Sofía

Sofía

Imagen: goodreads
Se llamaba Sofía. La había conocido en la biblioteca. Su madre era mexicana y su padre argentino, pero ella había nacido en Perú. Tenía un par de lunares en los labios que adornaban su forma de detener el tiempo. Volví a verla en uno de los días en los que solía dedicar horas a zambullirme en aquel océano de letras cuyo significado de naufragio consistía en encontrar la orilla de una isla desconocida y secreta, de esas en donde me hubiera quedado a vivir para siempre de no ser porque, cuando menos lo pensaba, aparecía siempre un bote salvavidas y me llevaba de vuelta a la realidad bajo el pretexto de que ya era hora de cerrar la biblioteca. Sofía gustaba de pasear todos los fines de semana, en especial si los fines de semana eran del mes de junio y si yo aquel día no tenía nada que hacer —que era casi siempre—. Por entonces Mirage formaba parte de una herida que no había terminado de cerrar y que yo tocaba intencionalmente cada vez que me sentía realmente triste o nostálgico, y me ponía a escribir poemas que nunca leía.
—¿Nunca vas a superarla? —me preguntaba Sofía.
Yo siempre decía lo mismo:
—No tengo mejor pretexto para escribir.
Lo bonito de Sofía era que notaba mi tristeza a distancia y siempre tenía buenas dosis de alegría que me inyectaba en contra de mi voluntad. Llevaba un par de años estudiando medicina y su sueño era ser enfermera.
—Serás la mejor de todas —le decía yo, más por cortesía que por convicción.
Todas las noches, después de acompañarla por alguno de esos lugares en los que podrían refugiarse un par de almas como las nuestras, regresaba aturdido a mi departamento. Encendía las luces, tomaba un vaso con agua, y me dejaba caer en la cama como un saco de huesos. Me había acostumbrado a vivir con un constante silbido en el oído que sólo el murmullo del viento o de la lluvia conseguía enmascarar.
Sofía a veces se quedaba a dormir. De día escribía para Mirage, pero de noche tenía otras reservas. Sofía traía sus veinte años envueltos en seda blanca y cuando se iba acercando mientras se despojaba de ese atuendo que yo detestaba parecía que apenas rozaba el suelo. Era increíble lo que era capaz de lograr con su sonrisa. La amaba hasta el amanecer, justo cuando las luces del alba nos sorprendían componiendo la sexta sinfonía para los finales felices. Creo que todos los vecinos conocían mi nombre de memoria, aun sin haberme dirigido la palabra nunca.
—¿Qué vas a hacer hoy? —solía preguntarme en las mañanas.
—Buscar excusas para no desear morirme.
Luego le preparaba el desayuno mientras se arreglaba delante de mi espejo. Nunca vi la necesidad. Desayunábamos sin apenas decir nada y terminaba por marcharse mientras yo me quedaba haciendo la cama. Cambiaba las sábanas, pero no podía cambiar otras cosas. En mi vida las piezas funcionan de esa forma; una vez doy un paso, soy incapaz de regresar. Por las tardes preparaba un café, salía al balcón, y dejaba que el tiempo me cayera encima mientras contemplaba la ciudad vestirse de gris, preguntándome si Mirage todavía vivía en el lugar donde la vi por última vez, y si todavía se acordaba del tipo al que dejó por idiota.
La migraña me asaltaba minutos más tarde. Me ponía a ver películas que nunca terminaba, escuchaba canciones que me hubiera gustado dedicarle a alguien y leía libros que me había aprendido de memoria. Cuando el peso invisible de mi tormenta llegaba a un punto crítico, me ponía a mirar desde mi ventana la distancia que me separaba del suelo, una caída de veinte metros en vertical que supuse me pulverizaría los huesos en caso de emergencia.
Hubo un tiempo en el que perdí el rastro de Sofía y no me molesté en recordarle de mi existencia. Pasaron días, semanas, meses, sin que la tuviera de adorno en mi cama hasta que olvidé a qué sabían sus labios y su piel. Recuerdo una noche en que sentí que la cabeza iba a explotarme en cualquier momento y me acosté con la firme determinación de que no me importaba si no volvía a abrir los ojos. Vi una de las fotografías de Mirage, que era todo cuanto me quedaba de ella, y la apreté contra mi pecho. Antes de la medianoche, sin embargo, sentí su presencia. Sabía que estaba allí antes de que tocara la puerta. Ignoré sus llamadas durante minutos mientras intentaba conciliar el sueño, pero supe que no iba a darse por vencida. Me arrastré y así el picaporte para abrir la puerta.
Sofía me miró, aterrada.
—¿Eres tú o hablo con una aparición?
La dejé ingresar. Sofía me examinó las pupilas con suma preocupación y una delicadeza que me hizo pensar en las caricias de mi madre, si la hubiera conocido. Me despojó de mis ropas y me arrastró hasta la ducha, donde procedió a enjabonarme el cuerpo entero, al tiempo que yo me dejaba hacer como un niño dócil. No había enojo ni reproche en su rostro, sólo había miedo. Un temor que me hizo sentir culpable. Una vez limpio y afeitado, dio por finalizado su prolegómeno y me miró a los ojos.
—Estás pálido y débil, Julián. ¿Hace cuánto que no comes?
Me encogí de hombros.
Sofía me indicó que la esperara en la sala mientras preparaba algo de comer, ignorando mis protestas. Desde la cocina me llegó el aroma de un caldo y supe que ya había aprendido a afilar su segundo arte, el culinario. Cenamos en silencio. Quise dejar el plato a la mitad pero Sofía negó y tuve que terminarlo a pesar de que me sabía a piedras.
—¿Por qué has hecho esto? —preguntó.
—No creo que sea algo de lo que quiera hablar, Sofía —dije.
Asintió, molesta, y echó un vistazo hacia mi escritorio. Una pila de cuartillas descansaba escrita por ambos lados. Sofía se incorporó y se acercó a mirarlas. Una vez las tuvo en sus manos, negó por lo bajo.
—Mirage.
Evadí su mirada.
—Es por ella, ¿verdad?
Me mordí los labios.
—Mírame a los ojos y respóndeme, Julián.
Haciendo un esfuerzo, alcé la vista. Sus pupilas se habían convertido en un abismo que quería tragarme. No dije nada, pero ella pareció comprenderlo todo. Volvió, me tomó de la mano y me llevó a mi dormitorio. Se acostó a mi lado. La abracé como solía hacerlo antes y le di un beso en el hombro desnudo.
—Gracias —fue lo único que dije.
—¿Sabes? Todavía sigo sin entender qué es lo que te hizo esa chica y por qué te empeñas en escribirle como si aún esperaras que volviera.
—Es que yo todavía vivo en el pasado.
—Me di cuenta. ¿Pero no te gustaría marcharte de esta vida?
—Todas las noches deseo lo mismo.
—No hablo de eso, idiota. Me refiero a marcharte de esta ciudad, comenzar una vida nueva juntos.
—¿Hablas en plural?
—¿Por qué no?
—Porque no soy buena compañía.
—Ya somos dos. Mi padre viene en un mes y quiere que me vaya con él para comenzar mis prácticas en uno de sus hospitales.
—¿Piensas ir?
—¿Tengo otra opción?
Un breve silencio.
—No quiero que te vayas —dije.
—No dejes que lo haga —replicó.
Aquella noche no supe pensar en otra cosa. Sofía era la única amiga que me quedaba, mi única amante. Su partida iba a ser como si alguien me extrajese el corazón de golpe, sin anestesia. La abracé fuerte, como intentando ralentizar el paso inexorable de un tiempo que tarde o temprano iba a pasarme factura. Sofía se dejó amar como antes, como si hubiese decidido perdonarme. Sentía que revivía. La soledad de aquella habitación y el calor de su piel consiguieron envenenar mi memoria para siempre.

