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| Imagen: hngn |
—Antes muerto que en la cárcel —dijo el chico.
Con una lentitud deliberada, se llevó el cañón de la pistola a la boca. El gatillo era
suave y sólo tuvo que presionarlo ligeramente para accionar el arma ante los dos policías,
que lo observaron atónitos.
Era el último miembro de la mafia que quedaba en libertad. La mayoría se había
rendido y estaba entre rejas; otros habían muerto y en el tiroteo. Pero él había escapado. O casi.
Los policías, impotentes, contemplaron la tragedia: el gatillo cedió enseguida y el
muchacho cayó al suelo en una posición forzada, salpicándolos.
Los agentes se miraron entre sí con desconcierto. ¿Y ahora qué hacían? Uno de
ellos disparó a la cara del cadáver y chilló:
—¡Eso no vale! ¡Teníamos que llevarte a la cárcel! ¡El juego no termina así!
El chico muerto se levantó riendo con la cara empapada y disparó a los otros con su pistola de agua.
Noemí Hernández Muñoz



