Hacía varios meses desde que le habían quitado las mamas. Él había soportado su
abstinencia sexual. Entendía que tenía miedo, que no se sentía atractiva. A veces la
presionaba para hacer el amor y ella casi cedía, pero todo acababa cuando buscaba con
las manos sus pechos inexistentes. Ella se apartaba furiosa y avergonzada. Después se
sentía culpable al ver su decepción.
Desde que le detectaron el primer bulto, le traía flores los viernes. Aquel día fue
una excepción: le traía un regalo. Sonriendo con emoción, lo desenvolvió. Era un pañuelo.
—Ven, cariño —dijo él—. Vamos a estrenar tu verdadero regalo. Véndate los ojos.
Ella arqueó las cejas. ¿Una sorpresa? Se puso el pañuelo sobre los ojos y dejó que
la guiara hasta el dormitorio. Una vez ahí, su marido le sujetó las manos y le besó las
palmas. Ella entendió entonces lo que pretendía. Quiso escapar, pero la seguía sujetando
y la obligó a palparle el pecho, lleno de vello rizado. La apretó en un abrazo para impedir
que escapara. Ella luchó en la oscuridad de su venda, pero él le besó la mejilla. Sintió en
la piel la caricia de su barba mientras sus labios descendían por el lóbulo de la oreja hacia
el cuello. Olía su colonia mezclada con sudor. También percibió otro olor: ¿excitación,
tal vez? Entonces llegó el miedo y con él la impotencia. No quería que viera aquellas
repugnantes cicatrices...
—No quiero decepcionarte... —empezó a decir.
—Tú no puedes decepcionarme.
Él se desabrochó la camisa mientras la retenía apretada contra la pared. Ya no
tenía escapatoria. Condujo de nuevo sus manos hasta el pecho. Sus dedos se enredaron
entre el pecho y lo acariciaron.
—Te quiero tal y como eres —le susurró al oído.
La calidez de su aliento en el cuello le produjo un escalofrío. Él lo notó y la abrazó.
La besó con fuerza, sin permitirle respirar apenas, recorriendo todo su cuerpo con las
manos. Ella se entregó al beso. Por primera vez en mucho tiempo, no le importó que le
quitara la ropa, que explorara su vientre con la lengua, que mordiera...
Jadeó.
La ceguera hacía que el resto de sus sentidos se intensificaran. Él se acercó
peligrosamente a las marcas del bisturí. Ella quiso cubrirse, pero él retuvo sus brazos y
meció sus caderas entre sus piernas abiertas al tiempo que sellaba su boca con un nuevo
beso. Un escalofrío se extendió por todo su cuerpo. Una caricia siguió a otra: en la mejilla,
tras la oreja, en las axilas, en los costados, en el interior de sus muslos...
Indefensa tras el velo de sus ojos, sintió su lengua en las ingles, sus dedos jugando
en el monte de Venus, descendiendo hasta el clítoris. Gimió de deseo, sofocada por el
calor. Quería más. Él siguió: mordió sus muslos, acarició sus nalgas y su lengua bailó en
su clítoris mientras sus dedos exploraban la cavidad de su vagina.
La convulsión del orgasmo fue intensa. Su espalda se arqueó entre jadeos y él
supo que había llegado el momento. Introdujo su virilidad en ella y presionó: adelante,
atrás, adelante, atrás, adelante...
Los besos volaban, los gemidos se eternizaban y el calor aumentaba en el aire
viciado con el aroma del sexo. Con los ojos ciegos, buscó la boca de él y cuando la
encontró, mordió y absorbió con ansiedad de meses. Las caderas de él subían y bajaban
a un ritmo cada vez mayor. El roce de sus vientres y la respiración entrecortada de él en
sus oídos la excitaban. Llegaron juntos al culmen con un último movimiento: adentro,
muy adentro. Y cuando ya sentía que él se vaciaba dentro de ella, el velo se desprendió y
lo primero que vio fueron sus ojos enamorados rebosantes de amor.
Noemí Hernández Muñoz



