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| Imagen: black-sheepjs |
Durante bastante tiempo me concentré en no estropearme con los pensamientos que surgieron inmediatamente después de su partida. Hice lo pertinente y necesario para sobrevivir a la terrible soledad que ella dejó. No fue fácil, debo confesar, pero al final lo logré. Su silencio siempre fue mi peor enemigo. Combatí con todas mis fuerzas e hice uso hasta de mis artimañas más bajas para logar vencerlo. No es necesario que diga que todas las batallas las perdí. Vencido y con la cabeza gacha, sobrevivía durante las noches, que cada vez eran más frías. De eso iban mis días. Todos y cada uno de ellos después de que ella se fue.
A pesar de todo, nunca me di por vencido. Dentro de mí se erguía un sentimiento de supervivencia. Algo muy dentro de mí, indudablemente quería seguir viviendo. Muy tarde comprendí que se trataba de una especie de anhelo escondido que se aferraba a la idea de un futuro mejor.
Con el paso del tiempo aprendí a caer. Cada vez que su silencio arremetía contra mi calma, era una oportunidad que me daba para sobreponerme. Era yo una especie de resultado, prueba de experimentos que consistían en error y acierto. Conforme pasaron los días, me hice compañero del dolor. Dejé que me llenara por completo. Al final terminó por volverse parte de mí. Como un miembro más que me fuera implantado para hacer uso de él en cualquier momento. Lo abracé y acepté, resignado. Estaba seguro que de ese modo debía ser todo. Algo me decía que este dolor me acompañaría el resto de mi vida. Así que decidí acogerlo como un huésped permanente.
Joel Estrada