***

Un mes más tarde, Julián acudió al encuentro de Sofía en la estación de tren. Ella lo esperaba con una maleta pequeña y la mirada prendida de melancolía.
—¿No volveré a verte nunca? —preguntó él.
—Yo creo que sí —contestó Sofía—, pero no estoy segura.
—No te imaginas el daño que ocasionarás al irte —dijo Julián.
Sofía reflexionó, acordándose de sus amigos y colegas de la facultad de medicina, de sus familiares, de todo cuanto había conocido en aquella tierra que la vio nacer, sin detenerse a pensar un instante en que tal vez Julián hablaba de sí mismo.
El jefe de estación hizo sonar su silbato, anunciando la última llamada.
—Sofía, yo te quiero…
Ella lo interrumpió con un gesto que indicaba silencio.
—Ya no es tiempo, Julián. Es mejor darlo todo por zanjado aquí, ¿de acuerdo?
Julián asintió y sonrió con infinita tristeza.
—Voy a extrañarte —dijo él.
Sofía tardó un segundo en contestar.
—Y yo a ti.
—¿Amigos? —preguntó Julián, tendiéndole la mano.
Sofía sonrió como una niña antes de estrecharla.
—Amigos.
El tren empezaba a deslizarse cuando Sofía, por la ventana abierta, dedicó sus últimos instantes a mirar a los ojos al chico que había querido con el alma aun sin importarle si aquéllo iba a terminar siendo un error.
—Escribe —le dijo.
—Tan pronto consiga tu dirección, no dejaré de escribirte cartas —contestó Julián.
—No a mí, escribe poemas. Libros. Escríbelos por Mirage.
Julián se quedó inmóvil en el andén mientras el tren se alejaba, el rostro de Sofía observándolo desde la última ventana.
—Te quiero —murmuró, pero el viento ya le había robado las palabras.

Dashten Geriott