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| Imagen: Favim.com |
Recuerdo que siempre amé esos papelitos con tu nombre y con corazón de las personas que te querían. Constantemente le escribía a papá que lo quería dibujándole un monstruo y un te amo en su barriga, aún me pregunto si tiene esos pequeños pedazos de mi corazón, porque serán siempre lo que llevará de mí.
Un día, alguien me escribió una carta. En ella, contaba cómo se enamoró de mí, de esa manera poco peculiar y poco creíble. Yo también me enamoré, pero preferí convertir las palabras en acciones para que nunca se le borrara del pecho todo aquello que siente alguien cuando encuentra a otra persona que ve con sus ojos otra realidad.
Pasados los años, quemé esa carta y unos cuantos sonetos demasiado bizarros, con esa perfección que nadie alcanza; pero que se convierte en el motor de la existencia de muchos. Cuando todo se convertía en cenizas, un dibujo resistió y yo decidí darle una mano para que siguiera viviendo; supongo que así murieron las palabras a las que le faltaron acciones, pero nunca el amor con el que haces un dibujo para alguien que amas.
Ciertamente y a merced del alma, el cerebro y el corazón quedan las dudas o razones por las que huimos de esos amores que fueron luz. Uno se va a otros lugares, conoce otros ojos que escriben en su mirada el vacío al que te enfrentas, pero nunca pasa más allá de un físico. Mis bisabuelos no exageraban cuando decían que eran dos personas caminando hasta que uno se cansara y dejara para otro momento caminar: Sólo que un camino que pudiera unirlos de nuevo, se encontraba en ese lugar al que llamamos cielo.
Siempre hay un final, un libro al cual no le gustan las últimas páginas; pero siempre llegamos a ellas. Duelen porque terminan y hay que cerrar para continuar; pero la muerte o los finales tristes nunca acabarán con nuevos principios, más bonitos, más gloriosos y con menos heridas.
Daniela Arboleda



