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| Imagen por: mcnairevans |
Hoy, ya lejos de aquellos días en los que perdí la cabeza, me he dado cuenta de mi absurda manía de guardar mis sentimientos hasta el punto de que la culpa terminaba por atarme una soga al cuello que apretaba mientras más tiempo pasaba negándome a admitir que sí, que tenía esperanzas de llegar a querer a alguien.
“No me he sentido solo, pero si vienes y me abrazas me daría cuenta de lo mucho que necesitaba alguien a mi lado.”
Maricarmen tenía el besar de fuego y la mirada inocente. A veces me sorprendía mirándola en silencio. Otras veces se acercaba cuando escribía algo. Siempre decía que le gustaban las historias bonitas que no tenían finales, y que ésa era su parte favorita. Que su sueño era el de poder algún día titularse de arquitecta de personas, porque tenía buen ojo para las heridas que se llevan adentro y era capaz de darse cuenta de cuándo alguien mentía cada vez que decía que estaba bien. Por eso, cuando me lo preguntaba a mí, yo trataba de cambiar de tema.
“¿Por qué siempre evitas hablar de lo que sientes?”, me preguntaba. “Porque tengo miedo”, decía yo para mis adentros. Le dedicaba una sonrisa y un abrazo, rogando que no me preguntara de nuevo algo parecido.
Recuerdo que le hablé un día de los poemas que escribía a sus espaldas. Me quedó mirando y cuando le entregué una cuartilla escrita a ambos lados no hizo más que sonreír y derramar una lágrima. Cuando le pregunté si era de felicidad, dijo que no, que lo que pasaba era que había llegado muy tarde. No lo entendí al principio. Quise creer con todas mis fuerzas que aquello no significaba nada malo.
Un día llegó para despedirse. Fue a finales de enero, cuando observaba el atardecer desde mi ventana. Traía una carta sellada y me indicó que no la abriese hasta luego de un mes que se haya ido. Le pregunté por qué el apuro de marcharse. “Te quiero”, dio por toda explicación y se alejó calle abajo dejándome con una incertidumbre amarga.
Dos meses después rescaté el sobre del cajón al que lo había confinado desde que la vi por última vez. No puedo recordar las palabras exactas, pero sí lo que me decía: Que viviera por los dos, porque tenía que marcharse lejos, y que quizá no vuelva a verla nunca. Me decía que a veces es necesario terminar una historia antes de empezarla, porque no todo es lo que parece y las heridas se curan mejor evitándolas.
Creo que se le olvidó que yo también me creí eso de que las historias más bonitas son aquellas que no tienen finales. Me pregunté si todavía significaba algo para ella. Pasé el resto de aquel mes sin salir de casa. Cuando lo hice, sabía que ya no estaba allí. Su presencia formaría parte después de un sueño que me asaltaba por las noches sin que yo pudiera hacer nada al respecto. En él, ella todavía me hacía compañía mientras escribía un relato que nunca terminaba. Me abrazaba en silencio y me robaba las palabras con un beso. En cada sueño la veía con la misma sonrisa, pero con una mirada diferente. Podía reconocer el miedo en sus ojos y aquella voz desesperada que sonaba de fondo diciéndome que la rescate, que la llevara conmigo.
Despertaba bañado en sudor, siempre con la sensación de haber perdido demasiado tiempo. Decidí quedarme con su recuerdo más bonito, ignorando lo demás. Me dije que ella nunca se había ido y que todavía estaba conmigo diciéndome que me quería. Tenía la esperanza de que, si me lo repetía las veces suficientes, tal vez yo mismo llegaría a creer que así había sido. Y llegaría a creer también que el final nunca tocó a mi puerta. Que esta historia todavía sigue, porque es una historia bonita, porque todavía lo valemos y, sobre todo, porque a ella no le gustaban los finales.
Dashten Geriott



