Y también esa urgencia, que nos despierta de golpe, cuando creemos que ya amaneció, para comprobar acto seguido que aún es de noche. Se está mejor en la calma venenosa que inventamos para no estar tristes. No vemos a nadie, pero, por alguna razón, no estamos solos; nos tenemos a nosotros y a toda esa oscuridad que nos envuelve, que nos platica a veces, que nos abriga. Hablo siempre desde la perspectiva de un hombre encerrado. Hablo de mí mismo, escondiéndome entre las sombras del mundo o lo que sea que venga a interrumpirme la monotonía de hablar a solas, o pensar, siendo incapaz de sacar a flote esta vida que tiene agujeros por todas partes. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que encontré mi lugar ideal al lado de alguien, ni siquiera sé si alguna vez lo tuve. Sólo tengo en claro que ha pasado mucho desde aquel viernes en el que llovió todo el día, y que los días que siguieron fueron la prolongación del día anterior, que nunca terminaba. Han venido muchos viernes amargos, que despertaban en mí esas ansias de volar con violencia atravesando el techo. Cada noche sueño con lo mismo. Luego sólo despierto, confiando en que el día por fin ha llegado. Pero es de noche. Joder. Siempre es de noche.



