Lleno de recuerdos vagos

Lleno de recuerdos vagos

dailymail
Recuerdo muy bien aquella tarde. Y cómo olvidar a aquel señor de tercera edad —aunque no lo vi tan viejo; es más, aún estaba fuerte, lo digo por el apretón de manos que me nos dimos— que atendía en la barra.
Simplemente me acerqué y pedí una cerveza; él me dijo que la cerveza y el cigarro no iban bien de la mano; una sola cosa a la vez; yo sólo lo mire haciendo caso comiso...

—Es raro ver a alguien tan joven como tú en un lugar como éste. Bueno, al menos verte bebiendo solo; qué digo bebiendo, si ya llevas siete cigarros y aún no tocas esa cerveza.
—¡Basta! Cierre la boca y vaya subir el volumen de la música.
—Lo que tú digas. Por cierto, ¿qué te trae por acá?
—Maldita sea mi suerte, ¿acaso no puede dejarme es paz un momento?
—Mírame, tengo más de sesenta años y llevo es este negocio más de treinta; si el tiempo me ha premiado con algo, es con saber cuándo hay algo más dentro de las personas. He llegado a notar muy bien de qué se llenan los vasos de los bebedores solitarios cuando se les acaba la cerveza; se llenan de penas y un par lagrimas.
—Okay, está bien; te contaré. Si dices la verdad entonces ésta no sería la primera historia de amor punzante que escuchas. Espero te sirva para cuando te hayas jubilado. Simplificar un sentimiento es imposible, no importa si fumas, escribes, bebes, te sobremedicas o te produces amnesia voluntaria; tal vez el sexo ayude pero es una solución temporal, ya que siempre se extraña a alguien todo el tiempo... entonces esta persona se vuelve un cáncer emocional que duele muchísimo durante las madrugadas.
—¿La amabas?
—Sí, sí; mucho, demasiado; tanto como para sacrificar mi vida por ella, como para estar despierto toda la noche para velar sus sueños y despertarla antes de una pesadilla.
—El amor en su máxima expresión, algo tan puro que llena el pecho y las personas lo notan en la mirada. Yo ya he escuchado de este amor; es más, ya lo he sentido; y sí, tienes razón duele en las madrugadas. Despiertas de repente y te sientes vacío pero no es así porque estás lleno de ausencias; enciendes las luces de la habitación y te hallas encerrado dentro de cuatro paredes, mientras que tu mente grita un nombre que tus labios no se atreven a pronunciar a causa del miedo a la soledad. Uno siempre se hace la idea de que se acostumbra a ésta, pero no; ésta simplemente aparece cuando empiezas a creer que estás mejor y entonces sientes que no vas sobrevivir a este apocalipsis sentimental.
—Es imposible cómo alguien como tú pudo haber conjugado tales palabras. Tu experiencia puede crear un libro. Dicen por ahí que el diablo sabe más por viejo que por diablo.
—No siempre fui así de apasionado por las palabras. Tuve una esposa, estar solo es malo, ser viudo no es el fin. El matrimonio acaba con la muerte, pero no es así, la muerte sólo separa cuerpos y los sentimientos se quedan donde están, dentro del pecho... Aún veo que eres un niño, se te nota en la mirada, puede que tengas voz y cuerpo de hombre, pero se puede notar con la tristeza tu falta de experiencia.
—Era la más hermosa que yo haya visto. Su cabello rimaba con sus ojos y sus labios con su cuello, era muy frágil y un poco torpe; muchas veces era histérica pero no dejaba de ser bella... Yo la perdí por idiota, siempre fui un imbécil; nunca bailé con ella, nunca le di flores ni la mimé con chocolate; a ella le encantaban la cenas con velas, pero nunca le preparé una. Sólo fuimos sexo durante toda la relación, yo sabía que debía hacerle el amor, pero nunca lo hice, también fui muy frío, callado, distante, nunca le di un mensaje de buenos días ni mucho menos para decirle "mi amor, te extraño". Su nombre era...
—¡ALTO! No me digas su nombre, no es necesario; ya estás muy destrozado como para hacerte más daño. No te marchites los labios, ahora bebe ese vaso de cerveza, ármate de valor y ve a buscarla, dile que la amas y que lo sientes; dile que la extrañas, dale un abrazo; invítala a cenar y hazle el amor.

Recuerdo que le di veinte dólares y me bebí la cerveza de una sola tacada —era muy amarga, pero aun así la bebí toda—. Él se me acercó con mi cambio, un billete de cinco y unas cuantas monedas. Me dijo que su nombre era Pedro, nos dimos un apretón de manos y me dijo con voz de militar: "Ve a por ella, chaval; no te atrevas a dejarla sola una vez más".
Subí a mi moto y me pasé varios semáforos en rojo; no me importaba morir. Cuando llegué a su casa observé por la ventana una mesa con flores y velas. La vi a ella tan hermosa y a su lado a un galán. Compartían un beso y una cena espectacular.
Y cómo olvidar aquella noche en la que yo mismo me estaqué el corazón; ahora estoy lleno de recuerdos vagos y cada noche visito al mismo señor.
—Hola, Pedro, ¿cómo está la noche?

E. E. Méndez Z.