñan a correr, otros
a ir despacio, unos a enseñar, otros
a aprender.
Me enseñan a ser y a estar.
Y a no ser y a no estar.
A querer,
a odiar,
a querer todavía más.
A echar de menos,
a echar de más,
y a no echar,
sobretodo a no echar.
A escribir lento y bien,
a hacerlo rápido y mejor.
A respirar,
a quedarme sin aire y vivir.
A mirar y a ver.
A reconocer errores,
a follar,
a besar,
a decir te quiero,
incluso sin palabras.
A decirlo todo y a callar.
Si, también a callar.
Me llevan a lugares y me enseñan sitios
sin salir de la habitación.
Me adoran,
me joden,
me ríen,
me lloran,
me extrañan
y están.
Otros se van.
Están y se van.
Otros se van y luego están.
Otros estaban y estarán.
Y luego están los que en realidad nunca
han estado, incluso los que están y no
sabes que están.
Pero siempre hay alguien,
aunque no sepas que está.
Y tú,
tú eres el tú de alguien.
Así que tú, por favor;
no te vayas.
Que ya sé que no quedarse no significa irse,
eso también me lo han enseñado ellos,
pero hazme caso, quédate.
Julia Blow



